Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Las redes sociales ante el distanciamiento social

Si esto ya era una realidad antes de la pandemia, este fenómeno se ha fortalecido a raíz del distanciamiento social: para algunos, estos medios digitales son el único contacto con el exterior y, para otros, una manera de desahogar sus tiempos de ocio o de conocer las perspectivas de otras personas sobre lo que estamos viviendo como sociedad.

Hace apenas unos días, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, se volvió noticia al llegar a la exclusiva lista de las personas cuyo valor económico es de más de 100 mil millones de dólares, siendo el más joven en esta. A pesar de los boicots de algunas trasnacionales importantes a Facebook, los efectos de la pandemia aumentaron segundo a segundo el uso de esta red social, así como la comercialización a través de ella. Y, ¿cómo no, si Facebook encabezó la revolución de las interacciones sociales a través de internet?

Antes de internet, era sencillo identificar dónde comenzaba y terminaba la vida privada. Incluso siendo famoso, se contaba fácilmente con resquicios de privacidad donde ni siquiera las cámaras de los más osados paparazis podían alcanzar.

No obstante, en la era digital eso se ha transformado. No solo hemos cambiado el concepto de la vida privada, sino que constantemente cedemos el derecho a ella, a veces sin darnos cuenta. Gracias a su fácil accesibilidad desde cada vez más dispositivos móviles, el uso de redes sociales se ha difundido en el mundo, permitiendo intercambiar en segundos información de cualquier índole desde cualquier parte del planeta.

Prácticamente la mitad de la población mundial utiliza las redes sociales (49%), que han permeado en cada uno de los aspectos de nuestra vida. Como resultado, hemos dejado de valorar la relevancia de lo que compartimos a través de ellas. El recelo que las generaciones que les tocó adoptar el uso de internet mantenían ante la información disponible en la red se ha quedado obsoleto: la tendencia es hacia la credulidad.

Para muchos de nosotros, el acceso a Facebook, Whatsapp, Twitter, Youtube e Instagram – entre otras- es una actividad cotidiana; ya sea para informarnos, estar en contacto con nuestros seres queridos o compartir nuestras experiencias. Incluso, revisar las redes se ha vuelto de los primeros pasos en la rutina diaria de mucha gente.

Si esto ya era una realidad antes de la pandemia, este fenómeno se ha fortalecido a raíz del distanciamiento social: para algunos, estos medios digitales son el único contacto con el exterior y, para otros, una manera de desahogar sus tiempos de ocio o de conocer las perspectivas de otras personas sobre lo que estamos viviendo como sociedad. Solo en México, el aumento de usuarios de redes sociales fue superior al 2% comparado con el comportamiento del primer trimestre de 2019.

A través de ellas compartimos fotos, videos, ideas, pensamientos, recomendaciones, críticas, memes… ¡hasta denuncias! Nos mantienen conectados y nos ayudan a sentirnos parte de una comunidad; son una herramienta vital para identificar a personas que comparten nuestros gustos y creencias. En tiempos de distanciamientos social nos permiten sentirnos cercanos al mundo.

No es entonces sorprendente que las redes absorban aún un mayor porcentaje de nuestro día, en marzo del 2020 se reportaba que el usuario promedio de estas en México pasa más de 3 horas diarias navegándolas, sobre todo para aquellos con la oportunidad de trabajar desde casa. Podría incluso considerarse una consecuencia directa del aislamiento que ya se ha afirmado puede resultar peligroso para nuestra salud mental.

Además, en posts y videos podemos ver la desconfianza de los mexicanos hacia las autoridades: los cuestionamientos, teorías de conspiración y debates tienen lugar minuto a minuto en las redes, lo que permite a los demás conocer “el otro lado de la moneda”, complementando un panorama que creen que el gobierno mantiene oculto del conocimiento general.

Las redes sociales se han vuelto, hoy más que nunca, un espejo de nuestra sociedad: nuestras prioridades, nuestras creencias, nuestro sentir. Son el vehículo de muchas de nuestras grandes luchas sociales: el feminismo, la inclusión, la justicia… pero también de nuestros resentimientos, nuestra ignorancia y nuestros temores. Por poner un ejemplo: el infame caso del ladrón de combi que protagonizó incontables memes, videos y hasta “corridos”. El recibimiento que tuvo reflejó un México cansado de la delincuencia, de vivir en el miedo; un país que procesa su realidad a través de su inconmensurable sentido del humor. En pocos minutos, la noticia corrió como pólvora, así como las opiniones de millones: algunos se basaban en el más humano de los sentidos, la empatía, para no justificar el ataque de los pasajeros hacia el joven, mientras que otros utilizaban coraje para rebatir y señalar que se lo merecía por atentar contra el patrimonio de los mexicanos para salir adelante. Durante horas, fue el tema a discutir de todo un país, que se extinguió tan rápido como inició.

Nuestra arena de convivencia más segura es ahora a través de internet: el virus no se contagia por la computadora ni el celular, por lo que podemos intentar sentirnos cercanos sin exponernos. Desde expresiones religiosas como la misa hasta la promoción de nuestros proyectos se han trasladado a lo digital hasta nuevo aviso, y las redes sociales nos facilitan el acceso a un nuevo mundo: igual en muchos aspectos, pero virtual.

Por ello hoy es más importante que nunca ser responsables con nuestro uso de las redes: compartir únicamente información de fuentes confiables y verificada, difundir material que pueda servir a la comunidad evitando a toda cosa el morbo y la crueldad. Adicionalmente, debemos considerar que cada que publicamos alguna foto o pensamiento o nos conectamos a una videollamada con la cámara encendida, abrimos una ventana hacia nuestra privacidad, por lo que es imperativo analizar si lo que estamos compartiendo es realmente algo que queremos transmitir a los demás.

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