Reflexiones

Malú Morales

Un Dios que perdió su brillo

¡El diamante había desaparecido! Dan aviso a las autoridades que se aposentan en el lugar de los hechos, entrevistan a la servidumbre, hacen un registro por toda la mansión, sin encontrarla.

¡Me quedé atrapada en la máquina del tiempo! …¡Me dejó instalada en el año 1868¡ Personas, personajes y sobre todo escritores me ven con cierta pena; entre ellos distingo a Wilkie Collins, ese escritor amigo de Charles Dickens que sin conmiseración alguna hacia  mi desamparo me reclama el porqué no lo mencioné en mi entrega anterior… qué pretendía yo ignorando la notable influencia que él, Collins, tuvo sobre Dickens con quien escribió al alimón algunas de sus obras; él, que le ayudó a organizar su vida y sus novelas. Me sacude con su altiva mirada de extravagante ciudadano, opiómano, bígamo y… –habrá que decirlo- maestro de la narrativa inglesa del siglo XIX… Un mal sueño, sólo un ¿mal? sueño.

De regreso a mi tiempo-espacio, a mi mundo actual, a este en el que una cruel pandemia de manera despiadada ha mermado la calidad de vida de los  seres humanos; busco refugio y mi tabla de salvación es esa que nunca me falla, que me conduce a otros mundos y a sueños inacabados…La lectura.

Elijo de mi precaria biblioteca un tomo hermosamente diseñado y me dejo envolver por el inmenso río de palabras que se encierran en un título: “La piedra Lunar” escrito por Wilkie Collins en 1868 y considerado como “la mejor novela de detectives de la literatura inglesa”, según otro grande como lo es  T.S. Eliot.

Se tiene registrada la historia de la piedra lunar a partir del siglo XI de nuestra era; las tradiciones aseguran que había permanecido engastada en la frente de una deidad India de cuatro manos que simboliza la luna; instalada en un recinto adornado de piedras preciosas bajo un techo sostenido por pilares de oro, custodiado por tres Brahamanes o sacerdotes que debían cuidarla de por vida y de generación en generación. El santuario del dios de las cuatro manos fue profanado y la piedra lunar de gran tamaño y brillo insuperable,  cayó en manos de un ejército invasor. La joya fue desplazándose de mano en mano, hasta llegar a un sultán turco que, obnubilado por la preciada joya ordenó que se colocara de adorno en la empuñadura de su daga; todo ésto en las postrimerías del siglo XVIII;  Collins nos narra que en el año de 1799 un ejército inglés entró en combate con Turquía y tras enterarse de la existencia de la gema, un militar de mayor rango dio muerte a su propietario, quien antes de morir lanzó una maldición: ¡la piedra lunar ha de tomar su venganza sobre ti y los de tu sangre!. La piedra permaneció, desmontada de la daga,  resguardada celosamente durante 50 años, hasta que el militar inglés retirado, decidió obsequiarla a la única hija de su hermana con el título de Lady. La fiesta del cumpleaños número 18 de Raquel Verinder está a punto de celebrarse teniendo como invitados a los amigos más cercanos y familiares. El día de la celebración, uno de los sobrinos de la señora de la casa, traslada en sigilo la preciada joya para cumplir con lo dispuesto por el último poseedor, en su lecho de muerte. Al final de la opulenta cena, el regalo es entregado a la destinataria, ante el asombro de los invitados que no dejan de admirar sus preciosas dimensiones y el espectacular brillo del  diamante, mismo que Raquel luce en su cuello, suspendido en una sencilla cadena de plata. Al final del festejo y habiendo quedado únicamente la madre de Raquel y dos sobrinos de su más entera confianza a quienes conoce desde niños y a los que invita a pasar la noche en la residencia,  la joven decide guardar su joya en un sencillo bufete destinado  a guardar cartas y recuerdos. La madre le advierte que dicho mueble no tiene cerradura, pero la joven le expresa su confianza:  en mi casa no hay ladrones .

La doncella de la joven que acude a despertarla al día siguiente, descubre que las gavetas del bufete de su señorita, están abiertas y que la joya, que los presentes observaron fue guardada la noche anterior, no se encuentra por ninguna parte. ¡El diamante había desaparecido! Dan aviso a las autoridades que se aposentan en el lugar de los hechos, entrevistan a la servidumbre, hacen un registro por toda la mansión, sin encontrarla. El sobrino que trasladó la joya para entregársela a su prima, propone que cada uno de los que estuvieron presentes, al menos los más allegados, narren por escrito sus apreciaciones sobre lo acontecido, durante y después de la fiesta. Collins, de manera muy eficiente y no con poca malicia literaria,  deja entrever que cada uno  de los participantes  son sospechosos  e inclinan sus sospechas sobre los demás;  de ese modo, serán los personajes quienes inducen al lector hacia una indagatoria detectivesca, narrando el mismo hecho, pero desde diferente expectativa. Todos son dignos de sospecha, todos pudieron robar la piedra lunar, lo único certero es que la magnífica joya ha desaparecido .

El final de la novela tiene tintes místicos y pone al descubierto la psicología a veces patética, a veces loable,  acerca de la reacción de quienes pierden algo importante de su existencia.

Se dice de este espléndido autor que ha tenido muchos seguidores como Henry James, T. S. Eliot,  o Jorge Luis Borges, entre otros.

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