Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Otra historia de policías de Culiacán que tratan como delincuentes a ciudadanos pacíficos

Con el propósito de serenarme, y no crear esta narrativa impulsado por el enojo, dejé pasar diez días para describir sin rabia, lo que me sucedió el pasado día 5 de enero de 2021.

En la tenebra del hampa, la intimidación la practican más los policías que los delincuentes”.

Eran las doce y media del día, aproximadamente, cuando transitaba por el bulevar Gabriel Leyva, al llegar a la avenida Álvaro Obregón, miré que el semáforo estaba en verde y me seguí, ya enfilado en la avenida, escuché una chicharra de una motocicleta de policía, me sorprendió que fuera a mí a quien ordenaban parar, lo hago forzado porque el policía se atraviesa y quedamos en la bocacalle de Juan José Ríos; bajo el cristal y le pregunto al agente –¿Qué pasa? –Te pasaste el semáforo. –No, tenía flecha verde. Irritado me grita: -¡Te pasaste! –Está bien, levanta la infracción. -¡No! -¡Vas pa´ allá! Me doy cuenta que estamos estorbando, y me muevo para estacionarme,  virando para no arrollar la moto. Me estaciono, y bajo totalmente el cristal. Llega el agente, sumamente enojado y gritando. ¡Bájate, te voy a quitar la camioneta y te voy a llevar a… Lo interrumpo -¡No me bajo! ¡No puedes hacer eso! -¡Claro que puedo! Grita y mete su brazo para quitar las llaves del swich; lo evito. En el forcejeo se rompe el llavero y me daña un dedo.  El policía está sumamente rabioso, y es cuando le pido de favor que se calme, que llame a una patrulla para que me lleve detenido. Esto provoca más su ira y me dice que ya tengo tres días de encierro y treinta y seis mil pesos de multa. Le vuelvo a repetir que llame a la patrulla. Y más se enfurece. Y yo soy presa del pavor, temo a ser agredido por el agente; se había convertido en algo parecido a un energúmeno.

Por fin, interviene su compañero y minutos después llegan dos patrullas. Bajo de mi camioneta; me doy cuenta que hay más de veinte personas siendo testigos, hacían fila para entrar al banco Santander de Obregón y Constitución, y al pasar, una gran cantidad de automovilistas. El agente rabioso de una estatura superior al 1.80 metros, vestido con indumentaria estilo Robocop, equipado con chaleco, radio y un arma larga, de esas que dicen que son exclusivas del ejército, me voltea y me pone las esposas. Una agente mujer, le pregunta: ¿Te lo vas a llevar? Como respuesta, el policía me pone la mano en el hombro y me conduce a la patrulla. Subo con dificultad; con las esposas, no podía moverme bien. La mujer policía me ayudó a subir.

Ya en camino a la comandancia, la mujer policía, me preguntó: -¿A qué se dedica? –A escribir. -¿Qué escribe? –Novelas. ¿En serio? –Sí. Así tomamos una charla muy grata. Me sirvió para atemperar mi estado de ánimo.

Llegamos a la comandancia, la mujer policía me ayudó a bajar de la patrulla y fui conducido a la sección de mazmorras. Pedí usar mi celular, se me negó y en cambio, con brusquedad, un tipo me despojó de todas mis pertenencias, me las sacó de las bolsas de mí pantalón y camisa. Volví a solicitar hablar por teléfono. –Se le permitirá hasta que esté ante el juez. Fui llevado a un mini cuarto de 1. X 1.5 metros2, en ese increíble espacio una muchacha, con voz enérgica me ordenó mirar hacia el frente de una cámara, ¡Ahora mire hacia en número dos! ¡Ahora hacia el número tres! Luego fui conducido a una mazmorra hedionda, cubierta de mugre. Una hora después, me llevaron con un señor que está tras una reja y protegido con cristal, me pidió mis generales, esto a pesar de que ya se habían apoderado de mis credenciales. Veinte minutos después, me llevaron ante el juez. De nuevo mis generales, y me solicitó explicar sobre el asunto, dije más o menos lo antes descrito, y luego preguntó a Robocop, él contestó que me había pasado el semáforo, que intente huir y también  arrollarlo con mi camioneta. En ese momento pensé que me pasaría al menos 10 años en la cárcel por intento de asesinato. Cuarenta minutos más tarde, el juez, que más bien parecía carnicero del Garmendia, puso ante mí dos hojas para que las firmara, dominado por el temor que ahí se respira lo hice sin chistar; le pedí copias, me las negó, y dijo: -Puede irse, venga mañana a pagar la multa y entonces recogerá su unidad.

A la mañana siguiente, fui al Ayuntamiento, decidido a solicitar una audiencia con el presidente municipal para exponer lo acontecido, pues mi detención la estimo un atropello, y el trato peor. En casos de faltas menores, como es pasarse un alto, a las personas mayores, -tengo 75 años-, se les recoge la unidad en garantía del pago de la multa y no se les detiene, para no poner en riesgo su salud.

 Un auxiliar de presidencia, me aconsejó que mejor intentara ver al secretario; es la persona más indicada, dijo. No fue posible ver al secretario, una amable secretaria me informó que estaba en junta, pero que le expondría mi asunto para que se atendieran con benevolencia. Estimo que así fue; la multa no fue nada parecido a la gravedad del caso, según lo expuesto por Robocop.

Como el señor presidente municipal no se ocupa de nimiedades, espero que esta narrativa, misma que puedo ratificar ante cualquier autoridad, sirva para advertir a mis dos lectores, que los policías,  en su mayoría, están envenenados de corrupción; esto se puede corroborar en las calles de nuestra ciudad; se ensañan con personas que manejan carros de trabajo, o modelos atrasados; es posible que piensen que por ser de bajo perfil, somos más viables de ser esquilmados impunemente.

¡S.O.S! ¡Nos urge que la 4T llegue a Sinaloa!

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