Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Festejando la masacre | Ecos de la larga noche negra del neoliberalismo

“Es para mí un honor informarles, que el motivo de esta reunión, es para festejar que nuestra organización ha decidido nombrar como Encargado de Operaciones, al señor Gumersindo González”.

Sexta parte.

Aquella mañana de principios de mayo, la prensa nacional, y comentaristas de la radio y televisión, alarmaron a la nación con aquella noticia: ¡MASACRE EN LA SIERRA DE DURANGO! En el poblado El Realito, perteneciente a la sindicatura del Toro quemado, de poco más de 70 habitantes, compuesta en su mayoría por una familia de apellido Peralta; fueron sorprendidos, atacados salvajemente con armas R-12 Y R-15. Las autoridades se encuentran investigando, pero nada se sabe de los atacantes…

Don Víctor García dio un trago a su coñac, y con pasmosa lentitud, sacó un habano y lo encendió; después de varias succionadas, miró la punta encendida y dio una más, soltando el humo que llenó la estancia barroca con el potente olor. Sentado en la cabecera norte de la gran mesa del comedor, a su derecha esta Canuto Mendoza, y a su izquierda inmediata don Eleno y enseguida Gumersindo. El viejo capo, volvió a succionar su tabaco, dejando escapar a discreción el humo, miró al joven y le dijo: -Le reconozco su arrojo González, pero, debo decir que se pasó; no fue necesaria tanta ferocidad. Fue salvaje. Usted que opina compadre, -dijo en tono de pregunta, mirando a Mendoza. –Tiene razón compadre, en el refuego, murieron mujeres, ancianos y también niños. -Y usted Helenes, ¿qué opina¿ -Prefiero que primero hable él.

Don Víctor dio una succionada más, enseguida otro trago. Hizo una seña a Gumersindo.

-Señores, yo anticipé que había que atacar por sorpresa para poder… -Don Víctor interrumpe dando un manazo sobre la mesa -¡Fue demasiado cruel! ¡Atacó como si fuera una guerra! –Dijo desmesurando los ojos, ya con venas rojas a causa del alcohol. Gumersindo se irguió y le miró a la cara y expresó con respetuosa firmeza. –Señor, estamos en una guerra en la que no debemos demostrar piedad. Mendoza se removió en su silla y miró a su compadre. Don Víctor hizo un leve movimiento y tocó la punta de su cigarro contra la orilla del cenicero, ignorando así la actitud de Mendoza. El silencio que siguió se podía cortar en el aire; por fin. –Helenes, su opinión. –Señor, yo hubiera actuado igual. Nuestros enemigos, todos, ahora ya saben a qué se atienen. Don Víctor se quedó mirando hacia el infinito, allá, al fondo, colgaba un gran crucifijo. En un susurro expresó para sí: -Señor; ten piedad de nosotros.

-Gumersindo, tiene tres días de descanso. Se reporta con Mendoza. Que descanse. –Gracias señor, con su permiso.

Canuto Mendoza recibió a Gumersindo en su hacienda de La Lima. –Tome asiento González. –Gracias señor. -¡Laura! ¡Mija, trae una jarra de limonada! –La chica llevó una bandeja con una jarra y dos vasos, los puso sobre una mesa redonda; al encontrar la mirada del joven, ambos se pusieron nerviosos, detalle que notó Mendoza. –Salude al señor, mija, él es Gumersindo González. –A sus órdenes, señorita. –Tanto gusto, Laura Mendoza. Ella bajó la vista y se retiró.

-Voy al grano, González. Antes que todo, debo reconocer que estoy muy sorprendido por sus avances; cuando lo vi aquí aquella tarde en compañía de El Macho Prieto, nunca imaginé que aguantara lo duro y peligroso de nuestro trabajo, y menos que llegara a donde ahora está. Mi compadre, don Víctor García, me ha pedido que sea usté el Encargado Operativo de nuestra Organización. Claro, yo seguiré siendo su jefe de usté, pero ¡qué chingaos! Desplazó al mismito Zorro plateado. Él queda bajo su férula. Y lo mejor, tiene usted una tajada mayor y… el respeto de mucha gente.

Para celebrarlo, esta noche tendremos una cena con mi compadre, tiene usté el derecho de invitar a su esposa. – Soy soltero, señor. –Entonces, lleve a su novia. –Luego que la consiga, señor. –Ejem… bueno, bueno. Sea puntual; nos vemos mañana a la nueve de la noche en la residencia de mi compadre.

Gumersindo, dejó sus botas vaqueras y su sombrero texano, y se convirtió en un elegante caballero al lucir un traje de fino casimir, camisa blanca sin corbata, y mocasines de piel. Llegó puntual a la cita, fue recibido por un hombre maduro, pelo engominado y bigote pintado que lo acompañó hasta el salón barroco en donde ya estaban Helenes, Mendoza, su esposa Enedina y su hija Laura. Don Canuto presentó a su esposa al joven, y al termino de aquella brevedad, apareció don Víctor, acompañado de un hombre cincuentón, bien acicalado, luciendo blanca guayabera, igual que el anfitrión.

-Buenas noches, señora de Mendoza, señorita Laura, está usted hermosa, -Gracias don Víctor; caballeros, sean todos bienvenidos, a están en su casa. Les presento al licenciado Buitrón, delegado de la PGR. –Un placer conocerles. Don Víctor indicó: -Tomen asiento por favor.

Dos camareros sirvieron copas de champaña. Don Víctor levantó su copa, y después de ratificar el gusto por la presencia de los invitados, siguió: Es para mí un honor informarles, que el motivo de esta reunión, es para festejar que nuestra organización ha decidido nombrar como Encargado de Operaciones, al señor Gumersindo González. El primero en aplaudir fue don Canuto, y al instante le siguieron todos. Laura se mantuvo parca. Gumersindo lo notó y especulaba al respecto, pero de nuevo don Víctor atrajo la atención: -Le ruego, señor González nos diga algo.

-Señor, agradezco la oportunidad porque es un reto de mucho peso, pero acepto porque sé que tendré el valioso respaldo y consejos de ustedes que son mi guía.

– Lic. Buitrón, háganos el honor. –pidió solemne don Víctor.

– Solo para confirmar, que con el empuje y talento brillante de este joven. –hizo una pausa, tomó su copa y remató: Iremos juntos. ¡Arriba y adelante, porque la solución somos todos!

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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