Reflexiones

Jorge Ibarra

Los jóvenes no quieren trabajar

No es que no quieran trabajar, o que no quieran tener hijos. Es que las condiciones simplemente no se los permiten

Lo que faltaba, los jóvenes no quieren trabajar… y tampoco tener hijos. Todo parece indicar que nos encontramos en uno de esos momentos de la historia, en donde una generación ya no está dispuesta a seguir el camino que trazaron sus antecesores inmediatos.

Se ha creado todo un debate al respecto. Y a pesar de la complejidad del asunto, los medios han estado replicando de una manera muy trivial la nota sobre los miles de puestos vacantes que supuestamente existen en diversos sectores de la economía en Sinaloa. Como si se tratara de empleos calificados con altas remuneraciones.

Al parecer es muy difícil entender por qué los jóvenes no quieren un trabajo de 9 a 6 de la tarde, a cambio de un salario de 6 mil 500 pesos al mes, sin prestaciones, con jornadas extendidas, un día de descanso a la semana, y solo 7 de vacaciones al año. Por eso mejor le apuestan a ser influencers.  

Pero no es solo la renuencia a aceptar ocupaciones precarias que desgastan el espíritu y la creatividad humana. El reclamo va más allá.

Los jóvenes ya no comparten las metas, ni los valores de una sociedad que les parece obsoleta.   

Estos actos generales de rebeldía suelen ocurrir por lo menos una vez cada 50 años. Son hitos que se caracterizan por un rechazo a los valores culturales dominantes de la época, y suceden por un agotamiento del modelo de acumulación, es decir, por una falta de correspondencia entre las oportunidades económicas que ofrece el sistema, en relación con las expectativas de vida de quienes participan en la sociedad.

Dicho de otro modo, el tipo de empleo y el nivel de ingresos actualmente disponibles en la economía formal para la mayoría de la población joven con educación profesional, ya no es suficiente para costear las aspiraciones que la misma sociedad ha puesto como deseables (auto, casa, familia, viajes, ropa, ocio).

Un estudio reciente de UBS Global muestra cómo incluso el ingreso de una persona que trabaja en el sector de los servicios especializados, resulta insuficiente para cubrir la hipoteca de un departamento de 60 metros cuadrados, y que, por ejemplo, en la ciudad de México, un profesionista tardaría hasta 16 años en pagar un inmueble de esas características, aun si destinara todo su sueldo para ese propósito. 

Es la representación de la teoría de la tensión social, en la que autores como Emile Durkheim o Robert Merton explican la aparición de actos desviados que amenazan la cohesión grupal y las reglas del juego, debido a contextos en los que las normas son percibidas como obsoletas y ya no representan una orientación clara para el desarrollo del individuo.

Esto no es necesariamente malo. Simplemente nos habla de la capacidad que tiene la sociedad de desprenderse de patrones e instituciones desfasadas para comenzar una búsqueda de nuevos arquetipos de reemplazo. Esto se puede resolver de dos formas, una es estableciendo nuevas metas sociales, mientras que la otra es descubriendo nuevos caminos para llegar a donde mismo.

La revolución cultural de los años sesenta y setenta marcó el paradigma de civilización que ahora se encuentra en crisis. Fueron los Boomers nacidos en la posguerra quienes la moldearon, mientras que la Generación X y los Millenials se dedicaron a perfeccionarla. Su ideal máximo fue la libertad. Y con esa meta enfrente se dispusieron a romper la rigidez de las principales instituciones que limitaban la expresión individual.

Si en algo fueron transgresores, fue en posicionar nuevos referentes de lucha más allá de ideales de distribución de la riqueza. Por eso los movimientos más importantes en el último cuarto del siglo XX fueron los relacionados con la identidad y la sexualidad.

La gran paradoja con ese grupo intergeneracional es que, en su comprensible búsqueda por ensanchar la libertad, estuvieron dispuestos a sacrificar los mecanismos de soporte que hacen posible la seguridad y el bienestar colectivo, como lo fueron las organizaciones sindicales y el espacio público.

Lo más trágico fue que la ansiada individualidad terminó siendo encapsulada en una simple libertad mercantilizada. Al final terminamos más pobres de como empezamos, solo que ahora también esclavizados en un frenético estilo de vida de consumo con el que pretendemos llenar el vacío existencial que produjo el desarraigo.

Es lo que expone Byung Chul Han cuando dice que ahora la gente se explota a sí misma y piensa que se está realizando. Porque te conviertes en tu propio verdugo cuando trabajas en un empleo que no te permite trascender, pero te conformas con una vida artificial tras una pantalla llena de aplicaciones, mientras colapsas por el estrés, la ansiedad, la depresión y la soledad.

Tomando en cuenta esas expectativas de vida, me parece bien que los jóvenes comiencen a replantear el camino. No es que no quieran trabajar, o que no quieran tener hijos. Es que las condiciones simplemente no se los permiten. Los costos de formar una familia bajo los estándares que tuvo una generación anterior, se han vuelto descaradamente absurdos.

Ante esta situación es entendible que los valores que soportaban el liberalismo postindustrial ahora no signifiquen nada y terminen por colapsar. La buena noticia es que al mismo tiempo se abre la oportunidad de un nuevo futuro, quizá más justo, o talvez más distópico. No lo sabemos aún.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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