Reflexiones

Jorge Ibarra

Mazatlán, un puerto turístico financiado con el dinero del narco y la complicidad de autoridades corruptas

Existen algunas pistas que sugieren que el lavado de dinero en el puerto es una práctica más común de lo que las autoridades están dispuestas a reconocer

La hipótesis de la especulación inmobiliaria es insuficiente para comprender el súbito desarrollo que experimenta Mazatlán, en donde grandes torres emergen de la tierra y los escombros de casas demolidas, como hierba mala en época de lluvia.

Esta dinámica de aparente desarrollo no pudiera entenderse sin la complacencia de la autoridad para que el dinero ilícito enriquezca las inversiones inmobiliarias, y a su vez el dinero público, el que proviene de los impuestos de todos los ciudadanos, fluya hacia empresas creadas ad hoc para beneficiarse de los proyectos de renovación urbana, que a su vez aumenta la plusvalía de las nuevas edificaciones. 

Pero comencemos desde el principio. La especulación inmobiliaria hace referencia a la compra y venta de terrenos y bienes inmuebles, con la intensión de sacar un provecho económico a mediano plazo. Es una práctica muy criticada porque degrada el sentido del habitar como un derecho humano, y transforma la vivienda en una mercancía sujeta a las variaciones de la oferta y la demanda.

El negocio inmobiliario a gran escala ha sido posible por la desregulación del uso del suelo, y por un cambio en las políticas de vivienda. Con esto nos referimos a que son las empresas, y no la autoridad gubernamental, quienes deciden dónde se construye, qué se construye  y a qué costo. 

Este modelo desregulado desplazó por completo a los intentos infructuosos por planificar las ciudades, teniendo como meta que la población tuviera un acceso más o menos igualitario a condiciones dignas de vivienda. 

El resultado puede verse reflejado en la actual configuración física de las ciudades. Lo que tenemos ahora son metrópolis segmentadas conforme al provecho que los desarrolladores inmobiliarios le pueden sacar a cada espacio del entorno urbano.

Actualmente en el puerto de Mazatlán se construyen 135 torres de condominios que en su mayoría serán utilizadas, no como vivienda regular, sino como inversiones a largo plazo o como departamentos para renta vacacional.

Pero la especulación urbana no funciona de manera autónoma. Antes debe haber inversionistas que tengan la suficiente liquidez como para apostar en un negocio que no ofrece dividendos inmediatos. 

Algunas edificaciones tienen detrás inversiones multimillonarias, como es el caso de la nueva torre Stelarhe, un proyecto con un valor de 86 millones de Dólares. ¿De dónde sale todo el dinero? 

En un escenario común, la diversificación en las inversiones de una localidad fluyen desde una actividad económica consolidada, hacia una emergente con un futuro más prometedor. Así fue financiado el complejo turístico del El Cid en Mazatlán en la década de los años setentas, cuando el empresario Julio Berdegué decidió trasladar su capital desde la industria pesquera hacia la hotelería.

Pero esto no ocurre actualmente, y si no es así, qué otra actividad en la región puede estar financiando el crecimiento de la ciudad, sobre todo en un momento en que la inflación ha puesto el precio de los materiales de construcción por las nubes. 

Según datos del INEGI, en México el precio del acero, la varilla y las láminas aumentaron en promedio un 49 por ciento solo durante la primera mitad del 2022, seguramente como consecuencia de las trabas en las cadenas de suministros por la pandemia y los conflictos bélicos. Sin embargo esto no ha sido impedimento para que continue el boom inmobiliario en Mazatlán.   

Sinaloa es un caso atípico. Su desempeño económico no corresponde con el nivel de las inversiones inmobiliarias. Al revisar los indicadores, nos encontraremos con un aparato productivo que raya en la mediocridad. Esto se ve reflejado en el escaso número de empresas conectadas con el mercado global, la precariedad del empleo, y una alta concentración de actividades relacionadas al sector de los servicios, particularmente en el comercio al por menor y la elaboración de alimentos para abastecer las necesidades meramente domésticas.

En ocasiones el financiamiento suele venir de portafolios internacionales, sin embargo, este tipo de capitales no suelen parar en localidades medianas, periféricas y escasamente competitivas como Mazatlán, sino que se dirigen a las grandes metrópolis globales, que ofrecen a los inversionistas un alto grado de confianza.

Así que nuevamente nos preguntamos, de dónde sale el dinero que financia el desarrollo inmobiliario del puerto de Mazatlán. 

Investigaciones recientes han dado a conocer que los cárteles mexicanos, especialmente el de Sinaloa y el de Jalisco, se han consolidado como los principales suministradores de fentanilo en Estados Unidos, y que incluso ahora están presentes en el mercado de drogas sintéticas de Europa. Derivado de estas actividades, algunas estimaciones suponen que los grupos criminales podrían estar ganando entre 19 mil y 29 millones de dólares al año. 

El lavado de dinero en las bienes raíces es un negocio que siempre ha estado vinculado con el trafico de drogas. En Culiacán, centro de operaciones del Cartel de Sinaloa, la mejor forma de blanquear recursos de procedencia ilícita es mediante la construcción de plazas comerciales, ya que el consumo oneroso que se practica en la ciudad ayuda a que el dinero tenga una circulación más acelerada y así sea más difícil de rastrear.

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Pero las crecientes ganancias del crimen organizado requieren nichos donde el capital circule con un dinamismo cada vez mayor. En Culiacán los desarrollos inmobiliarios a gran escala no son una opción. Hace años se construyeron dos rascacielos frente a un centro comercial sobre el nuevo malecón, y en todo este tiempo solo se han ocupado algunos locales de la planta baja que son utilizados como restaurantes. Es por eso que, contrario a Culiacán, la economía turística de Mazatlán ofrece las condiciones idóneas para que el dinero del narco pueda hacerse pasar como inversiones licitas. 

Resulta imposible desde el periodismo o la academia saber con exactitud el verdadero impacto del financiamiento ilegal sobre el desarrollo inmobiliario de Mazatlán. Sin embargo existen algunas pistas que sugieren que el lavado de dinero en el puerto es una práctica más común de lo que las autoridades están dispuestas a reconocer. Seguramente porque es un negocio en el que ellos mismos están enteramente coludidos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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