Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Mi encuentro con Lupita, la novia de Culiacán

¡Salga señor obispo! –¡Salga, salga ahora mismo! -¡Griten conmigo: -¡Queremos salvación! -¡Queremos salvación!

En la década de los cincuentas, yo era un chavalío de diez años, con la inquietud propia de la edad, todo quería conocer y saber, quizás por eso, cuando la vi aquella primera vez, vestida de novia caminando por la avenida Álvaro Obregón; la seguí, iba con paso firme caminaba mirando a través de sus gafas oscuras, como quien sabe a dónde va, y a qué va. A lo lejos miré que subió los escalones de la entrada principal de la catedral.

Yo seguí hacía el mercado Garmendia, compré los comestible que me había encargado doña Monchi; al salir entré a la Bonetería del Pacífico por la avenida Juan Carrasco. Para mi sorpresa, allí estaba ella; revisaba con el rigor del que sabe: pasamanerías, hilos, estambres, agujas, dedales. Mientras yo, discreto la observaba. Era de estatura media, delgada, de tez blanca maquillada con mucho polvo; labios de rosa suave y en el contorno de sus ojos, un delicado azul. En un instante volteó hacia mí, y creo verle una ligera sonrisa. Sus ojos eran color miel. Su voz era pausada y definida, quiero decir, sin titubeos que no alteraban su finura facial. Todo su ajuar era albeo, desde los pies a la cabeza, resaltaba en su pecho un gran crucifijo pendiente de una gruesa cadena de plata; su vestido, a juzgar por su caída, era de seda, ajustaba con suavidad su cintura con  un cordel finamente bordado; sus zapatos de tapitas, apenas sí permitían ver que sus medias también eran blancas. Lucía un peinado hacia atrás, que terminaba con un arreglo sostenido hábilmente con una peineta con cristalinos.

Solicitó la cuenta y de su pequeña bolsa, por su puesto blanca, sacó un monedero de color gris suave y pagó; mientras le empacaban y daban el vuelto, sacó un espejito, se miró y luego extrajo un pañuelo, se secó un imaginario sudor, y con una pequeña brocha de suave pelo, con delicadeza se tocó la barbilla. Recogió todo, se despidió de la empleada y salió.

Al llegar a casa, le conté a doña Monchi de mi experiencia de aquella mujer, que me parecía una visión extraña. –Madre. ¿Esa señora está loca?

-Por qué esa pregunta. – Pues porque anda vestida de novia por las calles. –No mijo, esa señora es Lupita Leyva, se dedica a bordar manteles y pañuelos, y también hace zurcidos invisibles; es muy curiosa. –Me imaginé que se había vuelto loca porque el novio la había dejado plantada en la iglesia. –Muchas gentes, igual que tú, han imaginado cosas. Algunas dicen que le mataron al novio por despecho, y de lo más exagerado, dicen, que una envidiosa le dio un brebaje para volverla loca; también por celos. Pero nada de eso es cierto. -¿Pero por qué anda vestida de novia? –Es que ella trabajó en la tienda de las Rojo, esa que está por la calle Hidalgo, entre Rubí y Morelos, era ayudanta en todo: acomodar, las telas, y la ropa en aparadores, entre ellos, los vestidos. Ella  se alegraba con los vestidos de novia, por eso le daban como regalo de navidad uno de esos vestidos. Yo creo que viste de así, para ver si pesca marido.

Doña Monchi, sonrió con una pícara mueca; y yo me quedé en otro mundo.

 Días más tarde, me llamó la atención un tumulto a la entrada de catedral; la atracción era Lupita. Parada ante la gran puerta del santo recinto; arengaba: -¡Aquí, en la casa de Dios! ¡Está el señor obispo; sé que él me escucha! -¡Deben saber, que desde hace tiempo, él me prometió llevarme a Roma para pedirle al Santo Padre, que nos devuelva El tesoro de la divina gracia! -¡Yo, tú, tú, todos! –Apuntó señalando a los feligreses. -¡Necesitamos rescatar los tesoros de la divina gracia! -¡Esos tesoros son nuestra salvación, nuestros valores! -¡Sólo esos tesoros, nos salvarán del demonio! -¡Sí! -¡El demonio que anda suelto en Culiacán! -¡Salga señor obispo! –¡Salga, salga ahora mismo! -¡Griten conmigo: -¡Queremos salvación! -¡Queremos salvación! –La gente hizo caso, y creció la contundencia del estribillo.

De pronto. La pesada puerta de la iglesia cerró de golpe, y la gente alzó más la voz.

La presencia de una veintena de policías hizo dispersar al gentío; yo fui uno de los primeros que corrió porque entre los guardianes, iba Pedro el malo, un policía que gustaba de cuerear niños pinteros.  Con el tiempo comprendí, que en Lupita había una gran líder. Eso la convirtió en un icono de nuestra ciudad: La novia de Culiacán. Ha sido honrada por escritores que han narrado sus historias, la más, imaginarias, pero también ha sido inspiración de poetas y bohemios; le han dado un lugar más justo a su enigmática y por demás romántica figura.

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