Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

¡Llegaron los guachos! | Ecos de la larga noche del neoliberalismo

-¿Entonces, usted fue soldado de guerra con los gringos¿ -Si, participe durante 6 años en la guerra de Vietnam; me retiré con el grado de teniente. -¿Y cómo es que usted, ahora anda en esto¿ Aquí se gana buen dinero, ¿no te parece suficiente razón¿ -De acuerdo, señor.

Cuarta parte

El General, jefe de la zona militar, durante aquella mañana estuvo recibiendo a cada uno de sus capitanes. En una gran mesa, tenía desplegado un mapa en el que se definía El triángulo dorado de la Sierra Madre Occidental, zona que comprende la parte montañosa de los Estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa.

-Capitán, esta es la zona que le corresponde explorar y vigilar, para destruir toda siembra de marihuana y amapola. Le entrego el mapa correspondiente; estúdielo con detenimiento, y si tiene alguna duda me la hace saber. No se permiten equivocaciones. Es zona muy peligrosa, y usted es el responsable de su batallón.  -Le queda claro. -Sí, mi General. –Buena suerte.

Gumersindo y El macho prieto, descendieron de sus cabalgaduras para descansar bajo una gran higuera, el lugar se sentía más fresco, debido a un arroyo con agua cristalina. El dolor que sintió el novel jinete, fue intenso, agudo, mas, no se quejó para no manifestarlo ante su compañero. Se estiró y empezó a caminar, sintiendo en cada paso intenso ardor y más dolor, pero no sé quejó. Amarró el caballo y la mula, igual como lo hiciera su compañero. Bajó el velis y sacó un jabón y una toalla. –¿Qué haces Gume¿. Me voy a dar un baño. –Espera un momento, primero vamos a comer algo, te hará daño bañarte con el cuerpo caliente. –Tienes razón compa. Comieron y dos horas después continuaron. Al día siguiente por la tarde, llegaron al Rancho Los Gavilanes. Fueron recibidos por don Heleno Elenes y varios de sus trabajadores.

-¿Cómo les fue¿ -Pues aquí estamos, don Heleno. Este es Gumersindo González. –Tanto gusto. El saludo del capataz fue parco, y un tanto frío; miró de arriba abajo al joven, y le espetó. –Se nota que tú no sabes de trabajo de campo. –Así es señor, no sé hacer nada, pero vengo dispuesto a ponerle ganas, y aprender. -Bien, bien. Ahora descansen, mañana empezaran en las tablas de arriba. Macho, te encargaras de él. –Descuide jefe. Ya hemos hablado al respecto, aprenderá pronto. –Ya veremos. Y agregó como advertencia: -Aquí los trabajos son duros: tumbar monte a pura hacha y machete, destroncar, barbechar, sembrar, cultivar, fertilizar y cosechar. Todos son una chinga pesada. –Pondré todo mi esfuerzo, señor. Dijo Gumersindo con decisión.

Al paso de los días, Gumersindo sorprendió al mismo don Heleno. Pronto alcanzó a cubrir sus tareas con sobrada celeridad. Lo mismo para uso del machete, el hacha y la pala. Aprendió a ensillar y atender todo lo relacionado con caballos, burros y mulas. Desde darles a beber agua, pastura y curarles sus heridas. Don Heleno, al darse cuenta del entusiasmo, y buen comedimiento de Gumersindo, estimó que debía aprovechar aquella enjundia y talento. Lo enseñó el manejo de las armas: puñal, pistola y automáticas R-12 y R-15.  Resultó ser hábil  y certero. Esto los identificó, y surgían las charlas.

-¿Entonces, usted fue soldado de guerra con los gringos¿ -Si, participe durante 6 años en la guerra de Vietnam; me retiré con el grado de teniente. -¿Y cómo es que usted, ahora anda en esto¿ Aquí se gana buen dinero, ¿no te parece suficiente razón¿ -De acuerdo, señor.

El acercamiento entre don Heleno y Gumersindo, dio pie para que algunos sintieran celos de aquella amistad, en especial El macho prieto, quien se sintió desplazado, debido a que Gumersindo con su preparación de contador, se hizo cargo de administrar el almacén.

Antes de despuntar el último día del mes de febrero. Un jinete entró a todo galope en Los Gavilanes, sus gritos despertaron a todos: ¡Los guachos! ¡Los guachos! ¡Patrón Elenes, patrón Elenes! ¡Llegaron los guachos! Don Heleno salió de su cabaña y al momento llegó hasta el agitado jinete. –Calma, calma, Espectación. Resollando, explicó: -Anoche llegaron, están en las tablas de abajo, y el capitán quiere hablar con usté. –Serénate, ve a tomar agua.  Gumersindo. –A la orden, señor. Que Prajedes, el Beto y tú, alisten sus monturas, revisen sus R-15 y nos vemos en diez minutos. –Señor, estoy listo. Dijo El macho prieto. Como reclamo para ser tomado en cuenta. –Te encargaras de ir a reclutar gente, vamos a tener que acelerar la recolección de goma. –De acuerdo, jefe. -Nos vemos hoy mismo a las cuatro; sin falta Macho. –Descuide jefe. -Si a esa hora no hemos regresado, recojan la goma y se pelan pa´ con La Chencha. -¿Entendido¿ -Entendido jefe.

Tres horas después. En un recodo del agreste monte, don Heleno ordenó parar. –Gume, aquí nos esperan, seguiremos Espectación y yo. En caso de que escuchen balazos, se devuelven a Los Gavilanes pa´ que huyan a resguardarse con La Chencha. – Entendido, señor.

-¡Alto! Fue la orden de un sargento al ver al par de jinetes que se acercaban al improvisado campamento militar. –¡Santo y seña! –¡Espectación  y Elenes! El soldado los llevó ante el Capitán. – Le he mandado llamar, señor Elenes, porque traigo este recado para usted. Don Heleno tomó un pequeño sobre, sacó un cartoncillo que decía: atiende las órdenes del Capitán. Víctor García. –Usted ordena Capitán. – Traigo ordenes de quemar, al menos dos tablas de amapola, y deben ser grandes. –Capitán, pudiera ser posible … – ¡No! Señor Elenes. ¡Las órdenes se cumplen! –Sí. Capitán. –Aunque podríamos hacer algo; don Víctor es un hombre generoso. Le voy a dar dos días para que recolecten lo que puedan, y usted, le informará al patrón García, de la consideración del Capitán Godines. – Seguro que sí, mi Capitán. Pero, sería posible que ampliara un día más. ¡No! Señor Elenes. – Yo también sé responder, Capitán. Al decirlo, Elenes sacó una pequeña bolsa de lona y la vació sobre la rústica mesa que tenía al frente el Capitán. Varios centenarios quedaron esparcidos y la mirada del militar se desmesuró. – Son veinte, mi Capitán, se los doy por ese día más. Rojo por la emoción el Capitán expresó: ¡Carajos, Elenes! Nos mete usted en un gran riesgo, pero a hombres como usted, no se les puede negar un favor. ¡Qué chingaos!

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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