Reflexiones

Mexicanos Primero Sinaloa

Por el derecho a aprender | El doblepensar y la SEP

“Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente”

Por: Gustavo Rojas, director general de Mexicanos Primero Sinaloa

En 1984, la extraordinaria novela de George Orwell, las personas viven bajo el yugo perpetuo e inexpugnable del Gran Hermano, figura alegórica con la que se simboliza el poder omnipresente del régimen totalitario que domina Oceanía. El protagonista de la novela, Winston Smith, es un funcionario de gobierno que trabaja en el Ministerio de la Verdad, el cual cumple con la tarea de velar por que los contenidos de las distintas comunicaciones oficiales sean siempre coherentes con las necesidades del Partido.

La novela gira en torno al despertar crítico de Winston respecto al amor, a la política y a la vida misma. Una figura fundamental de dicho proceso es Emmanuel Goldstein, miembro fundador del Partido que representa el principal enemigo del régimen. En un pasaje del libro ficticio “Teoría y práctica del colectivismo oligárquico” firmado por Goldstein, Winston lee:

“Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente (…) Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que convenga, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se niega”.

Para exponer la relación entre el concepto de doblepensar y la gestión de la Secretaría de Educación Pública (SEP), es necesario contemplar por un instante una de las principales contradicciones del proyecto político obradorista.

Según ensaya el politólogo Hugo Garciamarín la intención antineoliberal y reivindicadora de lo público propia del discurso oficialista choca contra una radical preferencia por lo privado. Amparándose en la hipótesis de achicar la acción burocrática para disminuir el riesgo de corrupción, la acción pública estatal impulsada por la cuarta transformación recurre con insospechada vehemencia al mecanismo de las transferencias directas de recursos a la población, política que traspasa al mercado la respuesta a problemáticas sociales.

En educación, ha sido posible encontrar ejemplos manifiestos de este fenómeno. Quienes nos dedicamos al análisis y al estudio de los cambios educativos, hemos sido testigos del desmontaje sistemático del entramado de políticas educativas surgidas en sexenios anteriores. Etiquetadas como neoliberales, dichas políticas han cedido su lugar y recursos a programas de becas tales como: Jóvenes Construyendo el Futuro, Becas del Bienestar Benito Juárez y, más recientemente, La Escuela es Nuestra. Enfocaremos la atención del análisis en este último programa.

La Escuela es Nuestra es un programa creado posteriormente a la decisión del gobierno federal de desaparecer del Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa (INIFED). En un inicio, el programa buscaba transferir directamente a las familias recursos económicos para mantener, ampliar y mejorar los espacios educativos. Más recientemente, ante la desaparición de las Escuelas de Tiempo Completo, este programa además ofrece la posibilidad de optar por invertir en alimentación y gastos para extender el horario escolar.

Queda fuera del alcance de este texto analizar las falencias en las reglas que estructuran este programa, o las complicaciones de volverlo “multipropósito”. E inclusive las irregularidades  identificadas en las auditorías que ponen en duda la capacidad real de esta política de acabar con el problema del mal uso del erario. En cambio, centraremos la atención en el reciente boletín 164 de la SEP (http://t.ly/fUdz-) que anuncia la entrega de tarjetas del Banco del Bienestar a planteles de los municipios de Jilotepec y Teotihuacán, como parte del programa.

En dicho boletín se cita a la secretaria, Delfina Gómez, quien señala que “ningún estudiante debe frenar su trayecto educativo por cuestiones familiares, económicas o sociales” y que “no podemos permanecer indiferentes a un niño que se nos puede perder por esa falta de educación”. Sin embargo, mientras plantea afirmaciones con las que nadie podría estar en desacuerdo, no menciona que durante su mandato la SEP no ha materializado ninguna estrategia para diagnosticar y mitigar problemas educativos agravados por la pandemia como el rezago y el abandono escolar.

Es en estas contradicciones que el doblepensar aparece como una característica en la acción comunicativa de la SEP. El doblepensar permite a funcionarias de un gobierno antineoliberal -como la coordinadora general del programa La Escuela es Nuestra, Pamela López Ruiz- creer y declarar que la entrega directa de recursos a las familias para traspasar a ellas la resolución de problemas sociales complejos sea equivalente a garantizar derechos sociales. Y seguro es también doblepensar creer y declarar que la realidad del subejercicio presupuestal represente un ahorro conveniente para los más pobres.

Un último ejemplo de doblepensar. El 3 de diciembre de 2021, durante el día internacional de las personas con discapacidad, la secretaria de Educación, Delfina Gómez, anunció el aumento histórico de más de 650 millones de pesos a educación especial para 2022. El comunicado (SEP no. 43) anunciaba que, a diferencia de los 58 millones ejercidos en 2021, para 2022 habría una bolsa de más de 715 millones para apoyar a todas las instituciones y centros que otorgan servicios para ese modelo educativo en el nivel básico. De este monto, entre enero y mayo del 2022 se debiera haber gastado un total de 433.1 millones, pero sólo se distribuyeron 2.2 millones.

¿Y los 430.9 millones restantes? La urgencia que marca responder a las consecuencias de la pandemia en educación nos debe llamar a denunciar y rechazar cualquier intento de confundir o esconder la realidad a través del doblepensar de las autoridades.

Por suerte, 1984 sigue siendo una distopia literaria. De lo contrario, no se podría recurrir a la tribuna de la libre expresión para exponer contradicciones entre el discurso y la acción de nuestros gobernantes, aquel vergel en el que germina y florece la demagogia. Libres del poder omnipresente del Gran Hermano, organismos como Mexicanos Primero debemos denunciar la desconexión entre el discurso que llama a velar por la inclusión y una gestión regresiva y excluyente.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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