Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

¿QUIÉN MATÓ A JAVIER VALDEZ? Capítulo No. 9: Una infamia imperdonable

¡Javier, Javier! ¡Levántate Javier! ¡Levántate cabrón!

En un retén de agentes de la Policía Municipal.

-Compa. Baja del auto y abre la cajuela.

-Compa. Soy gente del Chapo.

-Una identificación.

-Claro Compa. ¿Le parece bien esta? –El tipo le entrega un billete de 20 dólares.

-Está bien. Mis respetos al Patrón.

El ASESINATO DE JAVIER VALDÉS CÁRDENAS. Una infamia imperdonable.

Checo, desde hacía días, había tomado como base aquel restaurante del hotel El Mayo para hacer sus preparaciones de clases, le gustaba porque estaba cerca donde Javier tenía sus oficinas, de ahí, algunos medio días se iban a la cantina El Guayabo; se tomaban dos o tres cervezas con una botana, y cada quien se iba a sus quehaceres.

Aquel 15 de mayo del 2017, Checo disfrutaba un café; final del desayuno de su restaurante preferido, estaba muy metido en la preparación de un estudio, miró el reloj: las doce con dos minutos; en ese instante escuchó cinco balazos seguidos, entre lapsos de un segundo escuchó otro, otro y cuatro más también seguidos. Notó que eran de dos calibres diferentes, tres segundos después escuchó, el clásico:

El tiro de gracia, es un ajuste de cuentas. Pinche mafia. Ni a pleno sol respetan. Señal que ellos son los que mandan. –Se dijo.

Dejó a un lado su trabajo, atento estuvo, pero un presentimiento lo invadió; con un ademán pidió la cuenta, miró la nota, sacó un billete y lo dejo junto con la nota; rápido echó todas sus pertenencias a su valija de cuero y salió, se encaminó con pasos apresurados hacia donde escuchó los tiros. Miró que algunos corrían por la avenida Riva Palacio hacia la calle Epitacio Osuna, al cruzar el bulevar Leyva Solano vio el sombrero y enseguida el voluminoso cuerpo. – ¡Noooo, chingada madreee! –Gritó y siguió corriendo hasta llegar ante el caído. 

-¡Javier, Javier! ¡Levántate Javier! ¡Levántate cabrón! ¡Nooo, Dios santo, no puede ser, Chingada madre! 

Checo entró en shock, miraba a su amigo tendido en aquel charco de sangre, se jalaba los cabellos y gritaba aquellas frases que marcaban en su rostro el horror, la desesperación y el coraje. Cayó de rodillas, en su pecho sintió una opresión; ya no pudo gritar un nudo en su garganta se lo impidió. Con los ojos dilatados, miró a Javier boca abajo, con la cara aplastada en el pavimento y una gruesa columna de sangre; quería decir algo pero solo era un estertor que producía su lengua enredada; no escuchó cuando llegó una ambulancia de la Cruz Roja, de ella bajaron tres paramédicos; lejano escuchaba el ruido de los autos, de gente que se acercaba con voces revoltosas; sacó un pañuelo y al intentar alzarle la cara, una voz de barón le ordenó: –¡No! No señor, por favor, hágase a un lado, usted no puede hacer nada. Por favor, somos paramédicos vamos a revisar. Una enfermera le pidió, –Por favor, señor, usted no debe estar aquí. Tomándole de un brazo lo ayudó a ponerse de pie. Sudoroso, recogió su valija y se quedó parado a la vera de la calle, mirando atontado.

Checo miró la bola que formaban más de veinte mirones que rodeaban el cadáver, le taparon la vista hacia el cuerpo, no supo cuánto tiempo permaneció allí; su mente le puso una pantalla negra, no miraba, no escuchaba. Llegó una camioneta del Semefo por el cadáver. Todos miraban, hacían comentarios, algunos gritaban algo; el insistente pitido de un camión militar del que bajaron varios soldados Marines, provocó que algunos de los mirones se fueran, pero varios más llegaron. Los paramédicos cumplieron con palpar los puntos vitales. Checo se acercó, como autómata los vio hacer la revisión. La enfermera le volvió a pedir se alejara, asintió pero siguió allí, ido. Minutos después llegó una patrulla con seis ministeriales, tendieron un cordón alrededor. Dos de ellos encontraron los doce casquillos de las balas mortales, los señalaron con cartoncillos numerados; con gis pintaron la silueta del muerto sobre el pavimento. El sol cayendo a plomo, las calles bloqueadas por patrullas de policías, soldados y Marina; catorce agentes en total, resguardaban que nadie se acercara al cadáver que en ese momento ya era inspeccionado por el médico legista y el agente del ministerio público. El número de policías municipales y ministeriales ya eran más de 20. El cuchicheo entre ellos cambiaba de una versión a otra.

El bato este estaba pesado. –Sí, los de su periódico no se miden, le echan chingazos, lo mismo al gober que a los jefes. Al jefe Pepe Toño siempre lo trajeron de bajada. A mi compa Chapo lo traín a raya desde antes que lo agarraran. -¿Es tu compa el señor Guzmán? –Quise decir mi jefe, lo que pasa que yo lo conocí allá en la Tuna, de plebíos, juntos fuimos a rayar amapola, y pues… –¿Neta wey? –Palabra compa. 

Varios de los mirones estuvieron filmando con sus celulares, las redes sociales lanzaron al espacio infinito la noticia y pronto dio la vuelta al mundo.

Checo, que ya había tomado conciencia de lo sucedido, en su consternación había sido rescatado por su mujer y su hijo, entre ambos lo alejaron solo unos metros.

-¡No! ¡No me puedo ir! Tengo que estar aquí, necesito estar aquí con mi amigo. –Nada puedes hacer, Checo. Anda, vamos a la casa. Ten tu celular, lo olvidaste, poco antes de venirnos para acá empezó a sonar. -¿Quién me llamó? –No sé, era un número desconocido, no quise contestar, tú sabes que eso tiene riesgos. A veces son estafadores… o malandros. –Me lo hubieras traído. –Anda Viejo por favor, vamos a la casa, necesitas calmarte. -¡Cómo una chingada! ¡Cómo crees que me puedo calmar! –Checo, por favor, la gente nos mira. –¡Me vale madre! –Apá, por favor. Hazle caso a mi amá. El joven lo abrazó. –Vamos Apá.

Empezaron a caminar hacia el auto que habían dejado a tres cuadras, Tamara iba detrás con la cabeza gacha. Se alejaron; Checo se detuvo, se deshizo del abrazo de su hijo y volteó para mirar como quedaba aquel grupo de policías, soldados, agentes de ministerio y los mirones. Una escena que ahora le parecía grotesca, cruel. Sabía que todos ellos, eran fríos; los imaginó buitres que se acercan a un festín.

-Te fijaste wey, está trozado. –Que gacha le quedó la cara con el balazote en la frente. –Sí wey, le desfloró el cerebro. –Viste wey, la masa encefálica embarrada en el piso.

-¿Quién era, tú? –Dicen que era periodista. -¡Uta madre! Esos se la rifan a diario. –No todos, tengo un tío que recibe cheques del gober y también del Mayonesa. –¿Se cuaja tu tío? –Sí, siempre trae carro del año, viejas y perico… 

LEE ACÁ LA ENTREGA ANTERIOR DE ESTA SERIE: ¿QUIÉN MATÓ A JAVIER VALDEZ? Capítulo No. 8: Les agradezco señores sus buenas intenciones

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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