Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

La canasta básica, una necesidad inalcanzable

Es una verdadera grosería que, en un país tan productivo, entre el 35% y 20% de los alimentos producidos terminen en desperdicio, de acuerdo con la Organización para la Alimentación y la Agricultura, lo que equivale a ¡20 millones de toneladas de comida al año!, lo que representa pérdidas mayores a los 50 mil millones de pesos anuales.

La canasta básica alimentaria se define como el conjunto de alimentos y enseres considerados el mínimo indispensable para satisfacer las necesidades de un hogar promedio, el cual, de acuerdo con el INEGI, se conforma por 3.6 personas. A través de este indicador, que puede variar de acuerdo a la zona e institución que lo emita se busca garantizar la seguridad alimentaria de las familias mexicanas, una situación que se mantiene precaria frente a la devastadora combinación de reducción del ingreso laboral y de incrementos en los productos registrados.

De acuerdo con estimaciones de CONEVAL durante el 2020, la población en pobreza laboral, considerada como aquella cuyo ingreso no es suficiente para adquirir la canasta básica, aumentó de 35.7% registrado durante el primer trimestre a 54.9 en mayo. Esto como producto de los recortes de personal y reducciones salariales de las unidades económicas debido a las medidas de confinamiento y cierres de establecimientos no esenciales a lo largo del territorio mexicano. Si bien, tras la reapertura la economía familiar comienza a recuperarse lentamente, esto no ha sido lo suficiente para paliar los aumentos a productos de la canasta básica que la vuelven inalcanzable para casi 70 millones de mexicanos.

Esta situación se agrava terriblemente al considerar que, todas esas familias, no solo no cuentan con acceso a los productos considerados básicos, sino que se ven imposibilitados de adquirir otro tipo de bienes y servicios que se han demostrado esenciales en la actualidad, como es el caso de atención a la salud mental; en un país que se estima al menos 20% de la población cuenta con síntomas de depresión, el servicio de Internet y telefonía en un mundo hiperconectado.

Los mexicanos somos ingeniosos, sin embargo, eso no basta para subsanar la carencia ocasionada por esta situación. No es sorprendente entonces que nuestra alimentación en general sea deficiente: sale más barato un litro de refresco que uno de agua y los productos cárnicos se encuentran desterrados de la mesa de familias con ingresos menores… y ¡ni hablar de comidas en varios tiempos!

No solo eso, la canasta básica promedio considera ciertos productos de higiene, pero no los suficientes: productos para lavar el cabello y de higiene íntima femenina se encuentran ausentes, por ejemplo, significando que las familias aún deben considerar gastos más allá de los incluidos en la canasta además de lo que deban invertir en su vivienda y en servicios básicos. De esta manera, hay un abismo entre la canasta básica recomendad, la que se basa en el ideal de la salud, y la real, que se ajusta mejor a los patrones de consumos de los mexicanos.

El panorama actual no se corregirá de la noche a la mañana, ni desde un solo ángulo, pues denota un problema estructural en el que la educación y los programas sociales existentes no bastan para ayudar a la población más vulnerable. No obstante, existen diversos ejes estratégicos con los que se puede comenzar a solucionar el problema, como atacar los niveles de desperdicio de alimentos, específicamente frutas y verduras, que llega a haber tanto en el campo como en los mercados.

Es una verdadera grosería que, en un país tan productivo, entre el 35% y 20% de los alimentos producidos terminen en desperdicio, de acuerdo con la Organización para la Alimentación y la Agricultura, lo que equivale a ¡20 millones de toneladas de comida al año!, lo que representa pérdidas mayores a los 50 mil millones de pesos anuales.

Mientras alimentos se desechan constantemente, millones de mexicanos presentan carencias alimentarias. Nos urge crear y fortalecer canales de redistribución y aprovechamiento de estos excedentes para, por un lado, ser más eficientes en el consumo para reducir las consecuencias ambientales y económicas de esto y, por el otro, reducir el panorama tan drástico de pobreza al que nos enfrentamos.

Es un gran momento para dejar de pensar en términos de clases o estratos sociales y comenzar a pensar en la equidad y la justicia social. Últimamente se ha comprobado que las iniciativas sociales son urgentes para apoyar a la reactivación de nuestro país, pero esto no se logrará solamente con inversión. Somos ricos en ideas, es hora de comenzar a implementarlas no para enriquecer a unos cuantos, sino para mejorar la situación que las familias mexicanas viven en su día a día pensando que, si la situación mejora, se comenzarían a solucionar problemáticas sociales que nos aquejan a todos por igual tales como la violencia y las deficiencias de salud pública. Es momento de reaccionar y contribuir a convertir a México en el país que merece ser.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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