Reflexiones

Alejandro Luna Ibarra

López Obrador y las sorpresas del 2024

En el 2024 no sólo va en juego el triunfo electoral, sino la existencia misma de esos partidos que ahora son oposición; ¿Surgirá una nueva convergencia política imprevista e impensada el 2024, que pueda ganar la presidencia de la república?

Decir que la realidad no existe, de “botepronto”, es sinónimo de locura. Sin embargo, si nos detenemos a pensar un poco, podemos aceptar que la realidad no es sólo el acontecer de los fenómenos naturales que podemos captar a través de los sentidos, sino también, las acciones y decisiones que tomamos, como individuos y como colectividad, que van definiendo el rumbo de las sociedades y de la humanidad, a partir de la representación que nos hacemos de los hechos y las relaciones humanas.

La realidad, entonces, no son los hechos en sí, sino las decisiones y las acciones de los hombres en un proceso de construcción social, inacabado y vertiginoso, en el que destacan la comunicación y la política como fuentes de transformación y donde las certezas son cada vez efímeras, pues cuando apenas estamos asimilando el producto de los cambios, equiparable a un “periodo de ciencia normal”, como diría Kuhn en Estructura de las Revoluciones Científicas, vienen nuevas rupturas y “todo lo sólido se desvanece en el aire”, en palabras de Marshall Berman.

En México, los otrora poderosos partidos PRI y PAN, enemigos históricos entre sí (descendencia liberales y conservadores), se aliaron de hecho bajo una plataforma neoliberal en el control del gobierno a partir de las década de los 90s del siglo pasado, y más aún, exhibieron abiertamente la comunión que negaban, en el proceso electoral del 2018, aliándose contra las expresiones populares mayoritarias de los mexicanos, por lo que hoy no tienen nada que hacer, ni juntos ni separados, frente a Morena en las elecciones presidenciales del 2024.

Sin embargo, en el 2024 no sólo va en juego el triunfo electoral, sino la existencia misma de esos partidos que ahora son oposición y cuyo futuro dependerá de las decisiones que tome Morena en la postulación de su candidatura presidencial. Cuando parecía que Morena se erigiría en el nuevo partido hegemónico del siglo XXI, similar a lo que fue el PRI en el siglo XX, y que ellos, PRI y PAN seguirían siendo oposición, la sombra de la división de cierne sobre el partido en el poder vaticinando nuevas configuraciones políticas.

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CON MORENA UNIDO, SE MANTIENE LA OPOSICIÓN

No hay duda de que Morena ganaría las elecciones del 2024 si esta organización se mantiene unida y los principales aspirantes salen juntos a la elección presidencial. La previsión se antoja lógica. No obstante, esta vez hay diferencias significativas en relación con el 2018 que podrían cambiar el rumbo de esta previsión y no propiamente por obra de los partidos de oposición PRI y PAN, sino, al contrario, por su eventual desaparición.

Morena fue un movimiento que se constituyó como partido en torno a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Es decir, se creó para llevarlo a la presidencia, por su liderazgo único, pero no es un partido maduro ni consolidado que pueda llevar al triunfo a cualquiera por su puro emblema. Desde su propio proceso de creación como una amalgama de expresiones populares convergentes, fue tan incluyente para ganar en el 2018 que hoy, a cuatro años del triunfo y desde el poder del gobierno federal y de la mayoría de los estados, enfrenta serios problemas para su consolidación, que parece vivir anticipadamente la negación de la negación (tercera ley de la dialéctica materialista) y particularmente la primera “Ley de la unidad y lucha de contrarios” que la podría dejar fuera del poder antes de su consolidación.

CLAUDIA, REPRESENTA FIELMENTE A AMLO

En la percepción social y en las bases morenistas priva la idea de que Claudia Sheinbaum es la aspirante favorita del presidente Andrés Manuel López Obrador y que ésta representa la continuidad plena de su proyecto político de la 4T que se ha significado por privilegiar a las clases más desprotegidas sintentizada en la frase “primero los pobres” y su confrontación abierta con los sectores más conservadores y beneficiarios de los gobiernos de las últimas cuatro décadas que podrían resumirse en la frase “primero los ricos”.

Claudia es la que representa más fielmente la política del presidente López Obrador y al mismo tiempo la que más ha tenido que enfrentar los embates de la oposición, concentrada mayoritariamente en la ciudad de México, donde perdió la mitad de las curules de su congreso en las elecciones del 2021 a manos de la oposición.

La gran mayoría de los mexicanos apoya al gobierno del presidente López Obrador y si Claudia es la que mejor representa el proyecto político de AMLO, sería la candidata natural a sucederlo con la proyección de extenderlo un sexenio más, con la aceptación y reconocimiento de las mayorías de que ha sido el mejor gobierno de décadas, pues apoyar a López Obrador sería apoyar a Claudia.

