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Malú Morales

Letras muy recomendadas | Bola de sebo

Maupassant es el indiscutido maestro de la novela corta en Francia y uno de los inspiradores de los escritores modernistas de América

Una de las manifestaciones literarias más importantes en la Francia del siglo XIX, es sin duda, el naturalismo, que vino a superar al romanticismo tan recurrido en años anteriores. Los naturalistas vieron con certeza casi científica una realidad psicológica y material. Uno de sus grandes exponentes fue Guy de Maupassant (1850-1893) Nacido en Normandía, Francia.

De educación aristocrática, Maupassant cometió excesos que lo llevarían a la locura y a la muerte. Dejó una considerable obra de novelas y cuentos, extendiendo su influencia en el extranjero. Uno de sus escritos más destacados, es el cuento BOLA DE SEBO, en donde revela conceptos sobre la guerra Franco-prusiana que invadió a su país. En este texto, el autor nos muestra las actitudes de una Nobleza hipócrita y su reacción hacia lo que consideran Inmoral.

BOLA DE SEBO es el apodo de una moza atractiva, abundante en carnes, de piel suave y lustrosa, con un pecho enorme rebosante…ojos negros…de carne apetitosa, boca palpitante de besos… Su nombre real: Isabel Rousset. Su oficio, la prostitución. Dió la casualidad que abordaron la misma diligencia, tres parejas de burgueses, un noble, un rebelde contra los invasores, dos monjas, y Bola de Sebo. Todos huyendo de la invasión de las tropas prusianas, con rumbo hacia Havre. Las damas evitaban encontrarse con la mirada de la moza, los caballeros la veían de soslayo. Ella les miraba provocadora y arrogante. La abundante nieve provocó que la diligencia se atascara, lo que retrasó el viaje por varias horas. El hambre comenzó a torturar a los viajeros. Nadie consideró que debían llevar alimentos. Bola de Sebo se inclinaba discretamente por debajo de su asiento para sacar provisiones; finalmente sacó una enorme cesta que colocó en sus gruesas piernas, de la que fue sacando pollos asados verduras y golosinas que comía delicadamente. Tomaba vino en un vasito de plata. El perfume de los alimentos estimulaba el apetito de los demás. El desprecio que las señoras sentían por la joven, rayó en ferocidad.

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Bola de Sebo, compadecida, hizo el amable ofrecimiento de compartir sus alimentos. A punto del desmayo, todos comenzaron a comer y a consumir el vino. La diligencia continuó su camino entre risas y comentarios gozosos de quienes habían devorado las viandas de la moza. Al anochecer se detuvieron en una posada; para  sorpresa de todos, fueron recibidos por un oficial prusiano, enemigo de su patria, que tenía el mando. A todos les fue requerido el salvoconducto  que les permitía continuar. Los viajantes, después del susto se acomodaron en las habitaciones vacías disponiéndose a cenar antes de dormir. Uno de los mozos  se dirigió al grupo preguntando por la señorita Isabel Rousset, a lo que Bola de Sebo respondió siguiendo al mozo que le indicó que el oficial prusiano deseaba entrevistarla. Minutos más tarde, Isabel volvió exasperada al grupo, exclamando ¡Miserable! ¡Jamás! Nadie preguntó nada. Se retiraron a descansar.

Con el entusiasmo de proseguir el viaje, todos madrugaron únicamente para encontrar el coche en medio del patio, cubierto de nieve, solitario. Localizaron al mayoral que los había llevado, quien les dio la noticia: No pueden continuar el viaje por orden del prusiano. Acudieron al militar con delicadas maneras preguntando las razones de la orden dada por él. La única respuesta fue: Por mi voluntad… Bola de Sebo fue requerida nuevamente por el oficial y nuevamente salió indignada. Abrumada por las preguntas de sus compañeros de viaje, la moza contestó: ¿Qué quiere?… ¿Qué quiere? ¡Estar conmigo¡ ¡Nunca haré eso! Argumentando que el oficial representaba al enemigo de su país. Al tercer día del cautiverio, los viajantes se reunieron en una de las habitaciones, lejos de Bola de Sebo. Las señoras emitían alterados comentarios: ¡Cómo se atreve, la muy zorra! ¿No es ese su oficio? Los caballeros decidieron tratar de convencerla. 

Bola de Sebo, volviendo de su paseo, fue requerida por sus compañeros de viaje. Con frases amables citaron ejemplos de mujeres bíblicas que habían sacrificado su vida en salvamento de los demás. Alabaron la divina piedad en favor del prójimo. Las monjas le relataron pasajes de la historia sagrada con grandes ejemplos de sacrificio. La moza aumentaba sus negativas. Al cuarto día, se dejó convencer con los argumentos piadosos y el deseo de continuar el viaje. Se entregó al prusiano y los demás celebraron con abundante vino. La diligencia apareció preparada en espera de los viajeros; en franca alegría todos abordaron sus lugares tratando de no dirigir la mirada a Bola de Sebo, que parecía inquieta y avergonzada. Los alegres cantos envolvieron la mañana, aparecieron viandas y botellas de vino que fueron disfrutadas por todos, menos por la moza, aturdida y humillada. Maupassant la describe así: Bola de Sebo, sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, la rechazaba como un objeto inservible y asqueroso. Todos comenzaron a cantar La Marsellesa… y la moza lloraba sin cesar, un sollozo incontenible se mezclaba con las notas del himno entre las tinieblas de  la noche.

Guy de Maupassant, tenía una fina percepción hacia el espíritu femenino, tal y como lo manifiesta en toda su obra. Asimismo, no ocultaba su desprecio por los militares: Sin restricción mental cuando pasan altaneros, admirados, aclamados por la muchedumbre, sólo porque sirven para derramar la sangre humana.

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Maupassant es el indiscutido maestro de la novela corta en Francia y uno de los inspiradores de los escritores modernistas de América.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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