Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

La ignorancia: el virus más peligroso

Es imperativo que, los que podamos quedarnos en casa, permanezcamos en casa para que los que deben salir puedan hacerlo con las debidas precauciones evitando aglomeraciones.

En diciembre de 2019, nos encontrábamos haciendo planes de viajes y transformaciones para el año nuevo, sin imaginar que ese “nuevo” virus en China del que apenas se escuchaban las noticias ocasionaría una disrupción en nuestra cotidianeidad.

Ahora, a meses del comienzo de esta pandemia, podríamos decir que el COVID-19 es el mayor reto colectivo para la humanidad de los años recientes; en pocos meses ha alcanzado un impacto sin precedentes en todos los ámbitos de nuestra vida: desde la educación hasta lo social y laboral.

La pandemia, en sus múltiples facetas, se ha caracterizado por una cruda realidad: nos enfrenta a las consecuencias de las decisiones tomadas por generaciones. Si, como nación, no combatiste eficientemente la pobreza o el desempleo, esto se demostró exponencialmente este año. Si desatendiste por décadas al sector salud, ahora enfrentas la pandemia con una débil línea de defensa que muere presa de la enfermedad que intenta combatir.

Si como país permitiste que la ignorancia y el analfabetismo funcional proliferara… ahora enfrentas una pandemia totalmente desamparado porque los que deberían ser los principales interesados en mantenerse a salvo ni siquiera creen en la existencia del COVID-19.

Un virus como el que enfrentamos requiere necesariamente del distanciamiento social para frenar su propagación. Es imperativo que, los que podamos quedarnos en casa, permanezcamos en casa para que los que deben salir puedan hacerlo con las debidas precauciones evitando aglomeraciones. Para ello, se requiere disciplina, confianza en las instituciones, pero, sobre todo, un combate contundente contra la desinformación y la ignorancia.

Dicho esto, no es casualidad que las naciones que lograron superar el virus manteniendo un nivel prácticamente nulo de contagios y fallecimientos, son generalmente aquellos que se distinguen por un sistema educativo universal que favorece las habilidades STEM y el fomento del sentido común y el criterio de los alumnos. ¿Qué mejor prueba de fuego de la formación de su gente si lograron superar una prueba de esta magnitud obedeciendo a una simple norma: “si puedes, quédate en casa”?

Algunas otras naciones parecieron superar el virus, sin embargo, a los pocos días debieron regresar al aislamiento y endurecer las medidas debido a peligrosos repuntes en los contagios. Esto se debió a una carencia de disciplina: los ciudadanos se dejaron llevar por la emoción de encontrarse libres de la tediosa cuarentena y cayeron en la imprudencia, lo que se reflejó en un nuevo aumento de contagios que los dejó nuevamente en aislamiento.

Un tercer grupo de naciones no está ni cerca de superar la primera oleada del virus y desafortunadamente, México se encuentra en este último. Estas naciones se caracterizan por un desacato general de las instrucciones, rodeado de teorías conspiratorias para explicar que el virus es un engaño de las autoridades en su guerra por el control económico. Día con día, surgen nuevas teorías cada vez más descabelladas: desde que las autoridades de salud quieren robarnos el líquido de las rodillas para venderlos, hasta que el COVID-19 es un pretexto para vacunar a la población global e injertar un chip que pueda monitorear todos sus movimientos y estados de ánimo.

Se le restó importancia a la pandemia, dudamos de las autoridades y decidimos que “no pasaba nada” si solo salíamos a la tienda, a la casa de un amigo, a la carne asada donde solo estarían 15 personas… y ahora estamos pagando las consecuencias. Día con día, más de seis mil personas son detectadas con coronavirus… forzándolas a creer en una realidad que negaban con todas sus fuerzas: el COVID-19 sí existe y llegó para quedarse.

En el caso particular de nuestro país, la desconfianza generada por nuestras instituciones sale a la luz como nunca: día con día se señalan contradicciones en la narrativa oficial, distintas versiones entre los mismos miembros del gabinete que refuerzan la incredulidad general.  De manera general, los que no se cuidan del virus se autoproclaman valientes y señalan a los que caminan por la calle con guantes y cubrebocas de ser cobardes y víctimas de un complot mundial de desinformación.

Las noticias falsas o engañosas no son una novedad, pero han tenido un importante aumento desde el comienzo de la pandemia. Millones de personas al día las comparten y comentan como si fueran una realidad absoluta, fomentando que se propague la ignorancia a una velocidad aún mayor que el coronavirus, levantando una interrogante: ¿está matando más personas el coronavirus, o la ignorancia?

Basta una persona que se contagie de desinformación para propagarla por su entorno, esparciéndose a la velocidad de la luz a través de la red. La ignorancia no identifica clase social ni nivel educativo y es sencillo caer, casi sin darnos cuenta, en su red. La única manera de combatirla es empleando la lógica y el sentido común, generando un criterio propio que nos permita identificarla y bloquear su camino en un instante antes de que cobre más vidas.

La buena noticia, es que se cura mucho más fácil que el COVID-19, ¡ni siquiera se requiere hospitalización! Se puede prevenir y tratar de manera sencilla: escuchando, observando y leyendo, evitando compartir información sin antes comprobar que vengan de una fuente sólida y ayudando a otros sin buscar imponernos ni juzgar; compartiendo herramientas para que ellos también se informen y, juntos, ganemos esta batalla contra la pandemia que parece no tener fin.

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