MARCELO: ¿DISCIPLINA, DISIDENCIA O RUPTURA?

Marcelo Ebrard, por su parte, es uno de los hombres más importantes del gobierno del presidente López Obrador, destacando por su desempeño en las relaciones internacionales y particularmente con los Estados Unidos, la negociación del TMEC y su intervención en los asuntos migratorios y la regulación del tránsito de centroamericanos hacia el país del norte, así como la gestión de vacunas contra el Covid 19.

Si bien Ebrard continuaría con todo el trabajo que ha realizado en este gobierno y otras estrategias como el combate a la corrupción, muy probablemente impondría matices importantes en la distinción de este sexenio de “primero los pobres” incluyendo a un amplio sector de las clases medias que hoy se siente excluido y seguramente matizaría su discurso frente al sector empresarial conservador, pues aunque proviene de gobiernos que se consideran de izquierda, también participó en gobiernos priístas –vinculados al neoliberalismo—, con cuyos cuadros mantiene buena relación, por lo que muy probablemente impulsaría un discurso de conciliación nacional.

Marcelo está en una competencia fuerte de imagen con la jefa del gobierno de la ciudad de México, considerada la favorita del presidente, a quien el mandatario buscaría transferirle su popularidad, lo que le daría cierta ventaja a Sheinbaum, sin embargo, aspira a que la encuesta para elegir candidato presidencial de Morena le favorezca de manera tan contundente que el presidente tenga que aceptarlo como su candidato y ha dejado entrever que su participación va en serio, pues hay ya al menos cinco organizaciones nacionales para promover sus aspiraciones, entre las que destacan Movimiento Progresista, Diálogos Progresistas, incluso, Morena Progresista. Sabe que las encuestas se pueden manipular pero tendrá que esperar a ver el resultado (y el proceso de consulta) para decidir si participa o no en la elección si la consulta no le favorece.

ESCENARIOS POSIBLES

Ante esta situación, un primer escenario podría ser que Claudia y Marcelo se pongan de acuerdo, ambos acepten los resultados de la encuesta y el que no gane la candidatura apoye al ganador. La oposición PRI, PAN y PRD seguiría, como hasta hoy, conservando el nicho conservador que ha defendido y con cerca del 30% de las curules en el congreso.

Si Claudia y Marcelo no se ponen de acuerdo, es electa Claudia y Marcelo no reconoce la validez del proceso, éste podría encabezar una escisión de Morena buscando estar en las boletas por otro partido, como Movimiento Ciudadano y convocar a toda la inconformidad morenista y no morenista para su causa.

En este supuesto, Claudia seguiría teniendo la mayoría del voto Morenista con el apoyo del presidente, por lo que Marcelo tendría que recurrir a fuerzas externas. Además de la estructura del partido que lo postule, tendría que buscar alianzas con las fuerzas de la oposición, pero tratando de no arrastrar las siglas de esos partidos para no cargar su desprestigio.

Es decir, en el supuesto de una eventual división protagonizada por Marcelo, en que sus seguidores morenistas no sean suficientes para ganar una elección –el presidente seguiría teniendo mucho peso en la elección—, Ebrard tendría que recurrir a una alianza con fuerzas externas a Morena, algunas de ellas alojadas hoy en los nichos electorales del PRI, el PAN y PRD pero no necesariamente con los partidos.

En esta última hipótesis, Marcelo tendría que convocar a los priístas, panistas y perredistas pero sin el PRI, sin el PAN y sin el PRD, lo que –en caso de que funcionara— condenaría a esos partidos a su extinción, o a dejarlos en el mero carcaj, pero también al surgimiento de una nueva convergencia de expresiones sociales y políticas, incluso, económicas, predominantemente de centro izquierda, como en su momento lo fue Morena, en tanto que éste último partido tendría que seguir esforzándose por madurar para mantener un espacio en el electorado o dar paso a organizaciones políticas más abiertas, dinámicas y democráticas.

¿Surgirá una nueva convergencia política imprevista e impensada el 2024, que pueda ganar la presidencia de la república?

Las decisiones que tomen el presidente López Obrador y el canciller Marcelo Ebrard en torno a la elección presidencial podrían dar la pauta para un nuevo movimiento político emergente que de paso a la construcción de una nueva realidad política nacional.

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En conclusión, tiene sentido que la realidad no existe, sino que se construye interminablemente con las acciones y decisiones de los individuos y las comunidades –a partir de sus representaciones mentales, deseos y voluntades—, frente a los imponderables de la naturaleza y la sociedad. Las emociones impulsan los cambios y los pensamientos les dan rumbo, pero “todo lo sólido se desvanece en el aire” y en palabras de Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”. El 2024 podría darnos importantes sorpresas.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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