Reflexiones

Malú Morales

La música del hambre

El lenguaje es el invento más extraordinario de la historia de la humanidad.

Así lo establece el escritor Francés Jean-Marie-Gustave Le Clézio; con tan largo nombre, él firma sus libros como J.M.G. Le Clézio. Galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2008, ha escrito poco más de 40 obras. La fuerza de su literatura se alimenta de sus múltiples viajes –incluído México- en los que busca conocer y adaptarse a las costumbres de cada lugar.  Son para mí como vidas sucesivas.

LA MÚSICA DEL HAMBRE, una de sus novelas que narra el París de los años 30 del siglo pasado, nos cuenta de la familia Brun dueña de una posición económica solvente. Su origen es la Isla de Mauricio, en el océano Índico en el norte de África, antigua colonia de Francia. Alexander y Justine jóvenes y hermosos, tienen una hija, Ethel, encariñada con el tío abuelo Samuel Soliman con quien suele compartir grandes paseos por los más vistosos lugares de París. Aquella mañana, el tío lleva de la mano a Ethel de apenas 8 años, a ver la Exposición Colonial que exhibe antiguas colonias. Van directo al pabellón de la India Francesa. El tío sueña con vivir en ese lugar y hace planes para distribuir sus pertenencias en las estancias que recorren.  Al dirigirse al patio, planea sobre la fauna y la flora que colocará en el estanque, de tal modo que compra el material del pabellón de la India y hace que lo trasladen al jardín de la mansión familiar. Las piezas son cuidadosamente cubiertas con lonas. Ethel dice que será La Casa Malva.

Poco antes de comenzar la construcción de la Casa Malva, el señor Soliman cae enfermo, permanece en su lecho mucho tiempo. En tanto el matrimonio Brun no deja de celebrar las reuniones sociales todos los primeros domingos de mes. Parientes, amigos, empresarios, artistas, comen y beben espléndidamente a la vez que  concertan negocios. Algo grave como la muerte del Señor Soliman fue capaz de interrumpir esas fiestas. Ethel y su madre Justine son las únicas que derraman sinceras lágrimas por el caballero. Antes de fallecer el tío abuelo, convencido de que no vería su sueño hecho realidad, hizo testamento en favor de su sobrina. Alexander, el padre, haciendo a un lado sus compromisos sociales y sus sueños de construir aviones, lleva a su hija Ethel, ya con 13 años, a visitar a un notario, quien ya tenía preparado un documento que le autorizaba a disponer de la herencia de su hija menor de edad. Ethel no entiende las explicaciones del abogado, pero le alegra saber que su padre se hará cargo de construir la Casa Malva.

Las reuniones se reanudan en un ambiente de inquietud, se comienza a hablar de Rusia y los Bolcheviques; de pronto aparece el nombre de un tal Hitler que pronto le haría la guerra a los Rusos. Poco a poco se van percatando que la economía desciende, que los víveres y vinos van desapareciendo. Todo cambia. Alexander comienza a construir un moderno edificio en el terreno heredado del señor Soliman, lo que provoca la rabia de Ethel. Los bancos dejan de hacer préstamos y las deudas surgen como hongos. No había más remedio que vender para pagar las deudas. Por la radio se enteran de los éxodos hacia la frontera. Ethel a sus 18 años, se había relacionado con un joven Inglés que tuvo que abandonar París para sumarse a las tropas aliadas en contra de la invasión Alemana.

La familia  Brun era amante de la música, tocaban el piano y cantaban no sólo en las reuniones, sino ante cualquier motivo de festejo. La vez que le tocó al piano ser vendido, Ethel tocó suavemente un Nocturno de Chopin. La persecución de los Judíos era ya notoria. La familia en pleno decide trasladarse a Niza, para lo cual sacaron el viejo auto, lo llenaron de lo indispensable y emprendieron la huida como refugiados. Alexander, se sentía viejo y achacoso por lo que dejó que su hija condujera hasta su destino, la joven ahuyentaba la tristeza cantando arias a todo pulmón. Por la carretera observaron la vertiginosa caída del país. En Niza se instalaron en el último piso de un viejo edificio que tenía goteras, se filtraba el frío por los cristales rotos. La leña para el horno era difícil de conseguir y los cupones para el racionamiento de la comida apenas alcanzaban para alimentarlos. Ethel y su madre tenían que ir al mercado desde muy temprano y aún así sólo encontraban verduras pasadas y raíces enmohecidas. El tiempo pasaba demasiado lento. Un día, el ruido de los cristales que temblaban les hizo asomarse a la calle para ver pasar a un ejército derrotado que abandonaba el sitio para volver a Alemania. Meses después se oyó el fragor de otro ejército. Eran soldados Estadounidenses, Ingleses y Canadienses que llegaban a rescatarlos lanzando a su paso, paquetes de pan, latas de leche, sopas, chocolates. Esa noche la familia cenó como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Los Brun vuelven a la casa abandonada, en ruinas. El padre casi moribundo  y la madre tratando de recomponer el hogar. El novio de Ethel va en su búsqueda para proponerle irse a vivir a Canadá. La muchacha había madurado sin haber sido joven jamás.

La  novela termina recordando los compases de El Bolero, de Maurice Ravel, que en su ritmo vertiginoso en crescendo, hace recordar a los protagonistas que: El Bolero no es una pieza como las demás. Es una profesía.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo