Reflexiones

Alejandro Luna Ibarra

Imelda Castro, ¿tercera en discordia?

El presidente tendrá que tomar una decisión que pase, de alguna forma, por consulta a las bases para definir al candidato, pues imponer a la fuerza a un aspirante, contra el deseo de las bases, desdibujaría su perfil democrático, que constituye la base de su fuerza.

Para nadie queda duda de que el senador Rubén Rocha Moya ha realizado la más intensa campaña de cabildeo con las élites del poder y grupos sociales, tendiente a lograr la postulación por Morena a la gubernatura de Sinaloa y que en estos momentos sería el prospecto más popular, sacándole una importante ventaja al alcalde mazatleco, Guillermo “químico” Benítez, sin embargo, muchos saben también que Rocha no tiene el apoyo del presidente y que el amigo cercano, de Andrés Manuel López Obrador, y que tendría todas sus preferencias, es el “químico” Benítez, lo cual mantiene la definición presidencial en suspenso. ¿Rentabilidad electoral o lealtad al presidente?

El “químico” Benítez se identifica como parte de la corriente fundadora de Morena, que se formó en 2006, cuando López Obrador tomó paseo de la Reforma en la ciudad de México para reclamar el fraude electoral de Felipe Calderón, en tanto que Rocha es un aliado circunstancial que encabeza las corrientes escindidas del PRI y del PRD, que tienen más experiencia política que los fundadores pero también más vicios arrastrados de sus anteriores partidos, como el verticalismo, el amiguismo y el sectarismo.

Ambas corrientes son importantes y tienen peso suficiente dentro de Morena como para impulsar y defender a sus prospectos y, aunque este sector, político partidista, es un factor importante en la definición de las candidaturas –y ejército electoral para las campañas—, no hay que perder de vista el proyecto global del presidente, porque más importante que lo que quiera la corriente que resulte mayoritaria al interior de Morena, es lo que quiere la sociedad mexicana y sinaloense comprometida con la 4T, por lo que el presidente debe asegurarse que los candidatos respondan a las expectativas sociales, no sólo a las expectativas partidistas.

En esta circunstancia, entra en juego también el estilo de gobernar. En un esquema presidencial, unipersonal y verticalista como ha sido tradición en México desde principios del siglo pasado, la decisión del presidente no se discute, se acata, sin embargo, en un estilo menos autoritario, sin dejar de ser fuerte y decidido, subsiste la tendencia a la consulta a las bases como condición de la democracia, por lo que el presidente tendrá que tomar una decisión que pase, de alguna forma, por consulta a las bases para definir al candidato, pues imponer a la fuerza a un aspirante, contra el deseo de las bases, desdibujaría su perfil democrático, que constituye la base de su fuerza.

Ante esta situación, el presidente, debe encontrar un punto medio entre, garantizar que surja un candidato de él, propio, no por presiones de grupos, pero que tenga la opinión favorable de las bases, por lo que, ceder ante las presiones apabullantes de Rocha podría parecer debilidad, pero imponer a la fuerza al “químico” podría presentarse como soberbia y autoritarismo, lo que en cualquiera de los dos casos generaría inconformidad entre los partidarios de uno y otro aspirante, pues las confrontaciones entre ambos se han venido agudizando en las últimas semanas.

Esta circunstancia se abre la posibilidad de un tercero en discordia que no polarice, sino que sume. Un punto medio entre Rocha y el “químico” que logre la opinión favorable de las bases y que tenga un buen nivel de confianza del presidente, lo que abre la posibilidad de la postulación de la vicepresidenta del senado, Imelda Castro, quien subió sus bonos inesperadamente hace dos semanas, cuando el INE aprobó el principio de paridad de género en la postulación de candidatos a las 15 gubernaturas para las elecciones del 2021 y estableció la obligación a los partidos y coaliciones, de postular de 7 a 8 mujeres como mínimo.

Y aunque este acuerdo es motivo de controversia constitucional entre los legisladores y el INE, por considerar que el instituto está invadiendo las facultades del Congreso, ahora la senadora Imelda Castro está en el juego por la postulación a la gubernatura de Sinaloa y podría ser una decisión salomónica, que tenga el visto bueno del presidente y mantenga unido a Morena, al ser un punto de convergencia entre las dos grandes corrientes internas en pugna que encabezan los aspirantes.

La senadora Imelda Castro fue dirigente estatal del PRD, por lo que se ubicaría como parte de la corriente neomorenista, pero a diferencia del senador Rocha –que tenía 12 años trabajando para gobiernos priístas antes de ser senador por Morena— ella no ha militado en el PRI.

Además, aunque trabaja bajo las órdenes de Ricardo Monreal (presidente de la junta de coordinación política del senado) como vicepresidenta de la mesa directiva, tiene sus vínculos políticos con Dolores Padierna, persona muy cercana al presidente.

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