Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Rezago educativo, una bomba de tiempo

Tenemos en puerta generaciones no preparadas para tomar el liderazgo de una nación, ni para llevar a cabo la responsabilidad de tener vidas en sus manos, no por falta de ganas sino por sus oportunidades coartadas.

Pitágoras, el famoso filósofo y matemático griego, solía decir que educar a los niños volvería innecesario castigar a los hombres. Esto es porque, de sembrar las semillas correctas, se pueden prevenir un sinfín de problemas desde la tierna infancia. Si bien, como decía Víctor Hugo, el sentido común no es resultado de la educación, el combate activo de la ignorancia lleva a la posibilidad de la libertad y la responsabilidad que esta conlleva. Es por ello, que la educación se vuelve un arma de doble filo, con la que el “cómo educar” se vuelve mucho más relevante que el “qué enseñar”.

La educación es un proyecto a largo plazo, una apuesta por un mejor futuro para generaciones equipadas con valores, conocimientos y habilidades que les permitan adaptarse a las necesidades de lo que aún está por venir. La educación se debe dar en el presente, con enfoque hacia el futuro, valorando la innovación y la vanguardia porque realmente enseñamos a los más jóvenes para que puedan desempeñarse en un mundo que aun desconocemos. En un sector clave para el mañana… resulta inaudito que nos encontremos anclados en el pasado. Tristemente, esa es la realidad de México, en donde la educación ha sido un factor crucial para la desigualdad.

Mientras las escuelas y universidades más avanzadas han transitado a esquemas de integración tecnológica en donde implementan técnicas de realidad aumentada, almacenamiento en la nube, robótica y aprendizaje remoto, aprovechando la ola de digitalización acelerada por la pandemia, 2.5 millones de alumnos de todos los niveles educativos en México abandonaron sus estudios, de acuerdo con estimaciones del Banco Mundial, cifra que representa ¡al 10% de los estudiantes del país! Este fenómeno puede no ser tan notorio actualmente, pero nos pasará factura en los próximos años tanto en términos económicos como en términos de bienestar.

El problema no son los maestros que se esfuerzan día con día por dar lo mejor de sí a pesar de haber quedado a la deriva durante la pandemia, ni los alumnos que dan todo por estudiar a pesar de la adversidad que enfrentan en diversos aspectos de su vida. El problema es estructural, de un abandono a la educación por parte de un sistema que, en lugar de reformarla y reinventarla profundamente, prefiere renombrar los grados escolares y hacer ajustes superficiales sin detenerse a pensar que secuestra el futuro de millones y de un país entero.

Tenemos en puerta generaciones no preparadas para tomar el liderazgo de una nación, ni para llevar a cabo la responsabilidad de tener vidas en sus manos, no por falta de ganas sino por sus oportunidades coartadas. Hemos olvidado que los egresados de hoy competirán, ya no solo con las personas de su mismo giro en el país, sino en un entorno global caracterizado por la hiperconexión en el cual gran parte de las carreras que estudiamos actualmente serán obsoletas en un par de años. Es entonces esencial enfocarnos en modelos educativos que enseñen a pensar y a tomar decisiones, que nos den herramientas básicas para salir adelante en distintas áreas y que nos permitan evolucionar, desaprender y reinventarnos con las necesidades de la humanidad.

Para lograrlo, se debe comenzar por crear una “cancha pareja” en la que las últimas tendencias educativas sean para todos los que deseen aprenderlas y no solo para aquellos pocos privilegiados que pueden pagar en un mes de colegiatura más de lo que muchos mexicanos ganarán en una vida entera. Se deben orientar los esfuerzos en crear modelos educativos adaptables y modernos, donde la obsolescencia del conocimiento se vea reemplazada por habilidades suaves que permitan incursionar en la educación continua y la adaptabilidad profesional.

Seamos sinceros, ¿realmente recordamos aquello que fuimos forzados a memorizar en la primaria? La educación en México debería enfocarse en dar herramientas para procesar y entender distintos conocimientos con una utilidad real más allá de una calificación.

Se habla de nuevas formas de enseñar, algunas que ya están en práctica en otros países, como las micro escuelas o escuelas burbuja, en las cuales se descentraliza la educación y se vuelve personalizada, adaptándose espacios específicos para el aprendizaje y desarrollo creativo de grupos reducidos de niños que aprenden de manera inmersiva conforme a sus propios esquemas de pensamiento. Se trata de una opción que promueve la individualidad y la pluralidad en los estudiantes en lugar de la homogeneización de la cual se acusa a la educación tradicional.

De la mano con este estilo educativo, encontramos también la gamificación del aprendizaje, es decir, volverlo un juego, una experiencia motivante e inmersiva que motiva a los alumnos a llevar a la práctica las habilidades adquiridas tanto de manera individual como en equipo, esto basado en una importante premisa: las máquinas podrán llevar a cabo decenas de procesos y cálculos de manera más rápida y eficiente que nosotros, pero jamás podrán reemplazar la interpretación humana y el pensamiento crítico que trasciende fríos números y reglas estrictas.

Adicionalmente, el utilizar tecnologías para el aprendizaje virtual permitiría llevar a la práctica un conjunto de lecciones reduciendo el impacto de tener un error. Por ejemplo, en campos como la medicina y la aviación, ya se hace uso de simuladores que permiten que los alumnos experimenten de la manera más cercana a la realidad sin poner vidas en juego. Las artes y el diseño son otros campos en los cuales ya se utilizan nuevas tecnologías para llevar a la realidad virtual las creaciones. No obstante, el reto real es volver esto accesible para cada alumno del país… labor titánica considerando que aún no hemos sido capaces de garantizar acceso a algo tan básico como los servicios de luz y el drenaje a millones de mexicanos.

Enfrentamos un panorama que requiere de soluciones a la medida, que no minimice la infame desigualdad que merma las oportunidades de desarrollo de millones de niños y jóvenes y que promueva un país, que desde aquí se ve como una utopía, en el cual el crecimiento personal y profesional no dependa del tamaño de la cartera de los padres sino de las capacidades, el empuje y las convicciones de cada una de estas semillas de talento ocultas en nuestra infancia. Es difícil, pero alcanzable… no esperemos a que la bomba de tiempo que tenemos en mano agote su contador, ¡podemos minimizar la crisis!

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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