Reflexiones

Redacción Espejo

Otros tiempos

Como sociedad tenemos una gran responsabilidad. Las autoridades tienen las propias

Por Óscar Manuel Quezada

El culiacanazo, como ha sido mal llamado, debería significar o marcar un parteaguas para redirigir el rumbo de la niñez y la juventud en Sinaloa y, ¿por qué no?, el de México. Es preciso verlo como una oportunidad no sólo de replantear fortalezas y debilidades, sino de transformar estas en ventajas. ¿A qué le tenemos miedo en Sinaloa? ¿De qué nos sentimos orgullosos? ¿Qué es lo que no nos gusta de nuestra querida tierra? ¿A qué nos han orillado? ¿A orillas de qué hemos estado? ¿A orillas de qué nos gustaría estar? ¿Cuál es el cuello de botella del estado?

Podemos cambiar.

La sociedad y el gobierno tendrían que replantearse la cultura cotidiana actual. La economía no debería depender de que ciertos grupos activen el comercio a lo largo y ancho del estado. Recuperar el territorio perdido no será nada fácil, debido a las consecuencias y al grado de implicación de la autoridad y de la misma población.

Por otra parte, las fiestas infantiles tendrían que ser eso, festejos para la niñez, con temáticas adecuadas a su fantasía, sin referencias a situaciones fuera de la ley, para no activar, mediante esos ejemplos, las neuronas espejo. Estas fiestas no deberían terminar con adultos borrachos; la música tendría que ser infantil.

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Desafortunadamente, en la actualidad, el folclor sinaloense altera en gran medida nuestros sentidos, las emociones pueden transformarse en un aspecto no necesariamente creativo. Si se cuida el proceso de los niños, es muy probable que encuentren un mejor cauce cuando sean adolescentes, sin descuidar el seguimiento que estos requieren —debido a la abundancia hormonal que por varios años los vuelve una olla en permanente ebullición, como parte de su propio desarrollo—. Debería aprovecharse el potencial de los jóvenes, para lo que es fundamental una oferta universitaria apegada a una educación integral. 

Como sociedad tenemos una gran responsabilidad. Las autoridades tienen las propias.

Hay resistencia a pensar en un futuro distinto, ya que se considera utópico. Es cierto que parece idealizarse el comienzo de una transformación por un mejor futuro para la niñez, pero es preferible idealizar de esta manera.

Ante las imágenes del jueves 5 de enero, a lo largo y ancho del estado, inmediatamente la sociedad sinaloense, los amigos de los sinaloenses y los sinaloenses fuera del estado, mostramos las otras postales de nuestra tierra, lo que nos enorgullece, el esplendor de su belleza, la generosidad de su geografía. Las aportaciones de Sinaloa son muchísimas. Una canción del sureste dice: “vamos a Tabasco, que Tabasco es un edén”, mientras que Sinaloa es un privilegio de tierra.

La libertad con la que añoramos volver a recorrer sus carreteras, pueblos y ciudades no tendría que representar un imposible, sino un punto de reflexión para que vuelva a suceder como hace tantos años.

Deberíamos disfrutar de los patios sin la exigencia del crimen organizado de podar los árboles para no impedir la permanente vigilancia de sus cámaras. En esos espacios familiares, habría que degustar los tamales sinaloenses, los mejores (sin dejar de reconocer la delicia de la gran variedad que hay en todo México). 

Y como si todo fuera una mala estrategia de difusión, hay que mencionar el enaltecimiento de grupos criminales mediante las series de televisión. Se los retrata como ídolos alejados de lo ordinario, como personajes fascinantes, mientras que algunos sectores de la sociedad intentan entender este fenómeno cultural tan arraigado. Si bien, la realidad en muchos casos supera la fantasía, tendríamos que desterrar lo que repudiamos. Sin embargo, basta con que nos inviten a una fiesta, para que vayamos, sin medir los riesgos envueltos entre el confeti y las serpentinas. Los niños, como esponjas, asumen lo que ven como normal y permitido. Si voluntariamente los acercamos a reuniones donde un alto porcentaje de invitados termina alcoholizado, además de exponerlos a influencias musicales negativas, el resultado es entendible, según hemos podido observar recientemente.

De Sinaloa, podría hacer una larga lista de lo que me causa placer y, a menudo, me vuelve melancólico. Sin duda, incluiría el paisaje, la gastronomía, los atardeceres, la belleza de los valles agrícolas, el mar, la franqueza de su gente, a la que no he podido renunciar, el orgullo que siempre ostento, sus artistas y las aportaciones para una mejor cultura. También su poesía, porque poesía es Sinaloa, desde su propio significado, sus lienzos nos envuelven a todos, a través de su música tradicional; “El sauce y la palma” y “El corrido de Mazatlán” retratan de una manera excepcional el paisaje de nuestra casa. Lo mismo sucede con la pintura, las artes escénicas, la danza, la literatura y el periodismo. Pero su gente es lo más importante, por ello, el futuro de la niñez tendría que ser la agenda que dicte el futuro de Sinaloa.

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Óscar Manuel Quezada. Originario de San Jerónimo de El verde, Concordia, Sinaloa. Escritor, poeta, Coordinador de literatura en el IPN y titular del Taller de crítica literaria del Centro Cultural Jaime Torres Bodet. Entre sus obras están: Déjame que te cuente un sueño, Atada sobre las olas, Bajo el alba, en Laberinto Ediciones los títulos: Viernes Trece de noviembre en París (2018), y La casa siempre viva (2021). Su poesía ha sido traducida al árabe y publicada en la prestigiosa revista de literatura Dubái, además de ser musicalizada e incluida en el Danish World Music Award, Dinamarca 2011. Coordinador y creador del Maratón de Escritores en Coyoacán. En agosto 2020, La Academia de Literatura Latinoamericana lo incluye en la antología “Un virus sin corona”. A través del espejo, antología, incluye el ensayo “El espejo de tus ojos”, publicada en 2020. Integrante del Consejo Editorial de la Revista “Mediaciones”, editada por el Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM. Editor de la revista de literatura “Las letras del burro”, del IPN.

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