Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

La clave es “Zeta-21” | Ecos de la larga noche del neoliberalismo

Don Eleno, conocido como El Zorro plateado, pasado mañana te lo voy a presentar, allá, en El rancho Los gavilanes; en la mera sierra de Chihuahua. A don Víctor, no te lo podré presentar; Él vive en un caserón, bien chilo en La Chapule.

 Tercera parte.

El General, jefe de la zona militar, despidió al último encomendero que había ido a presentarle respetos en nombre de los jefes del cártel que dominaba todo el Noroeste de México. Se acercó al gran mapa de la República Mexicana, y durante dos minutos estuvo mirando las diversas rutas de la agreste sierra madre occidental.  –Tendré que apoyarme en mis colegas, lo bueno es que el pastel da para todos. El militar sonrió, se encaminó a su escritorio, de su gran escritorio de caoba, sacó una botella de coñac, se sirvió una copa. Caminó tres pasos, erguido, ante el retrato del Pelón Salinas, alzando la copa, dijo: -Gracias mi jefe, por darme la oportunidad, ora sí; me hará justicia la Revolución… ¡Salud!

La Tepozana dejó Tepuche, el último pueblo de las inmediaciones de Culiacán, y se internó por un camino de terracería, rumbo a la sierra de Chihuahua. Gumersindo conversaba con su ahora compañero de trabajo, Roberto Peralta, alias El Macho prieto. Iban sentados en el último asiento de atrás, y aunque la tranvía no iba llena, hablaban en voz baja. –Gracias bato. –Nada que agradecer compa, para eso son los amigos. Ora falta que aguantes la chinga, y si te arrepientes, desde ahora te digo que… -No bato, voy dispuesto a todo, no podré arrepentirme, tengo que sacar adelante a mi familia y… -Esta bien compa. Bueno, debo advertirte, que nuestra clica, es pura gente como nosotros, raza necesitada, dispuesta a todo; nos manejamos en un ambiente de mucha camaradería, pero debes tener cuidado. Aunque los jefes están bien amarrados con todas las policías, incluyendo a los militares; debemos portarnos con cuidado, nada de hacerle al influyente o fanfarrón; no falta quien ponga el dedo, y por quedar bien, lo menos, es que vayas a parar al bote, si no es que te dan pa´abajo. Y hablando de…

La tranvía disminuyó la velocidad, para detenerse en un retén de soldados. Un cabo subió y dijo con voz destemplada: ¡Los hombres van a bajar de uno en uno, las mujeres y los niños, quédense on tan! Los hombres fueron revisados, uno de ellos portaba una pistola 9mm. El Capitán en jefe, tocando el arma que el hombre tenía fajada en la cintura, le peguntó: -Y esta, ¿pa´ que la quieres¿ –Pa´ defenderme, mi Capitán.  El militar hizo una señal a un soldado, y al instante dio un culatazo en el pecho al hombre. Cayó doliéndose, y recibió otro culatazo en la frente. –¡Pues sácala cabrón! ¡Defiéndete! ¡Ya te estamos atacando! Tinto en sangre, fue arrastrado y subido como un fardo al camión militar.

-Te das cuenta compa; eso les pasa a los fanfarrones. Los soldados saben cómo imponer el orden. -Está cabrón, bato. ¿Y cómo saben de quien se trata¿ -Existe una clave. -¡Órale! -Por eso no debemos salirnos. ¿Me entiendes¿ La clave se usa en caso extremo. –Toca aquí. Gumersindo tocó la cintura sobre la cazadora de Roberto. –Es una veretta 9mm; el Capitán me conoce, y sabe que ando armado. También sabe que somos gente de Z-21 ¿Esa es la clave¿ Así es compa. ¿Z-21, es don Canuto¿ -No, el mero jefe es don Víctor García. Muy pocos lo conocen. Sólo don Canuto y don Heleno Elenes, tratan con él. -¿Y ellos, donde están¿. Don Eleno, conocido como El Zorro plateado, pasado mañana te lo voy a presentar, allá, en El rancho Los gavilanes; en la mera sierra de Chihuahua. A don Víctor, no te lo podré presentar; Él vive en un caserón, bien chilo en La Chapule.

La charla sesgó de cuándo chavales se aventuraban a subirse a los álamos del Tamazula, para aventarse a los hondables, de las veces que se internaron en los túneles de Culiacán; entraban por una boca en el Parque Constitución y salían hasta La Divisa; con el valor de la inocencia, entraban a aquel oscuro socavón; arrollaban con: víboras, tarántulas, alacranes, murciélagos; entre olores a podrido, hoyancos y charcos que aumentaban los peligros.

 Y La Tepozana llegó a Badiraguato, solo para descargar algunos enseres y dejar a la mayoría de los pasajeros. Eran las 19:45 horas cuando emprendieron rumbo a la sierra, a los pocos kilómetros, el paisaje de huizaches, ceibas, palo blanco y matorrales, fue quedando atrás.

El cambio fue notable en vegetación y temperatura; los encinos y pinares perfumaron el ambiente, los barrancos, subidas, bajadas, arroyos de aguas cristalinas envolvieron la atención de Gumersindo, quién se dio el gusto de admirar en lo posible, gracias a una luna casi llena que iluminaba con su tono azul, y muy a la distancia, las sombras de las montañas que imponían un sentimiento de desolación y nostalgia.

Al despuntar el alba, un brusco movimiento de La Tepozana, despertó a Gumersindo, lo sorprendió una intensa neblina, y un frío que le caló hasta los huesos. El Macho prieto, de su casaca, sacó una cajetilla de cigarros, le ofreció a su amigo y empezaron a fumar. –Ya estamos por llegar, en el siguiente recodo está el Rancho de La Chencha; una doña, bien jaladora, que nos dará asistencia. Allí descansaremos, y mañana temprano subimos pa´ Los Gavilanes.

Chencha, ¡qué gusto verte! Te presento a Gumersindo, se une a la clica. –Tango gusto señora. -¡Vaya! Hasta que me presentas a un caballero. -Qué pasó Chencha, yo también te respeto y… – ¡Ya déjate de rollos! -Que me tráis. –El Cochi, te manda este huato. Ella tomó un rústico envoltorio; con rápido vistazo supo que era la acostumbrada paga en dólares. -Y me dijo que le juntes un bule de miel y se lo mandes. -Bueno, bueno. Pasen, la mesa está servida. El olor a carne machaca, frijoles refritos, cuajada, café y tortillas del comal, les alborotó las papilas; el sonar de utensilios y las breves expresiones de alabanzas para la cocinera, los animaron. A la mañana siguiente, al punto de asomarse el sol, los viajeros montaron sendos caballos; jalaban dos mulas con algunos atados de comestibles, y el velis del nuevo integrante de aquel grupo, bien llamado, del crimen bien organizado.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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