Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Repartidores de aplicación: el autoempleo en la precariedad

Los repartidores son esenciales para la economía en tiempos de distanciamiento social. Se mantuvieron activos y permitiendo que fluyeran las finanzas y que permaneciéramos en casa sin dejar de recibir lo que necesitábamos en la puerta de nuestra casa u oficina. Es momento de valorarlos como tal.

Cuando hablamos de los héroes de la pandemia, inmediatamente pensamos en el sector salud que se mantiene, a pesar de la vulnerabilidad que enfrentan tras décadas de  negligencia, como primera línea de defensa ante los contagios. Pensamos en los maestros, que debieron luchar contra corriente para adaptarse a un modelo de teleeducación en un país desigual donde casi el 50% de la población no cuenta con acceso a internet en sus hogares y, por tanto, queda sistemáticamente excluida del desarrollo digital. Algunos incluso pensamos en aquellos padres y madres que debieron aprender, de un día a otro, a hacer malabares con sus actividades y horarios de trabajo remoto y con apoyar la educación en casa de los niños al tiempo que llevaban a cabo las tareas del hogar cada vez más apremiantes al tener a toda la familia confinada en casa. Sin embargo, olvidamos un sector importante sumido en la precariedad y la informalidad que permitió que los que podíamos permanecer en casa, lo hiciéramos: los repartidores.

Las plataformas tecnológicas de servicios de transporte de bienes y personas llegaron a nuestro país anunciándose con bombo y platillo como una fuente de autoempleo: “sé tu propio jefe” “tú decides cuánto y cuándo trabajar”. Parecía la solución perfecta en una nación asolada por el problema estructural de la informalidad laboral en el que el grado promedio de escolaridad es apenas iniciando el bachillerato, situación que complica la entrada al mercado de empleos formales.

No obstante, la realidad probó ser un arma de dos filos; por un lado, sí, se abrieron oportunidades laborales para las personas que pudieran manejar un vehículo y contaran con un teléfono inteligente con acceso a internet, pero, por el otro, no son empleados, sino que se mantienen en la informalidad. Como la Ley Federal del Trabajo establece claramente que un trabajo formal requiere de contratos individuales y prestaciones, estas empresas de transporte y reparto son cuidadosos de llamar “socios” a sus colaboradores y no empleados, pues el autoempleo no es un empleo formal… aunque, claro, paga impuestos.

Esta situación no solo devalúa la labor esencial de los repartidores, sino que propicia la precariedad social desde un sector económico que, irónicamente, es uno de los más redituables del país: el negocio de entrega de comida, en el cual las ganancias no se reparten de manera equitativa. Adicionalmente, los repartidores no solo llevan comida: consiguen medicamentos, compras del supermercado e, incluso, dinero en efectivo, para que los demás no tengan que salir de casa. Es un caso similar para los socios conductores, los cuales de sus ganancias diarias deben descontar la comisión de usar la aplicación, pagar sus gastos y dejar un fondo disponible por si se accidentan o tienen cualquier percance para el cual no cuentan con mayor cobertura que la que ellos puedan asegurarse por sus propios medios.

En el caso específico de los repartidores de comida, piezas claves del combate a la pandemia, el reporte de Oxfam México titulado “Este futuro no aplica”, señala la dualidad que enfrentan día con día: la posibilidad de autoemplearse y ganar montos similares a los que ganarían en otro empleo informal, que contrasta con la falta de protección: deben repartir con el vehículo con el que cuenten y subsanar ellos mismos cualquier percance pues no cuentan con seguro ni prestación de las aplicaciones para las cuales trabajan. Como trabajo complementario, esta situación podría no ser tan grave… pero como única fuente de ingresos, es un foco rojo de vulnerabilidad.

El reporte de Oxfam estima que, en promedio, una hora trabajada en el reparto equivale a una ganancia de 53 pesos, restando los gastos y costos de utilizar las aplicaciones, que si bien se encuentra por encima del salario mínimo, sigue siendo insuficiente para mantener a una familia por encima de la línea de pobreza, sobre todo si consideramos el mantenimiento del vehículo y el tener que resolver cualquier percance sin apoyo alguno de la empresa con la que están afiliados, además de realizar el pago de impuestos correspondientes. De hecho, se estima que el 37% de los repartidores lo hacen por no contar con otro trabajo, y 26% para complementar sus ingresos que se mantienen por debajo de sus necesidades. Por si no fuera suficiente, 7 de cada 10 no cuenta con ningún tipo de seguro médico.

En este panorama, las propinas se vuelven vitales para los repartidores, permitiéndoles obtener una ganancia un poco superior e ir generando ahorros. Sin quererlo, nos volvemos parte del problema al negarles unos pesos adicionales por pensar que seguramente ganan suficiente porque lo que pedimos era caro… cuando no es así.

Los repartidores son esenciales para la economía en tiempos de distanciamiento social. Se mantuvieron activos y permitiendo que fluyeran las finanzas y que permaneciéramos en casa sin dejar de recibir lo que necesitábamos en la puerta de nuestra casa u oficina.

Es momento de valorarlos como tal. Actualmente se cuenta con esfuerzos de legislar esta situación, especialmente en la Ciudad de México, uno de los epicentros del reparto de comida, medicamentos, bebidas, por mencionar tan solo unos productos.  Si bien legislar permitirá darles acceso a derechos laborales mínimos, es urgente generar cambios de mentalidad donde la desigualdad se vuelva cosa del pasado. Es terrible pensar que, en estos tiempos, que tanto se enarbola la bandera de la igualdad en redes sociales, y los individuos buscamos alcanzar un bienestar social contribuyendo desde nuestras posibilidades, los gigantes tecnológicos mejor valuados del mundo cuenten con colaboradores que ni siquiera pueden adquirir la canasta básica.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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