Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Misión imposible: comprar una vivienda

La vivienda ha vuelto un negocio que ha olvidado el bienestar humano. De hecho, cada vez nos alcanza para menos, y no hemos visto un incremento en los salarios que vaya a la par con el de los precios de un terreno, casa o departamento.

Los avances de la ciencia y la tecnología han alargado significativamente la esperanza de vida, con lo que hemos logrado reducir la mortalidad en gran medida. Padecimientos que antaño eran una sentencia segura de muerte, hoy se resuelven con una simple visita a una farmacia. Nos encontramos en un momento histórico donde nacen más personas de las que mueren, de tal forma que ahora somos casi 8 billones de seres humanos en el mundo y el promedio de edad ha aumentado. Además de los retos obvios, el crecimiento de la humanidad y la realidad del planeta nos llevan a analizar sobre las necesidades de vivienda y servicios que enfrentamos ahora… y aquellos que nos depara el futuro.

Para contextualizar, en 1950, la edad media de la población era menor a los 24 años. En 2005, esta cifra pasó a 28 años y actualmente se estima alrededor de los 31. La población envejece, vive más y se concentra en más del 55% en ciudades, mientras que el resto vive en entornos rurales. Hacia 2050, se espera que la población urbana se duplique y se encuentren 7 de cada 10 personas en las urbes. A pesar de que la concentración en las ciudades se debe a la búsqueda constante de oportunidades y mejor calidad de vida, lo cierto es que la vida urbana no conlleva ninguna garantía. Sí, se tiene mayor acceso a bienes y servicios, pero ¿qué hay del acceso a espacios dignos de vivienda para todos?

De acuerdo con el informe de Derecho a la Vivienda 2018 del CONEVAL, al menos el 45% de las viviendas en el país no se consideran dignas, usualmente por motivos de carencia económica, pues no cuentan con espacios y materiales óptimos para el bienestar y el desarrollo humano. Si bien esa situación se asocia en mayor medida a los entornos rurales, las ciudades no son la excepción. No solo eso, vivir en una ciudad en la actualidad conlleva un enorme costo para aquellos que no contamos con una vivienda propia ni los medios para comprar o construir una; es decir, la mitad de la población mexicana, especialmente las generaciones más jóvenes: el pago de renta.

Mucho se ha estipulado que los millenials y las generaciones de menor edad no estamos interesados en adquirir una vivienda y que preferimos gastar en viajes y estudios que en generar un patrimonio propio. La triste verdad es que, aunque quisiéramos comprar una propiedad, esto se perfila como un sueño muy lejano para la mayoría. Esto se debe a que el sector inmobiliario se ha disparado en los años recientes a un ritmo mucho más acelerado que lo que ha hecho nuestra capacidad adquisitiva, aunado a que aproximadamente el 56% de la población adulta trabaja en la informalidad, sin prestaciones que le permitan adquirir un crédito apropiado. La vivienda ha vuelto un negocio que ha olvidado el bienestar humano. De hecho, cada vez nos alcanza para menos, y no hemos visto un incremento en los salarios que vaya a la par con el de los precios de un terreno, casa o departamento. Tan solo en la Ciudad de México, según la consultora Softec, el precio promedio de un departamento nuevo pasó de un millón de pesos a 3.5 millones en menos de una década.

Al no contar con un lugar para vivir propio, se recurre a rentar una propiedad. Situación que se caracteriza por ser complicada por todos los filtros que debe pasar un potencial inquilino, además de los posibles abusos o fraudes a los que se exponen constantemente. Ahora bien, para vivir en una ciudad, se enfrenta una disyuntiva: pagar una renta más cara para estar en zonas céntricas, o pagar algo más barato en la periferia y enfrentar al tráfico y la inseguridad asociada. Por ello, no es sorprendente que los jóvenes gastemos hasta el 50% de nuestro salario para la renta, reduciendo las posibilidades de ahorrar o invertir a futuro.

Lo que sucedió al mercado inmobiliario en la pandemia refuerza esto: en el momento en que distintos sectores poblacionales obtuvieron la posibilidad de hacer trabajo remoto, se desocuparon miles de viviendas en renta al tiempo que las personas optaban por lugares más accesibles aprovechando que no tendrían que desplazarse. No obstante, en el retorno a la normalidad a la que seguimos aferrándonos, se nuevo comienza la búsqueda de hogares y con ello, un aumento en el gasto de las personas que ahora conforman el grueso de la población económicamente activa: los millenials.

No todo está perdido. En el mundo se observan tendencias que podrían ayudarnos a sobrellevar esta situación. Por un lado, está la transición a microentornos en los cuales la planeación urbana permita trabajar, estudiar, consumir y vivir en un radio de 15 minutos de distancia en bicicleta o caminando, conocido como crono-urbanismo. Esta solución promete no solo aumentar la calidad de vida, sino vivir de manera más sustentable y amigable con el golpeado medio ambiente. Por otro lado, el apoyo gubernamental es una gran alternativa, así como la rehabilitación de viviendas abandonadas que, de acuerdo con el INEGI, se contabilizan en 6.1 millones, suficientes para ayudar a reubicar a familias enteras.

Se trata de reinventarnos, de observar la crisis en puerta sin minimizarla ni exagerarla, y redirigir el rumbo hacia un futuro que queremos y añoramos, en el cual el desarrollo humano y el bienestar sean el centro de la planeación y no el enriquecimiento de unos cuantos a costa de muchos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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