Reflexiones

María Julia Hidalgo

Padre

Sí, lo dijiste todo; llevo en mí tu poesía, qué más me pudo faltar. ¿Dolorosa orfandad? Gratitud…

Todo fue como un viento del desierto… saberlo sin vida, tener que soltarlo. Dejarlo libre, abrir las manos, cerrar sus ojos, mirar su cuerpo, pedir silencio, cerrar sonidos, pasar saliva, animar el gesto, sostener las piernas, volver a mirarlo. Saber que no está. Tener que soltarlo. Aferrarte, abrazarlo, apartarte, dejarlo, permitir que lo toquen, que lo carguen, que lo aparten, que lo lleven. Brincar, gritar, llorar, golpear, sosegar, callar. Todo por dentro. Parece que sí, que todo es verdad. Ahuyentas el miedo, lo olvidas, lo ignoras. No sabes qué hacer, no puedes hablar, su rostro está quieto, no tiene intención, no sabe de ti. Te esperan, te miran; lo harán apenas les digas. No saben, qué saben. Se debían un mezcal, un libro, un paseo, un café, una cantina. Ellos no lo saben, los otros tampoco. ¿Te debía un secreto?, ¿le dirías el tuyo? Ellos te esperan, debe ser rápido, lo sabes, no debes entorpecer. El tiempo corre, el riesgo aumenta. ¿Riesgo?, prudencia, cordura, responsabilidad, compostura. Te silencias, si no has dicho nada. Gotitas ácidas de limón caen en lo profundo… Piensas en La chica más guapa de la ciudad, de Bukowski, te pones más idiota que de costumbre. Él sabía cómo abrazarte cuando eso pasaba; entonces con eso no pasaba nada. Siempre su tiempo, su universalidad, su mundo, su abrazo, su palabra, su alegría, su bondad. Se habría llevado a toda ley con Bukowski, con Kerouac, con todos sus cuates, un verdadero beat con un alma amorosamente revolucionaria contenida en un pequeño, indescifrable, aplastante pedazo de tierra. Piensas en Rulfo, en Comala. Antoine de Saint Exupery se habría congraciado con su noble alma, se habría alegrado de conocer a un ser capaz de apreciar la sencillez y belleza de una rosa. No, no hubo nada que no me dijeras, todo sabido sin pronunciar; que alma tan bella la tuya, padre. Sí, lo dijiste todo; llevo en mí tu poesía, qué más me pudo faltar. ¿Dolorosa orfandad? Gratitud… Decir que no entren que se esperen, que se larguen, que no hablen, que se callen, que te dejen. Callaba, caía. ¿Qué te has creído? Eternidad, finitud. Nada pediste, no te debiste, no tuviste queja, amaste la vida… Un cuerpo sin vida, tendido y completo. Un velorio, un rosario, las flores, tus velas. Caminaron contigo; amoroso y buen hombre entre todos los demás. Yo sólo fui la niña que muy de mañanita recorrió el colorido mercado a tu lado; desde entonces conocí tu corazón, padre querido.

Blanco o negro, ¿así sin matices la vida o la muerte? Dónde poner la muerte, cómo aclamar la vida. Toda la vida, tu vida, regresa amorosa, esparcida, al universo infinito.

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