Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Leer o no leer

Existen muchos motivos para leer. No es necesario profundizar en el tema, simplemente leer es una necesidad fundamental para el desarrollo humano, es casi casi como la necesidad de comer; sin la lectura casi casi no existiríamos, o visto de otro modo, nuestro desarrollo sería trunco, viviríamos como en el tiempo de las cavernas, y andaríamos todavía gritando como simios.

La pandemia que provocó el Covid 19 me atrapó en mi lugar de autoexilio: San José del Cabo. Como mi principal ocupación es: leer escribir leer, no me causó ningún tipo de stress o preocupación estar en casa. Eso sí, me ocupé de leer poesía, algo que tenía como tarea pendiente. Y empecé a hurgar entre los  creadores que estimaba como los más difíciles de entender: Jorge Luis Borges y Octavio Paz. Del primero descubrí que es mejor como cuentista, bueno, eso digo porque me inclino más por la narrativa, género que logro asimilar con facilidad y por consiguiente disfrutar sin ningún tropiezo. Me sumergí en sus cuentos de ficción: Funes el Nemorioso, El evangelio según San Marcos, analicé uno de sus más leídos: El Aleph y terminé con El libro de arena, este su última creación. De su poética un tanto compleja, rescato una estrofa de Ajedrez que me parece asombrosa por su sencillez, dice:

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas.

El tablero los demora hasta el alba en su

severo ámbito en que se odian dos colores.

Cómo podemos apreciar, la imagen que provoca resulta muy clara y define las acciones y el objetivo del encuentro.

Con don Octavio Paz, me interné en su más reconocido poema Piedra de sol, es tan intenso y deslumbrante que leer sus 584 versos es un deleite que te somete ante la descripción del recorrido de esos días que tarda el planeta Venus en realizar la conjunción del sol.

Un sauce de cristal

un chopo de agua,

un surtidor que el viento arquea,

un árbol bien plantado más danzante,

un caminar de río que se curva,

avanza, retrocede de un rodeo

y llega siempre.

Esta visión me hizo retroceder en el tiempo, de cuando siendo un chavalío vagaba por la ribera del Tamazula: observaba la danza caudalosa que temblaba en sus curvaturas, y en la lejanía, parecía regresar, tal como lo describe el poeta.

Seguro hace más de veinte años leí El laberinto de la soledad, al retomarlo esta vez, me sorprendí al reconocer la sagacidad del autor, dejó muy claro el por qué los mexicanos somos como somos. Centra esa definición en nuestro ancestral apego a las tradiciones y costumbres, y desde luego, el influjo provocado por el encuentro con los españoles. La riqueza de este apoteótico ensayo, es tan contundente, que debería ser lectura obligada.

Me adentré en la selva lejana que bordea el río San Lorenzo, y disfruté de los guayabales, las lichis, los limoneros, naranjales y mangos de Eldorado, el olor de su prodiga tierra, la cocina donde las mujeres aderezan manjares, confundiendo sus cantos con el de los pájaros. Todo esto y más, gracias a la destreza y gracia divina de Inés Arredondo.  Cada uno de sus cuentos está escrito para vivir una novela. Bien dijo don Jorge Luis Borges, que no es necesario prolongar tanto una narrativa para hacer que se logre su excelsitud. Esta hermosa mujer, orgullosamente Culichi, al vivir sus primeros años en aquel bello lugar, lo absorbió y luego lo deglutió para lograr con cada cuento un portento narrativo.

La señal, La sunamita, Mariana, éste último fue llevado al cine con un reparto actoral encabezado por Julio Alemán y Pilar Pellicer, se realizó el film aquí en Culiacán.

Este breve recuento, da una idea de cómo es posible pasar la vida leyendo, y no terminar jamás. Al entrar a una biblioteca, siempre me asalta una especie de desolación, al ver tantas creaciones reconozco mi gran ignorancia, pero a la vez lamento que en nuestro país no se den las condiciones para que logremos ser una sociedad lectora. Y es que da pena saber que de parte de quienes deberían preocuparse por facilitar esa posibilidad, estén tan alejados de prodigarlo, y todo, precisamente por la indolencia y el nulo interés por promover el hábito a la lectura.

Esta afirmación se confirmó una vez más ahora que la pandemia  nos obligó reclusión; tuvimos una estupenda posibilidad de promover la lectura, pero no. No sé a qué institución o autoridad le correspondió ordenar el cierre de negocios; incluir las librerías, estimo fue un error; pudieron crear alguna estrategia para dar la oportunidad de obtener libros; promover la lectura con ofertas especiales, orientación de elección de obras para niños, sobre todo,  pero no, no hubo cerebro para eso. Sospecho que esto sucede por la falta de lectura. 

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