Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Historias del mundo de las drogas | El “doctor Montes” y su gato adictos

El consumo del Fentanilo, según los expertos, es un opioide sintético similar a la morfina, pero de 50 a 100 veces más letal.

En la historia del bajo mundo del consumo de drogas, aquí en Culiacán, la voz populi ha comentado sobre muchos casos. En el paso del tiempo se ha perdido la historia de un médico que se aficionó a la morfina. Droga que se produce con la adormidera, más conocida como: amapola.

Aquel médico, era conocido como “El doctor Montes”, y también era muy estimado porque era muy atinado con sus recetas, pero además tenía  sentido humanista; a la gente pobre no le cobraba por sus servicios.

Dicen que para investigar de las reacciones de la droga que consumía, empezó a inyectar a su gato; era grande y de un color entre café y negro, su pelambre se miraba como el humo de la vara blanca que es de un gris muy especial. El médico hacía anotaciones en las que relataba el experimento; en su informe afirmó que el gato cada vez pedía más, así lo escribió: “pedía”. A saber cómo era eso, tal vez se refería a las reacciones del animal, porque no creo que hablara; aunque el Diablo, que suele aparecer en las mentes alucinadas, es posible que el médico imaginara que su gato le hablara.

La gente también comentaba, que por las noches, en la casa del médico, por cierto, vivía solo y no tenía parientes, se escuchaban lamentos, aullidos y sonar de utensilios y cadenas. Los vecinos atemorizados se encerraban, y los andantes procuraban no pasar por el lugar.

La cosa se agravó cuando el galeno empezó a aumentar las dosis, tanto para él como para su mascota. Aquella última vez, los gritos del médico se juntaban con los aullidos del gato y demás ruidos; y los vecinos escucharon un concierto extraño, horrible y conmovedor. Dicen que la repetición fue imparable, y aumentaba en decibeles que manifestaban miedo, desespero y dolor. Aquella sesión causó inquietud y pavor; los oyentes imaginaban cosas terribles, no pudieron conciliar el sueño y se mantuvieron en zozobra hasta casi el amanecer.

Al día siguiente de aquella  noche, a los vecinos no les extrañó que fueran las doce del día y que el doctor no abriera la puerta de su consultorio, pero a los visitantes al consultorio de colonias y pueblos, si les preocupó. Alguien fue a la comandancia de policía, estaba a tres calles del lugar, y dos agentes  fueron enviados a ver que sucedía. Tocaron la puerta de manera insistente, pero no salió nadie. Uno de los policías fue dar el aviso y regresó con un actuario. Por petición del funcionario, volvieron a tocar. Decidieron traer un cerrajero.

Al abrir la puerta, un fuerte hedor les golpeó y les produjo nausea. Llegaron más policías y acordonaron todo el frente. Entraron dos policías y el actuario; dijeron que habían sentido ahogarse por causa de la peste que fue aumentando conforme avanzaban hacia dentro de la casa; la pestilencia era una mescolanza de carne podrida, meados y caca de gato, revuelta con extraños olores de medicina y ropa sucia. Cuando llegaron a la recámara, lo que vieron los espantó; el médico en calzones estaba todo arañado, con gajos profundos en todo el cuerpo, más en pecho y brazos; por ahí se le había escapado la vida, dijo el médico legista días después, cuando hicieron la autopsia. Todo: sábanas, colchas, almohadas, y el mismo colchón, anegados de sangre y excremento. El rostro del galeno tenía una mueca horrenda, asegún dijeron aquellos, que dizque cómo si hubiera visto al mismo diablo. El actuario se fue cuando llegó el agente del ministerio público, este dio cuenta de variados menjunjes, aceites, polvos, pastillas y mezclas de orina y mierda. Todo en envases de vidrio, algunos de forma extraña. Pero lo que más les impresionó, fue el gato.

El felino estaba sobre la cabecera de la cama, quieto con la mirada sobre el cadáver, allí permaneció hasta que uno de los agentes intentó a agarrarlo; se anarco produciendo un terrible maullido presto al ataque, y acto seguido saltó hacia el respaldo de un sillón y de ahí, a una ventana por donde desapareció. El médico legista ordenó su búsqueda con la intención de analizarlo, agentes de la autoridad y algunos vecinos lo buscaron por días, pero jamás lo encontraron.

La prensa se ocupó del asunto, se dejaron llevar por los chismes de la gente; hubo uno que afirmó que aquello era producto de un pacto con El Diablo, y que debían exorcizar la casa del galeno. Alguien con un poco más de imaginación, que de sensatez, expuso que posiblemente ambos, doctor y gato enloquecieron, y que el felino siendo animal, no aguantó que su dueño no le inyectara más droga, y que en un arrebato de locura, causada por la falta de droga, lo atacó.

¿Por qué el doctor estaba desnudo? La pregunta quedó en el fondo del misterio. La gente conjeturó muchas incongruencias que no viene al caso citar; hay límites, y como quiera que sea, hay que respetar la memoria del doctor Montes, que bien sea dicho, era un buen médico y la gente le tenía aprecio.

Pero también surge otra pregunta: ¿Qué con el fentanilo? Es muerte. Como todas las drogas, pero esta es la más fatal.

A mis dos lectores: No se olviden de votar el 1ro. de agosto, los expresidentes ladrones y traidores a la patria, deben ser juzgados penalmente. Ya es tiempo de que llegue la JUSTICIA.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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