Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Nuestra vulnerable línea de defensa ante el Covid-19

El resultado de décadas de abandono del sector salud ha tenido un escalofriante resultado: nuestra primera línea de defensa ante el COVID-19 se encuentra vulnerable y desamparada.

Cuando un país se ve inmerso en una guerra, lo primero que se revisa es la disposición de recursos humanos y materiales para enfrentarla: ¿cuántos soldados hay? ¿de qué especialidades? ¿se cuenta con suficiente armamento? ¿se cuenta con equipo de defensa? El mundo se preparó en este sentido, creyendo que la mayor amenaza para la vida humana éramos nosotros mismos.

Durante décadas, la causa más factible de una extinción masiva de la especie humana era la guerra: una catástrofe nuclear que llevaría a la pérdida de millones de vidas humanas. Por ello, las grandes potencias dedicaron enormes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo para estar preparados ante este posible escenario.

Sin embargo, entre tanta carrera armamentista y tecnológica, parece que descuidamos la preparación para hacer frente a otro tipo de amenazas cuyas causas escaparan de nuestras manos, como una posible pandemia, a pesar de las advertencias y llamados constantes del sector salud a lo largo del mundo sobre la insuficiencia de recursos e infraestructura ante un escenario tal.

Ahora, nos enfrentamos a uno de los mayores retos para la humanidad en los últimos años: un virus altamente contagioso que ha puesto en jaque a los sistemas de salud de decenas de países, obligando a ciudades enteras a replegarse en sus hogares para evitar que el contagio supere la endeble estructura sanitaria.

La guerra mundial que enfrentamos en 2020 es contra el COVID-19. Nuestro país ya se ha involucrado en esta batalla, transformando nuestra vida cotidiana. No obstante, poco se ha preguntado sobre nuestros soldados y armamento contra este enemigo: los médicos y la infraestructura del sistema de salud.

De acuerdo con las recomendaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, un país debe tener, al menos, tres médicos generales por cada mil habitantes. De hecho, el promedio de los países pertenecientes a esta organización se encuentra en 3.4 médicos por cada mil habitantes.  Según cifras del INEGI, en México contamos con 2.4 médicos por mil cada habitantes, denotando un déficit de médicos para alcanzar el mínimo necesario que asegure un adecuado mantenimiento de la salud de los mexicanos.

A pesar de que la carrera de medicina se posiciona, de acuerdo con un estudio de OCC Mundial elaborado a inicios de este año, como la mejor pagada en México, no todos los profesionales de este sector tienen acceso a condiciones laborales mínimas. Además del mínimo de seis años de preparación, que puede alargarse si se estudia una especialidad, los profesionales médicos cuentan con grandes obstáculos en su carrera. Uno de ellos es el servicio social obligatorio, que para algunos supone un enorme riesgo para su vida y su integridad física si este se les asigna en zonas rurales altamente marginadas donde predomina la inseguridad y el desconocimiento. Más de un joven médico con potencial ha sido asesinado, secuestrado o violado en las plazas conocidas como de “tipo C”.

Constantemente, los miembros del sector salud han manifestado a los gobernantes sus carencias, sus horarios extremadamente forzados y su falta de insumos suficientes, con poca respuesta. Ante la pandemia, se posicionan como la primera línea de defensa, combatiendo incansablemente al virus para evitar que acabe con más vidas, poniendo en riesgo su salud y la de sus familias para salvar la nuestra, ya que en algunas zonas ni siquiera cuentan con material de calidad para protegerse a ellos mismos de un contagio al momento de atender a los pacientes.

Como sociedad, nos hemos mostrado malagradecidos e indiferentes ante este grupo de profesionales. Regateando el precio de las consultas, adquiriendo en nuestras compras de pánico material que a ellos les serviría para cuidarse mientras nos cuidan, asistiendo a la farmacia de la esquina por una consulta gratis porque “es muy caro ir con el médico”, hemos contribuido a agravar esta situación. El resultado de décadas de abandono del sector salud ha tenido un escalofriante resultado: nuestra primera línea de defensa ante el COVID-19 se encuentra vulnerable y desamparada.

En países como Francia y España, la sociedad se estremece al conocer las muertes de jóvenes médicos que trabajaban cuidando a los pacientes con COVID-19. En México, no solo hemos mostrado indiferencia de manera general, sino que hemos llegado a extremos deplorables de egoísmo: existen ya diversas denuncias ciudadanas sobre el trato que reciben los médicos y enfermeras en algunas ciudades del país: se les niega el servicio, se les cobra extra, se les margina asumiendo que ellos ya se encuentran contagiados.

Frente a la crisis, volteamos a ver a nuestros conocidos del sector salud esperando que nos salven, nos cuenten secretos para evitar contagios o nos den prioridad si enfermamos.

Ellos nos cuidan a nosotros, pero ¿quién los cuida a ellos? Es momento de actuar, de tomar conciencia: no son los actores ni los deportistas que tanto admiramos los que van a salvarnos; son los médicos, las enfermeras, todos los trabajadores del sector salud. Apoya a tu amigo, familiar o conocido médico con sencillas acciones: escucha sus problemas, ofrécete a cuidar a sus mascotas, a estar pendiente de su familia. Ayudémoslos a ayudarnos, no sabemos si los necesitaremos pronto.

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