Reflexiones

Malú Morales

La reivindicación de las escritoras

Yo robé ese dinero por ambición, por desesperación. Muy probablemente también por perversidad… Soy, efectivamente, una ladrona.

Resulta encomiable el hecho de que un grupo de mujeres literatas se haya dado a la tarea de rescatar la obra de escritoras de la literatura mexicana, a quienes no se les ha reeditado sus libros, y lo que es peor, permanecen en el olvido. En esa tesitura, nació la Colección Vindictas, auspiciada por la UNAM, que se dedica al rescate y reedición de creadoras mexicanas que han permanecido en el polvo del olvido.

Adquirí un libro cuya primera edición apareció en 1956; recientemente reeditado en la colección comentada al principio. El título: EL LUGAR DONDE CRECE LA HIERBA, la autora: Luisa Josefina Hernández (1928). Por fortuna, viva y activa. El hallazgo se dio en la nueva librería  “Sra. Dalloway” recién inaugurada en pleno centro de la ciudad de Culiacán. La particularidad de esta librería es que únicamente contiene libros escritos por mujeres; de todas las épocas, desde autoras internacionales hasta locales. Un formato diferente que vale la pena visitar. Su localización: Facebook.com/Ms.Dallowaycln.

Luisa Josefina Hernández, nacida en la ciudad de México, es altamente reconocida como dramaturga, novelista, ensayista y traductora. Le han otorgado diversos reconocimientos, entre otros, la Medalla de Oro de Bellas Artes; cuando en nuestro país el gobierno reconocía y premiaba a los creadores de cultura.

El lugar donde crece la hierba, nos relata la historia de una mujer de 28 años que permanece oculta en la casa de un amigo de confianza de su esposo, debido a que existe una orden de aprehensión en su contra por el delito de robo de una fuerte cantidad de dinero.  Es buscada por la policía ante la denuncia de un hombre que le otorgó la cantidad en un préstamo que ella no devolvió en su tiempo. Patrick, el marido, le confía a su amigo Eutifrón, la seguridad de su pareja, convencido de la honradez y alta moral del  amigo. Es extranjero, de 50 años, vive en una bonita casa, solo, ya que su esposa  emprendió  un largo viaje a su país de origen. La protagonista nos narra su historia a través de cartas que dirige a Enrique, su amante. Cartas que no llegarán a su destino, pero que a ella le permiten ocupar su sobrado tiempo.

Eutifrón la protege vigilando que no salga a la calle, pone a su disposición el cuarto de sus hijos, ausentes también, le procura alimentos y una que otra charla eventual. Las pertenencias de la mujer son escasas; sin embargo, no acepta ponerse la ropa de la señora de la casa que el dueño le ofrece  compadecido de su precariedad. Las visitas del esposo son esporádicas, únicamente para informarle que su casa está vigilada y que el acusador tiene influencias políticas. La mujer sabe que tiene dos prisiones, la casa que habita y sus propias ataduras. En la libreta en que ella escribe su diario acontecer, da cuenta de su vulnerabilidad y anulación como mujer: El marido la esconde, el amante, después de una ruptura, la ignora y su involuntario carcelero, la juzga. En la cama infantil en que descansa, se repite No soy nada. En sus narcotizados sueños, manda señales a su marido… Envíame una mirada de inocencia para vivir mi cautiverio… lávame, cálmame, llévame… piensa en el suicidio pero no tiene los medios.

Durante una de las  visitas de Patrick, recibe el latigazo de su confesión… yo… ya no te quiero. Creo que eso ya pasó. No sé si te hago daño… Eso fue todo… se fue con la promesa de visitarla porque no desea que se sienta sola. Eutifrón se compadece de ella, haciendo que levante el ánimo con planes para encontrar un trabajo y una casa para ella sola, una vez que haya terminado la pesadilla. Durante las horas de soledad, la mujer toma una decisión. Coloca en su maleta la poca ropa que llevó, se arregla de manera mecánica y se sienta a esperar a su anfitrión. Cuando él llega, con toda calma le hace una confesión: Yo robé ese dinero por ambición, por desesperación. Muy probablemente también por perversidad… Soy, efectivamente, una ladrona. Allá en el viejo armario de mi marido está el abrigo de pieles que compré con vergüenza, que casi no use por vergüenza… Eutifrón, inexpresivo, le pregunta ¿Qué quiere que yo haga?… la mujer siente el pecho desgarrado y abierto… Quiero que haga el favor de delatarme. Quiero que vengan a buscarme.

A la mañana siguiente, la mujer con la maleta preparada, se encuentra sentada en la sala a la espera de que Eutifrón llegue con los agentes de la policía para su detención. Ella no tiene tristeza, se siente liberada. Esto nos remite al poema de Paul Eluard: Tristeza, no eres plenamente/ la miseria/ porque los labios/ más humildes/ te denuncian por una sonrisa/ Adios tristeza… Ella piensa: Es evidente, doloroso, dulce, que soy yo quien ha muerto…¡Al fín! Maravillosamente he muerto.

Con un lenguaje exquisito, a la vez amargo, Luisa Josefina Hernández nos lleva hacia la profundidad de una mujer cuyos actos la empujaron a un desolado destino. Ella es la hierba que crece prisionera.

En una ocasión, Luisa Josefina declaró: Cuando escribo novela soy libre en el tiempo y en el espacio. Nada de productores, directores, actores… nada. Sólo el texto  y yo.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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