Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

La crisis del agua, una realidad inminente

De acuerdo con estimaciones de la ONU, de mantener constante el ritmo de consumo, contaminación y desperdicio de agua, hacia 2025, dos tercios de la población global vivirán en zonas con disponibilidad crítica de agua.

Desde hace varios años, distintos organismos alrededor de todo el mundo nos han advertido sobre la situación del agua. Este líquido vital, del que dependemos para nuestra subsistencia en todas sus formas, se encuentra en un punto crítico que hasta el momento no se ha tratado con la urgencia y gravedad que debiera. La humanidad no sobreviviría si el agua se agotara, pero lo que es más alarmante es que nuestro uso cotidiano no es sostenible ni en el mediano ni largo plazo… es muy poco eficiente. Imagina, se calcula que para producir los ingredientes necesarios para una hamburguesa “promedio” se requieren ¡2,400 litros de agua!

El agua dulce, que es utilizada para casi todo; desde nuestra salud e higiene hasta la construcción y la creación de aparatos electrónicos, constituye solo 2.5% del agua total del planeta, de acuerdo con National Geographic. Tal vez la cantidad de agua dulce no ha disminuido significativamente, ya que constantemente se recicla gracias a la atmósfera, pero el crecimiento poblacional nos ha llevado a explotar indiscriminadamente este recurso, sobre todo si consideramos que el consumo de agua ha subido al doble de la velocidad del incremento en habitantes del planeta. Esto significa que, no solo se debe repartir una cantidad limitada de agua entre cada vez más personas, además un ser humano utiliza más agua cada día.

Muchos de nosotros hemos bajado la guardia, tomando por seguro la disponibilidad de este recurso y cayendo en ocasiones en el descuido o, incluso, el abuso.

La cruda realidad es que, mientras para millones la escasez de agua es un concepto distópico al que aún no arribamos, para otros ha sido una realidad que solo empeora con los años. En México, este contraste se refleja en una relación 90/10, donde el 10% de la población no cuenta con acceso al agua potable. Del 90% restante, no obstante, casi el 30% del agua que reciben no llega con la calidad ni cantidad suficiente. Como todo, esta crisis se ha visto exacerbada por el coronavirus: la imperante necesidad de lavarnos las manos todo el tiempo pareciera algo fácil de lograr, pero no lo es para los millones de hogares que no cuentan con acceso a ese líquido que es clave para reducir contagios.

En todo el planeta, esta realidad responde a una situación económica y política de la que los más afectados son aquellos con menos recursos. Sin embargo, conforme crece la crisis del agua, comienza a afectar a las personas sin distinción alguna al acercarnos a un punto de estrés hídrico en el que se consume más agua de la que se tiene acceso. Tristemente, México ya se encuentra entre los países con disponibilidad baja de este recurso indispensable.

De acuerdo con estimaciones de la ONU, de mantener constante el ritmo de consumo, contaminación y desperdicio de agua, hacia 2025, dos tercios de la población global vivirán en zonas con disponibilidad crítica de agua. Aunado al calentamiento global, el problema de la urbanización excesiva en zonas con poca disponibilidad de agua ha agravado este problema, pues las cuencas hidrológicas deben compartir recursos con otras áreas del país. En nuestro país, de acuerdo con la CONAGUA, 16% de nuestros acuíferos están sobreexplotados. Por si fuera poco, de los 322 litros diarios que se destinan por habitante en promedio, 40% se pierde producto del desperdicio, las fugas en las tuberías y el mal uso.

Este desolador panorama puede aún minimizarse si como sociedad nos unimos para combatir esta realidad. Como he mencionado anteriormente, ya no es momento de esperar a que los gobiernos e instituciones del mundo nos señalen la dirección correcta. Existen acciones aparentemente insignificantes que pueden marcar la diferencia, sobre todo si cada uno de nosotros comienza a hacerlas.

Algunos de estos pequeños ajustes se dan al momento de asearnos o lavar los platos para disminuir el gasto de agua, además de recolectar para reutilizar la mayor cantidad posible de este líquido para la limpieza del hogar. Es esencial también identificar posibles fugas de agua para disminuir el desperdicio: de gota en gota se pueden acumular cientos de litros. Otra opción es recaudar el agua de lluvia para utilizarla, no tanto para beberla, sino para emplearla en otras tareas en lugar de agua de la llave.

Se ha hablado de inventos e innovaciones científicas que podrían ayudar a combatir esta situación, desde obtener agua directamente del aire hasta desalinizar el mar, pero no debemos confiarnos de esto. Si bien se ha comprobado que son proyectos viables, aún son demasiado caros para que todos los países puedan adquirirlos. Se necesita que estas tecnologías se vuelvan realmente eficientes… y aún estamos lejos de ello.

Está en nuestras manos generar un cambio, así tengamos que empezar a hacerlo solos hasta que, eventualmente, aquellos individuos con una consciencia social y ecológica se vuelvan una mayoría que nos permita contribuir a construir un futuro viable para la humanidad, donde la escasez de agua sea cosa del pasado y podamos prosperar sanos, sin dejar a nadie atrás.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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