Reflexiones

Dr. Jorge Rafael Figueroa Elenes

En América Latina, México tiene la menor tasa de participación laboral femenina

Mucho por hacer para mejorar la autonomía económica de las mujeres

Hace algunas semanas el Gobierno Federal reconoció que la brecha de participación laboral entre mujeres y hombres en México es 32 puntos porcentuales mayor a la que tienen otras economías grandes de América Latina, lo que limita el crecimiento del PIB. Admitió que mientras la participación laboral de los hombres en México alcanza 75.6 por ciento, la de mujeres está en 43.6 por ciento, casi la mitad. Llevar esta última cifra al 60 por ciento sumaría al menos un punto porcentual al crecimiento potencial del país.

Entre otras razones que explican esta situación se encuentra el nivel de autonomía de las mujeres, lo que condiciona las posibilidades de su incorporación al mercado laboral. Se habla de tres tipos de autonomías que se encuentran entrelazadas: autonomía económica, autonomía en la toma de decisiones y autonomía física. Hoy, con datos del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (OIGALC), revisaré algunas cifras que tienen que ver exclusivamente con la autonomía económica, dejando para un posterior análisis las otras dos dimensiones.    

Para empezar, preciso que la autonomía económica se refiere a la capacidad de las mujeres de generar ingresos y recursos propios a partir del acceso al trabajo remunerado en igualdad de condiciones que los hombres. Considera el uso del tiempo y la contribución de las mujeres a la economía.

En principio analizamos el llamado Índice de feminidad en hogares pobres que se trata de un indicador que muestra las disparidades en la incidencia de la pobreza (indigencia) entre mujeres y hombres. De acuerdo con este indicador, un valor superior a 100 indica que la pobreza (indigencia) afecta en mayor grado a las mujeres que a los hombres; un valor inferior a 100, la situación contraria. Dicho de otra manera, señala cuántas mujeres existen en los hogares en condición de pobreza, por cada 100 hombres en esa condición y es una expresión de la falta de autonomía económica.

El índice de feminidad en hogares pobres compara el porcentaje de mujeres pobres de 20 a 59 años respecto de los hombres pobres en esa misma situación. Valores más altos en el indicador, estarían mostrando que los esfuerzos que se hacen por reducir la pobreza no alcanzan por igual a hombres y mujeres. En 2020, se observa que en América Latina por cada 100 hombres viviendo en hogares pobres, había 113 mujeres en condiciones similares.

Una variable que en buena medida explica las dificultades para que una mayor cantidad de mujeres se incorporen al mercado laboral, es la que cuantifica el trabajo no remunerado doméstico y de cuidados que se refiere al tiempo que las mujeres y los hombres dedican en promedio a la provisión de servicios domésticos para el consumo de los hogares. Estos servicios tienen que ver con la preparación de alimentos, lavado de vajilla, limpieza y mantenimiento de la vivienda, lavar y planchar ropa, jardinería, cuidado de mascotas, compras para el hogar, instalación, mantenimiento y reparación de bienes personales y de uso doméstico, y cuidado de niños, enfermos, ancianos o discapacitados.

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De acuerdo con el OIGALC, la distribución del trabajo no remunerado, compuesto por el trabajo doméstico y de cuidado, refleja la injusta organización social de los cuidados entre hombres y mujeres. Esta desigualdad tiene un impacto directo en los avances en materia de autonomía de las mujeres, en particular, en cuanto a autonomía económica. Los datos disponibles de los países de la región muestran que la brecha entre hombres y mujeres está presente en todos los países, llevándose las mujeres una sobrecarga de estos trabajos. En la región, en promedio cada día las mujeres dedican el triple del tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en comparación al tiempo que le dedican los hombres.

