Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

México, un país de sobrepeso y recetas milagrosas

Ante un panorama en el cual la falta de cuidado por nuestra salud se mezclaba con el rechazo a la asistencia profesional y la falta de regulaciones claras al respecto, nos convertimos en el paraíso de los llamados “productos milagro”, conocidos por ser “soluciones mágicas” para diversos padecimientos entre los que constantemente se enlistaba la obesidad y el sobrepeso.

Los hábitos sedentarios, la poca regulación de facto a los productos de comida chatarra y la falta de rutinas sanas en nuestro país nos ha llevado a una terrible realidad en la cual se estima que 7 de cada 10 mexicanos mayores de edad padece de sobrepeso y obesidad, al tiempo que 3 de cada 10 niños se encuentran por encima de su rango de peso considerado óptimo. No es de extrañarnos: ¡en 2019 ocupamos el vergonzoso primer lugar en el mundo por consumo de refrescos con 163 litros anuales por persona!

En consecuencia, no es coincidencia que las tres principales causas de muerte a nivel nacional, de acuerdo con el INEGI, son enfermedades del corazón, COVID-19 y diabetes, dos de las cuales se encuentran estrechamente relacionadas con el exceso de peso mientras que la gravedad de la tercera y su mortalidad, el infame covid, suele asociarse con el estado de salud física de los pacientes.

La epidemia de sobrepeso, a pesar de las alertas a nivel federal e internacional, no se ha detenido en México. Al contrario, solo empeora afectando la calidad de vida de la población y costando anualmente un aproximado de 200 millones de dólares en salud pública por las enfermedades crónicas y degenerativas asociadas. Adicionalmente, las enfermedades mentales suelen hacerse presentes en estos grupos de población, pues más de la mitad de las personas con obesidad en México padece depresión en algún grado. La situación es grave y, sin embargo, más de la mitad de los mexicanos no realizan ningún tipo de ejercicio ni actividad física.

El problema no es solo el sedentarismo, sino nuestra tendencia a buscar salidas fáciles ante un problema que, en la mayoría de los casos, requiere de una combinación de hábitos saludables de alimentación, ejercicio y descanso. Contamos con profesionales que pueden ayudarnos a solucionar la situación, como el caso de los nutriólogos, especialistas en alimentación saludable que en nuestro país escasean con una tasa de prácticamente 2.4 por cada mil habitantes, sin un gran incentivo a aumentar en una cultura donde pagar por alcohol cada fin de semana no se considera un exceso, pero sí invertir en consultas de calidad para nuestra salud.

Ante un panorama en el cual la falta de cuidado por nuestra salud se mezclaba con el rechazo a la asistencia profesional y la falta de regulaciones claras al respecto, nos convertimos en el paraíso de los llamados “productos milagro”, conocidos por ser “soluciones mágicas” para diversos padecimientos entre los que constantemente se enlistaba la obesidad y el sobrepeso. Ya fueran pastillas de pérdida de peso instantánea sin necesidad de dietas y rutinas de ejercicio, alimentos líquidos para sustituir la ingesta de alimentos físicos o aparatos de ejercicio que prometían resultados con cinco minutos de uso, el mexicano recurría a ellos sin saber que, en la mayor parte de los casos, solo ponía en riesgo su salud esperando resultados inalcanzables.

 Por ello, en 2012 se firmó el decreto que modificaba la Ley General de Salud en materia de publicidad, lo cual fue acompañado en 2014 por refuerzos a las medidas del reglamento y un incremento en las multas. Para algunos, esto derivó en un triunfo sobre este mercado gracias a la suspensión de anuncios publicitarios y la venta de suplementos alimenticios que prometían lo imposible al tiempo que envenenaban, a veces literalmente, el organismo de los que cayeran en el fraude con la esperanza de resolver sus problemas con el mínimo esfuerzo posible.

No obstante, para otros, este mercado simplemente cambió de táctica con la digitalización y el surgimiento de influencers que, sin un solo estudio para respaldar sus afirmaciones, comenzaron a proveer recetas, soluciones e, incluso, tratamientos a sus seguidores. Una vez más, millones de mexicanos optaron por consumir este contenido en lugar de recurrir a profesionales calificados.

El resultado ha sido poco favorecedor, pues tenemos generaciones que buscan la solución a sus problemas revisando las redes sociales de estas personas que se hacen llamar especialistas y avientan consejos a diestra y siniestra desde un total desconocimiento del tema. Yendo un poco más allá, estos personajes influyentes llegan a utilizar su alcance digital y sus recursos para producir proteínas, cremas y todo tipo de soluciones que, tras un análisis a detalle, pueden ser, desde algo tan simple como no ser lo que prometen, hasta inapropiados y peligrosos para la salud, sobre todo de consumirse discrecionalmente sin el acompañamiento de un profesional.

En un país tan necesitado de medidas reales para mejorar su salud e incrementar la calidad de vida, debemos darle el merecido reconocimiento a aquellos que han dedicado su vida profesional a prepararse para ayudar, con fundamentos reales, a las personas y dejar de consumir tanto contenido sin el respaldo adecuado que solo nos confunden y alejan de nuestras metas.

La responsabilidad es de todos, pues hablamos de foros donde impera la libertad de expresión, aunque eso no exime de la responsabilidad de producir, consumir y compartir información verificada que, lejos de dañar a otros, nos ayude a construir un México mejor, comenzando con nuestra calidad de vida en el día a día.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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