Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

La tercera ola: el tsunami que nos espera

Tomemos los aprendizajes de experiencias anteriores, tanto propias como internacionales, para evitar cometer los mismos errores en un país cada vez más golpeado.

El problema de salud pública que vivimos a nivel global afectó la economía de un gran número de países. No obstante, las medidas tomadas por los gobiernos y el sector privado pudieron minimizar el impacto o empeorarlo, según la administración de cada nación. En México, lamentablemente, la situación de desarrollo social previa a la pandemia no nos permitió garantizar una cuarentena digna para una parte significativa de la población, así que nos vimos golpeados por dos frentes: la llegada del virus que provocó la interrupción a nuestras actividades cotidianas y los problemas estructurales que llevamos décadas arrastrando.

En febrero de este año, el CONEVAL presentó estimaciones sobre el estado de desarrollo social en el país, planteando un escenario en el cual la pobreza se ha exacerbado en México; llevándonos a una crisis en la cual 70.9 millones de mexicanos son considerados pobres por sus bajos ingresos. El significado de estas cifras es aterrador, pues sitúa a casi el 57% de la población de nuestro país en situación de carencia, porcentaje que aumentó desde 2018, cuando representaba a menos del 49% de la población.

Por si esto no fuera suficiente, dicho estudio posiciona a más del 25% con ingresos inferiores a la línea de pobreza extrema, un indicador que en 2018 se encontraba en el 16.8% de los habitantes, mostrando un deterioro alarmante. Las cifras actuales implican, que día con día, uno de cada cuatro mexicanos se enfrenta a la incertidumbre de conseguir el mínimo indispensable para satisfacer las necesidades más básicas de sus familias.

Estas familias no cuentan con la posibilidad, ni de infraestructura ni de estabilidad, para encerrarse a realizar home office mientras combatimos la pandemia; en la mayoría de los casos su trabajo no es de oficina y requiere que estén físicamente en el sitio para tener la posibilidad de obtener ingresos, aunado a los mexicanos que no cuentan con internet ni dispositivos para conectarse… en ocasiones, no cuentan con acceso a la electricidad ni al drenaje. Para ellos, la situación parece orillarlos a una terrible decisión: salir a trabajar, arriesgándose a contraer el COVID-19 e infectar a sus familias, o permanecer en sus hogares arriesgándose a morir de hambre al perder el ingreso del día.

Desde que las cifras de infecciones y decesos por coronavirus se estabilizaron y se permitió la reapertura paulatina de las actividades económicas hemos observado una ligera mejora en la economía nacional y familiar. El comienzo de las jornadas de vacunación nos dejó fantasear con que la situación acabaría pronto.

Muchas personas regresaron a sus trabajos, se permitió que volvieran a abrir pequeños comercios y en general se vivió un mejor flujo económico. De esta manera, muchas de las familias, sobre todo aquellas en condiciones más vulnerables, se permitieron la esperanza de haber encontrado la luz al final del túnel. Sin embargo, siempre supimos que esto solo sería una breve pausa antes de la llegada de la tercera ola de contagios que se acercaba lenta pero inexorablemente.

Ahora, nos encontramos en la calma antes de la tormenta. Hemos visto a Europa enfrentar la tercera ola que llegó con nuevas variantes del virus y colapsó la infraestructura de salud, lo que forzó a la población a regresar al confinamiento en marzo durante, al menos, un mes en países como Francia e Italia. A pesar de eso, la irresponsabilidad de algunos la pagaremos todos cuando las cifras no nos dejen mentir: el comportamiento de prevención del mexicano promedio durante las vacaciones de Semana Santa dejó mucho que desear y las consecuencias serán catastróficas.

Por un lado, esto permitió reactivar el turismo, pues se alcanzó por primera vez en casi un año cifras de ocupación hotelera superiores al 60%, pero por el otro se observó un casi nulo respeto por medidas como el uso de cubrebocas y la sana distancia. Desde el regreso del periodo vacacional, en algunas ciudades como la CDMX han aumentado las solicitudes de pruebas de COVID-19 hasta en 60%.

Sin mencionar el aumento de pérdidas humanas esperado, que a la fecha superamos los 209 mil, el impacto de un nuevo confinamiento agravaría aún más la crisis de pobreza que vivimos. Dicen que la definición de locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes, ¡es momento de ser cuerdos! Tomemos los aprendizajes de experiencias anteriores, tanto propias como internacionales, para evitar cometer los mismos errores en un país cada vez más golpeado. La primera y la segunda ola nos demostraron que todos los negocios son esenciales, si no para el funcionamiento de la sociedad, para la supervivencia de las familias mexicanas. También nos enseñó que no todos pueden darse el lujo de trabajar o aprender desde casa, por lo que no debemos dejar la opción de confinamiento como una única medida para contrarrestar la situación.

Es urgente el desarrollo de políticas públicas integrales que nos permitan prepararnos para la situación que ya sabemos que llegará en las próximas semanas. Tanto la sociedad como los distintos niveles de gobierno tenemos la capacidad y la responsabilidad de actuar mejor, de contribuir más y ser más solidarios con nuestros semejantes. La pandemia ha dado luz a muchas de las grietas en el tejido social mexicano que es imperativo enfrentemos para dar solución. La responsabilidad no es de algunos, sino que es de todos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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