El tiempo de trabajo total se puede ver como la suma del tiempo de trabajo remunerado y el tiempo de trabajo no remunerado. Por trabajo remunerado se entiende como aquel que se realiza para la producción de bienes o prestación de servicios para el mercado y se calcula como la suma del tiempo dedicado al empleo, a la búsqueda de empleo y al traslado al trabajo. En cambio, el trabajo no remunerado se refiere al trabajo que se realiza sin pago alguno y se desarrolla mayoritariamente en la esfera privada. Se mide cuantificando el tiempo que una persona dedica a trabajo para autoconsumo de bienes, labores domésticas y de cuidados no remuneradas para el propio hogar o para apoyo a otros hogares.

Esta información es relevante en tanto constituye un elemento central para analizar las brechas de género en el bienestar, ya que se refiere al uso del tiempo y la distribución del trabajo no remunerado al interior de los hogares. Lo que se observa es que en todos los países el tiempo de trabajo no remunerado de las mujeres es mucho mayor que el tiempo que dedican los hombres a estas mismas actividades. Esto muestra que, aunque ha crecido la participación femenina en el mercado laboral, esta no se ha visto correspondida por una mayor participación masculina en labores domésticas y de cuidados no remuneradas al interior de los hogares. Se observa que para los países en los que se dispone de información, Argentina (42.9) y México (42.8) son los países de ALC que muestran, en el caso de las mujeres, el mayor tiempo dedicado a trabajo no remunerado, constituyendo una barrera para la eventual participación de las mujeres en el mercado laboral en igualdad de condiciones.

La mayor o menor autonomía económica puede observarse también a través de la proporción de la población femenina (masculina) de 15 años y más que no es perceptora de ingresos monetarios individuales y que no estudia exclusivamente (según su condición de actividad) en relación con el total de la población femenina (masculina) de 15 años y más que no estudia exclusivamente. El resultado se expresa en porcentajes.

La percepción de ingresos propios otorga a las personas el poder tomar decisiones sobre la administración de las retribuciones económicas para cubrir las necesidades propias y de otros miembros del hogar, por lo que este indicador es clave para caracterizar la falta de autonomía económica de las mujeres. El OIGALC considera que, si bien el incremento de la participación laboral de las mujeres ha contribuido a la disminución de la proporción de mujeres sin ingresos propios desde las primeras mediciones a fines de la década de 1990, todavía en 2020 esta proporción alcanzaba en promedio regional un 27.8 por ciento mientras que para los hombres la cifra era de 12.0 por ciento. Esto significa que casi un tercio de las mujeres de la región de ALC, depende de otros para su subsistencia, lo que las hace vulnerables desde el punto de vista económico y dependientes de los perceptores de ingresos, que por lo general son los hombres.

Finalmente, puede medirse también el tiempo que dedica la población de 20 a 59 años de edad al trabajo no remunerado, es decir al trabajo que se realiza sin pago alguno y se desarrolla mayoritariamente en la esfera privada. Se mide cuantificando el tiempo que una persona dedica a trabajo para autoconsumo de bienes, labores domésticas y de cuidados no remunerados para el propio hogar o para apoyo a otros hogares. Se presenta desagregado por sexo y por la condición que tenga la persona de ser perceptora o no de ingresos monetarios individuales.

Al analizar dos recursos cruciales para la autonomía económica como son los ingresos y el tiempo, se observa que las asimetrías entre hombres y mujeres tienen un componente monetario, pero además tienen un componente en la asignación de las actividades demandadas en el hogar que acentúa la brecha de género al interior de estos. En el grupo de mujeres sin ingresos propios, el tiempo de trabajo no remunerado supera entre 16 y 56 por ciento el tiempo de trabajo no remunerado que dedican las mujeres que sí tienen ingresos propios.

El análisis del OIGALC destaca también que para el diseño de políticas públicas hay que contemplar que, si bien las mujeres disminuyen su carga de trabajo no remunerado al obtener ingresos propios, asociado a la posibilidad de compra en el mercado de algunos servicios y producto y al uso del tiempo en el mercado laboral, la brecha de género no disminuye. La diferencia en horas destinadas al trabajo no remunerado entre hombres y mujeres sigue siendo muy amplia, más del doble en la mayoría de los casos. Esta dinámica ha sido atribuida en gran parte, a la discriminación y los tradicionales estereotipos de género en la asignación de labores y su respectiva valoración social.

De esta manera, las políticas que promuevan el acceso de las mujeres a ingresos propios podrán incidir en una disminución de su carga de trabajo no remunerado, pero si esto no se acompaña del enfoque de la corresponsabilidad entre hombres y mujeres dentro del hogar, no podrán superarse las desigualdades de género en términos de redistribución de la carga total de trabajo.

En resumen, con todo lo que ello implica, en materia de participación laboral femenina, México se ubica en el fondo de la tabla en el conjunto de los países de América. Lo dijimos en un análisis previo sobre este mismo tema para este mismo espacio, con ello México pierde la oportunidad de incrementar el PIB y el PIB per cápita a partir de la incorporación de una mayor cantidad de mano de obra femenina a los procesos productivos, aumentando para las mujeres la tasa de participación económica.

Aunque en alguna medida se ha mejorado, la pandemia provocada por el Covid cuyos efectos nocivos se siguen manifestando y un conjunto de lastres que en México parecen coexistir con mayor crudeza que en otras partes, impide avanzar a un mayor ritmo en la urgente tarea de cerrar la brecha de género en el mercado laboral. Entre otros aspectos, condicionan la dinámica del proceso, la mayor proporción de mujeres en situación de pobreza; las menores remuneraciones, brecha salarial y peor calidad del empleo de las mujeres; la sobrecarga de trabajo no remunerado y de cuidados; la segregación horizontal y vertical en trayectorias educativas y laborales y; la menor participación de las mujeres en áreas científicas, tecnología e innovación (https://www.cepal.org/sites/default/files/presentations/presentacion_aguezmes_180121.pdf).

Seguramente no todos los rezagos se resolverán con la aprobación del Sistema Nacional de Cuidados que ahora se discute en la Cámara de Senadores de nuestro país, pero se espera que esteconjunto de políticas, programas y acciones articulados para garantizar los derechos de todas y todos aquellos que necesitan y brindan cuidados, valore el trabajo que mayormente realizan las mujeres sin recibir remuneración, ni reconocimiento.

Por eso, para terminar, recupero los pronunciamientos más importantes realizados en el marco del conversatorio “Los Sistemas Nacionales de Cuidados en América Latina”, que recientemente organizaron las comisiones para la Igualdad de Género y, de Desarrollo y Bienestar Social de la Cámara de Senadores de nuestro país.

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Se dijo, entre otras cosas, que la propuesta que se analiza busca corregir el mal llamado “mandato cultural”, producto de los estereotipos y roles de género que ha provocado una sobre carga de trabajo para las mujeres. También se reconoció que especialmente en nuestro país los cuidados como actividad se desarrollan en condiciones de alta desigualdad, pues se magnifica el estereotipo de que “solamente a las mujeres les toca el rol de cuidadoras”. El gran problema es que quien cuida no tiene condiciones de acceso a la seguridad social, no tiene reconocimiento, no tiene remuneración adecuada y en consecuencia carece de autonomía para desarrollar una vida laboral y educativa plena. Así, aprobar la propuesta que ahora se discute constituirá un gran paso en materia de igualdad de género, pero sin duda también será insuficiente, ya que queda mucho por hacer.

REFERENCIAS

  1. La mayor parte de los análisis de las gráficas son adaptaciones de la explicación presentada en el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe.  Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). ONUhttps://oig.cepal.org/es/indicadores
  2. Güezmes García, A. (2021). Brechas de género en el mercado laboral y los efectos de la crisis sanitaria en la autonomía económica de las mujeres. CEPAL. https://www.cepal.org/sites/default/files/presentations/presentacion_aguezmes_180121.pdf

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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