Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Uno de los dos debe morir | Ecos de la larga noche del neoliberalismo

Gumersindo, de una bolsa de gamuza negra sacó una pistola de granada calibre 45 con silenciador. Le sacó 5 balas, dejó una en la recámara y enseguida la puso al centro.

Séptima parte.

El caos social que arreció desde mediados de los 60´s., no fue casual, más bien causal. Como bien lo señalara mi inolvidable amigo periodista Javier Valdés Cárdenas, afirmó que los narcos tuvieron la capacidad de seducir y corromper a una sociedad desamparada de valores, y a unas autoridades, de todos los niveles, incluyendo instituciones vario pintas que se escudan como benefactoras, se dejaron envolver en el oropel que provoca el exceso del dinero y el poder.

Fue por eso que la larga noche del neoliberalismo tuvo el éxito que se propusieron: beneficiarse en lo personal, sin importarles destrozar al pueblo de México.

Han pasado los años, a principios de los 80´s., Juan Antonio y Gumersindo charlan en la intimidad que han encontrado, estando recargados en el barandal de la iglesia La Lomita. Desde donde se vive, o se entristece al admirar el ocaso, indicando un día menos o un día más.

-Después de todos estos años, la vida nos ha compensado. -Sí, así es Gume, pero también nos ha cobrado. Tienes razón hermano Juan Antonio, y el precio ha sido alto, pero desde un principio pensé que así iba a ser. -¿Cómo¿ Tu imaginaste que perderíamos a nuestro hermano Jesús, a causa de la violencia del narco¿ -De un principio, no imaginé eso, porque yo entré en esto buscando la posibilidad de salir de la pobreza, en primer lugar, y en segundo, vengar a nuestro padre. Pero, las cosas se dieron diferentes, y me duele decirlo, pero a pesar de todo, salvo la tragedia de nuestro hermano, mis proyectos se han cumplido. Toda la familia ha tenido oportunidades, nuestras hermanas se han preparado, son profesionales, trabajan en lo que quieren y desarrollan lo que desean: una abogada con despacho contable y legal, otra restaurantera y una arquitecta prestigiada; nuestros hermanos menores también están bien orientados, pronto formaran parte de nuestro poderoso clan comercial. Lamento mucho que nuestro hermano Jesús, se nos haya desviado, en aquellos tiempos no teníamos los elementos, pero sobre todo los medios económicos para haberlo protegido cómo debió haber sido. –Tienes razón Gume. Ahora todo camina bien gracias a tus esfuerzos, tus riesgos y… -Y también a que ustedes han sabido responder.

-Te has quedado en silencio Gume, ¿pasa algo¿ -Sí, te he citado aquí porque tengo algo muy confidencial que decirte. Se trata de mi suegro. –Don Canuto Mendoza, te ha echado bronca. –No, se trata de algo más difícil y doloroso; porque cualquier problema de nuestros asuntos tendría solución. Y esta la tiene, pero a un precio muy elevado y peligroso. –Ha cabrón, me preocupas carnal. –Él fue el asesino de nuestro padre. ¡Nooo! ¿Estás seguro¿ -¿Supiste de la muerte del Comandante Mondragón¿ -Sí, antier le dieron 8 balazos, todos en la cabeza. Dicen que fue alguien que lo llevó a su casa en la madrugada, pero nada más. –Fui yo. -Tú! ¡Pero cómo! ¡Por qué! -El informe de su participación en el cobarde asesinato de nuestro padre, me la dio un subalterno, lo hizo por dinero. Su informe fue muy preciso; te cuento…

-Gume, hermano. Bien sabes que no necesito convencerte del amor y respeto que le tenía a nuestro viejo, y siempre pensé, igual que tú, en la venganza. Pero creo que debemos considerar en que fue una lamentable circunstancia, y tu suegro, es posible que ni siquiera pensara en los extremos del caso. Además, eres el esposo de su hija y… -Todo eso lo he analizado hermano, pero no creo poder aguantar ver a mi suegro sin que yo estalle. Ya lo tengo citado. –Sé que no darás marcha atrás. Gume, hermano, ojalá que los rezos de nuestra madre y de todos nosotros, tus hermanos, te sigan protegiendo.

Don Canuto Mendoza, llegó con quince minutos de retraso a la cita, era su costumbre. –Pase, señor Mendoza, le acompaño. El camarero abrió la puerta y cedió el paso. –Quedo a sus órdenes señores.

-Carajos, muchacho. Por lo que veo te me adelantaste. –No sé a qué se refiere señor. –A unirnos para la celebración de la llegada de mi nieto. Hace un rato, Laura me lo dijo. Está luria, igual que mi vieja, ambas ya están preparando todo para la llegada de ese chilpayate; porque seguro será machito; ya parece que lo veo montado en su pony; mandé que le compraran uno en una caballeriza de Toluca. Le voy a enseñar para que sea un buen jinete. Y claro, tú le enseñaras…

-Tomemos una copa, señor. –Sí como no, brindemos; ¡por tu hijo, mi nieto! –Gumersindo escanció wisky, más de la mitad en sendos vasos sin hielo, le extendió uno a su suegro. Sin decir nada, bebió poco más del contenido, mientras que don Canuto apenas dio un sorbo. –Tome un poco más, señor, lo va a necesitar. –Un tanto extrañado, Mendoza bebió, esta vez un trago más largo.

-Lamento mucho, señor, no tener su entusiasmo. Hay un asunto que no puedo evitar tratarlo con usted, y aunque el acontecimiento de mi hijo, que también es de su hija, es algo grande también para mí. Pero más grande es la pena que me embarga por lo que aquí, en este lugar, el asunto debe quedar zanjado entre usted y yo. –No…no entiendo que asunto puede ser más grande, que el nacimiento de mi nieto; si te refieres a los mandos, a… -No, no se trata del negocio. Se trata, de que he descubierto, que usted, fue el asesino de mi padre. -¡Qué! ¡De qué Diablos hablas! Muchacho. Yo no recuerdo haber conocido a tu padre… -¡Mi padre fue Pedro González! Hace 17 años, usted lo atropelló con una camioneta Willis por la calle Juan de la Barrera. ¡Me lleva la chingada! Muchacho. ¡Fue un maldito accidente! Tu padre quedó herido. -Sin embargo, usted admitió que Mondragón se encargara de él, sin duda usted sabía lo que podría suceder. ¡Maldita sea! Nunca imaginé… -Mi intención era matarlo sin más contemplaciones, señor, pero dadas las circunstancias, dejaré a la suerte que decida quién de los dos ha de morir, porque yo no podré aguantar sabiendo de su existencia en este mundo. Todo lo que he realizado desde aquella tarde que lo vi en su rancho, ha sido por encontrar el momento de vengar la muerte del hombre, sencillo y sacrificado que fue don Pedro González: mi padre.

Gumersindo, de una bolsa de gamuza negra sacó una pistola de granada calibre 45 con silenciador. Le sacó 5 balas, dejó una en la recámara y enseguida la puso al centro. –La ruleta rusa decidirá. Don Canuto permanece en silencio, el joven pone el arma al centro, y en un movimiento rápido, Mendoza la toma y jala del gatillo, en la segunda percusión sale el disparo. Gume mira horrorizado como la bala expansiva destroza la tapa craneana de quien fuera su suegro.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo