Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

La crisis del agua, un reto estructural

Entre el crecimiento poblacional desproporcionado y los patrones de consumo y contaminación que hemos vuelto un estilo de vida totalmente insostenible, el futuro en nuestro planeta pinta poco amigable. Nos hemos acercado más a una distopia que a una utopía: violencia, autoritarismos, escasez y problemas surreales que superan a la ficción.

De las crisis que se ciernen sobre nosotros, destaca la referente a la escasez de agua… una amenaza que se ha vuelto realidad recientemente. La existencia de la vida en el planeta depende totalmente de este líquido vital, pero, principalmente, la de la humanidad. La cuenta regresiva ya comenzó y no contamos con mucho tiempo para corregir el rumbo. De hecho, de acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas, si mantenemos constante el nivel de consumo y desperdicio de agua, en 2025 al menos dos tercios de la población de la Tierra vivirán en zonas con disponibilidad crítica de agua.

El problema del agua se relaciona directamente con la poca eficiencia en su uso: cada vez somos más, la usamos con desconsideración y la contaminamos sin reparo. Forzamos los asentamientos humanos en zonas con poca disponibilidad de agua, olvidando que nuestros antepasados elegían establecerse alrededor de cuerpos acuíferos capaces de soportar las necesidades de las comunidades.

En México, de acuerdo con estimaciones de 2017 por el Centro Virtual de Información del Agua, 9 millones de mexicanos no cuentan con acceso al agua potable. En términos de hogares, el 24% de los hogares mexicanos no tienen agua a diario.  Además, hemos pasado de contar con 18,000 metros cúbicos por habitante al año en 1950, a 3,692 en 2015. CONAGUA advirtió que el 16% de los acuíferos nacionales están sobreexplotados.

El panorama es crítico, a tal grado que, por esta vez, los esfuerzos individuales no bastan para mejorarlo. En nuestro país, mientras comunidades pierden todos sus cultivos y ganado por las sequías, grandes empresas de comida y bebida ultraprocesada extraen, anualmente, 133 mil millones de litros de agua para producir productos de bajo o nulo contenido nutritivo y cuyo consumo regular aumenta el riesgo de padecer enfermedades crónicas.

Este abuso drena nuestras reservas de agua: por ejemplo, Holanda reveló que se necesitan 35.4 litros de agua para producir medio litro de un popular refresco en México: 28 litros para cultivo de los ingredientes, 7 litros para fabricar las botellas de plástico y 0.4 utilizada en el proceso de embotellamiento. Si, en lugar de producir y consumir tanta comida chatarra, empleáramos esos recursos de agua para consumo humano, acabaríamos con la terrible escasez que viven algunos de los estados del país, especialmente en el norte, que cuentan con climas desérticos.

Esta situación no es exclusiva de México, sin embargo, es especialmente grave si consideramos que somos el segundo país de América Latina, después de Chile con mayor estrés hídrico: se consume más agua de la que tenemos acceso.

La innovación y la ciencia llevan décadas buscando resolver la problemática del agua: desde soluciones tan básicas y elementales como mejorar la captación de la lluvia a través de la infraestructura de las ciudades hasta procedimientos complejos para obtener agua potable directamente del aire o de agua salada.

Recientemente, se ha experimentado con una técnica que parece salida de una novela de ciencia ficción: la siembra de nubes, la cual utiliza drones para estimular la lluvia en las nubes arrojando partículas sólidas o electricidad. Hasta el momento, parece funcionar, pero no debemos confiarnos porque, si seguimos desperdiciando, utilizando y contaminando el agua de esta manera, jamás nos daremos abasto: siempre necesitaremos encontrar la manera de producir más agua para seguir gastándola y la crisis no terminaría.

No basta con encontrar soluciones científicas para aumentar la caída del agua, sino que también debemos combatir la raíz misma del problema. Estamos acostumbrados a arreglar problemas superficialmente, tratando el síntoma y no el origen. La escasez de agua es un síntoma de problemas estructurales mucho más grandes que tomar un baño de 10 minutos en lugar de 5.

El impacto positivo de tomar medidas individuales para reducir el consumo de agua lo notaremos cuando frenemos el abuso de los corporativos que utilizan en un día más agua de lo que una sola familia podría emplear en un par de años. Muchas personas cuentan ya con el nivel de conciencia social suficiente para reducir su uso del agua, sobre todo en temporadas de sequía como la que se vive en México actualmente, que la NASA advirtió que afecta al 85% del territorio nacional.

Es urgente e imperativo un cambio profundo, que se enfoque en las grandes corporaciones para regular su acceso y consumo de agua mientras los individuos ponemos nuestro granito de arena correspondiente antes de que el conflicto escale y empeore la situación del agua en el planeta, algo que podría tener catastróficas consecuencias sociales y políticas.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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