Reflexiones

Malú Morales

Soledad en compañía

Leer a Richard Yates es convivir con sus personajes oscuros, sombríos, náufragos de una sociedad que trata de rehacer su vida después de una segunda guerra mundial, en un franco período de recuperación. El propio escritor reconoce: …mis novelas reflejan que la mayoría de seres humanos están inevitablemente solos y ahí está su tragedia.

Richard Yates (1926-1992) nacido en Nueva York, cuenta con 57 obras literarias; en un tiempo se desempeñó como “escritor fantasma”, escribiendo los discursos del Senador Robert Kennedy.  En algunas de sus obras se manifiesta como… gran observador del derrumbe del sueño americano… Su primera novela VÍA REVOLUCIONARIA, retrata las partes más míseras y amargas de un matrimonio de los años 50s.  Sus personajes cuentan sus propias vidas.

En el año de 1955 April y Frank Wheeler forman un joven matrimonio con dos hijos pequeños. Ella, aficionada al teatro, forma parte de un grupo de actores experimentales que han preparado una obra para simpatizantes de su comunidad. April es una atractiva mujer que lleva el personaje principal en la obra. Frank, el esposo, se desempeña como promotor de ventas en una compañía en la que había laborado su padre. La noche de la presentación de teatro, uno de los actores se enferma, por lo que fue substituido por el director que  en plena escena, equivocó los diálogos, confundió las entradas y salidas; lo cual provocó que los demás actores perdieran la concentración y cometieran errores no previstos. El público, inconforme, perdió el interés, de manera que,  La caída del telón fue recibida como un acto de misericordia.

Frank, tratando de consolar a su frustrada esposa, la persuadía de que su actuación había sido intachable. April se exacerbaba cada vez más, de manera que el diálogo que comenzó con buenas intenciones terminó en franca pelea. Las palabras repugnante y repulsivo se perdieron en el aire nocturno. Esa noche durmieron separados. La mujer soñó con sus padres a los que había perdido desde su infancia y con las diversas tías con las que se había criado. En los días subsecuentes, el ambiente de la casa fue… como vivir en un autoengaño absoluto. Los insultos y las disculpas se mezclaban en la convivencia que los hijos lograban suavizar. El matrimonio se reunía los fines de semana con una joven pareja vecina que a su vez tenían cuatro hijos menores; sin embargo, las conversaciones eran endulzadas con palabras como: querido, cielo, cariño, etc. Cuando Frank se animó a serle infiel a su mujer, con una compañera de trabajo, lo hizo por aburrimiento, tanto a causa del trabajo que poco lo motivaba, como del tedio familiar. La noche que volvió tarde a casa, se encontró con la sorpresa de una pequeña fiesta de cumpleaños, que él había olvidado. April se mostró sumamente cariñosa, los hijos demostraron más que nunca su amor y Frank se tragó sus remordimientos. Los siguientes días fueron de mucha comunicación y de un comportamiento cálido y hogareño.

April exigió un tiempo para conversar con su marido  a fin de hacerle partícipe de un plan urdido en grandes cavilaciones anteriores. Se trataba de un nuevo programa de vida. El plan consistía en viajar a Europa, vender la casa y establecerse en París. El sorprendido Frank terminó de escuchar a su entusiasmada compañera; trataba de distraer su empeño ante la idea de lo difícil que sería para él conseguir un nuevo empleo, el manejo de otro idioma y miles de detalles que no desanimaron a su mujer. Su estupor aumentó ante las palabras de April: No necesitas un empleo porque trabajaré yo… te dedicarás a leer y estudiar, dar paseos y pensar. Conoces un poco de francés y los demás  lo aprenderemos. Algunas embajadas pagan buenos sueldos a las secretarias…yo podría emplearme como taquígrafa y mecanógrafa… Él perdía todas las discusiones adoptando una resonancia tan teatral como la de ella. ¡París los esperaba!

Las palabras que aquella noche escuchó Frank, fueron recibidas con una sonrisa de alivio, la que tuvo que disimular tapándose la boca: Estoy embarazada . El tono y los gestos de April eran de franco desencanto y enojo. Las discusiones anteriores permanecían amortiguadas ante los nuevos planes, pero esa noche se elevaron las voces, el llanto corrió y April dio a conocer su decisión: Abortaría.

Frank había recibido recientemente un reconocimiento a su trabajo de promoción de ventas en la compañía. Uno de los altos funcionarios se había fijado en su creatividad haciéndole saber de las posibilidades para una mejor posición en el organigrama laboral. April ignoraba todo en medio del torbellino de sus planes para viajar a Europa. Comenzó a mostrar un desequilibrio emocional, dejaba a sus hijos encargados con la pareja de amigos vecinos y comenzó a dar largas caminatas. Se cuestionaba ¿Tener hijos, es una forma de castigo? Frank daba por cierto que los planes de su mujer cambiarían ante lo inesperado y él a su vez, se había prometido terminar rotundamente con sus infidelidades e iniciar un camino laboral prometedor.

Una tarde, April se dirigió a una farmacia para adquirir todo lo necesario a fin de provocarse ella misma un aborto. Lo último que hizo  antes de encerrarse en el baño, fue escribir un recado para su marido:  Querido Frank,  pase lo que pase, no te culpes de nada.

A Richard Yates se le ha considerado como el gran novelista americano olvidado del siglo XX. De él se dice que es el renacimiento de un genio oscuro.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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