Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Responsabilidad en las redes

En el mundo somos más de 3.8 billones de personas que utilizamos redes sociales. En promedio, de acuerdo con DXMedia, pasamos más de 100 días online al año con un promedio de casi 7 horas al día.

En un entorno hiperconectado cada elemento contribuye a construir tendencias. Las modas se imponen en segundos en la actualidad: basta un video en TikTok, una foto en Instagram o un hashtag en Twitter para meterse en la cabeza de millones.

Prueba de esto ha sido el fenómeno ocasionado por la serie “Gambito de Dama” de Netflix, la cual retrata la historia de una chica prodigio en el ajedrez. A casi un mes de su estreno, además de posicionarse como la miniserie más vista en la historia del gigante del Streaming, plataformas como Mercado Libre informaron que la venta de tableros de ajedrez creció en 135% comparado al mismo periodo del año anterior. Por su parte, Google también hizo referencia al impacto de esta miniserie al reportar que las búsquedas relacionadas con el ajedrez tuvieron un repunte no visto en casi diez años.

Vivimos tiempos donde todos nos convertimos generadores de contenidos, seamos conscientes de ello o no. Cada publicación, imagen o video que compartimos en redes tiene impacto inesperado, ya que puede llegar a rincones del mundo que no nos imaginamos. Constantemente generamos y compartimos contenidos sin pensar en las consecuencias: ese es el caso de las noticias amarillistas la desinformación o publicaciones que pueden hacer más daño que ayudar a otros por manejar juicios, ofensas u otros componentes nocivos.

En el mundo somos más de 3.8 billones de personas que utilizamos redes sociales. En promedio, de acuerdo con DXMedia, pasamos más de 100 días online al año con un promedio de casi 7 horas al día. La magnitud de esto va más allá de lo que el cerebro humano puede digerir; lo que compartimos en redes puede llegar a un gran número de usuarios y tener consecuencias inimaginables. Una broma o información errónea puede ocasionar daños a otros seres humanos e, incluso, la muerte.

Un ejemplo de esto fueron los retos de las cápsulas de Tide, un detergente altamente peligroso en caso de consumo humano. La presentación de estas cápsulas parecía la de un dulce, lo cual originó incontables memes y debates al respecto, convirtiendo este producto en un chiste popular de la red. Hacia 2018, la broma se había convertido en un reto: comerte las cápsulas de Tide y grabarte haciéndolo para retar a amigos y familiares a hacerlo. Autoridades de salud de todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos, alertaron de los riesgos de esta actividad que fue adoptada sobre todo por jóvenes y envío a más de uno al hospital por envenenamiento.

El por qué tantos jóvenes pusieron en riesgo su salud por un reto online sigue siendo un misterio para muchos. Estudios de psicología sugieren que esto se debe a la peligrosa mezcla de buscar una identidad propia con la inyección de químicos en el cerebro que conlleva el aumento en la popularidad digital; el placer de obtener likes o comentarios y poder compararlo cuantitativamente con los resultados de otras personas.

Estas peligrosas modas se escuchan cada vez más a menudo: limarse los dientes para emparejarlos, inhalar preservativos, entre otros comportamientos que conllevan importantes riesgos al bienestar de las personas.

Por supuesto, como buena arma de dos filos, también podemos encontrar retos benéficos que se utilizan para generar consciencia o recaudar apoyos para una causa en particular. Un ejemplo de esto fue el Ice Bucket Challenge, un reto gracioso y bastante inofensivo que recorrió el mundo para recaudar donaciones a favor de los enfermos de esclerosis lateral amiotrófica y logró recaudar más de 100 millones de dólares en unos meses.

En el mundo digital, cada paso que damos deja huella. Podría sonar exagerado, pero cada like o comentario puede resonar en magnitudes inesperadas. Un comentario casi aleatorio puede transformar el día de otro internauta, una foto publicada puede llegar al otro lado del mundo en segundos. Nuestra responsabilidad es asegurarnos que nuestras acciones tengan el menor impacto negativo posible.

Se han registrado casos de suicidios o crisis depresivas o de ansiedad detonadas por interacciones en redes sociales. Los abusos son fáciles cuando no vemos a nuestro interlocutor, pero no por ello son inofensivos.

Tenemos en nuestras manos el potencial de transformar el mundo; de eliminar barreras para sentirnos más unidos que nunca. Sin embargo, el internet no es más que una herramienta y como tal su impacto depende totalmente del uso que le demos. Estamos a tiempo de utilizarlo para construir, crecer y compartir entre nosotros.

Las redes nos permiten alcanzar a millones de personas que probablemente no lograríamos conocer de manera presencial, volviendo nuestra existencia un híbrido en el cual el mundo físico converge con el digital. El mundo real ya no es solo lo que sucede fuera de la pantalla, sino el resultado de la mutua retroalimentación de lo virtual con lo exterior, en donde lo que hacemos en la pantalla puede – y probablemente tendrá – consecuencias que no alcanzamos a imaginar.

No debemos olvidar que cada uno de nosotros somos generadores de contenido, es gracias a las redes sociales que podemos tener un fuerte impacto siendo personas “promedio”. Es momento de darle a este hecho la seriedad que amerita.

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