Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Vacunas ¿cuestión de albedrío?

Tomar la vacuna se ha vuelto un acto de amor propio y hacia los demás, ayudando a alcanzar una nueva normalidad que se caracterice por la calma y la recuperación del tejido social en lugar de la incertidumbre y el dolor que se ha vuelto parte del día con día.

El COVID-19 ha arrebatado, oficialmente, más de 4 millones de vidas en el mundo, aunque la Organización Mundial de la Salud estima que la cifra real de muertes podría ser hasta tres veces mayor a las reportadas. El virus se ha propagado y mutado exponencialmente en todo el planeta, destruyendo vidas, familias y la economía. Para contrarrestarlo, la carrera contra la pandemia trasciende fronteras mientras se busca alcanzar la meta: poner las suficientes vacunas para reducir la velocidad de contagios e impedir más muertes.

En esta misión cada segundo y ser humano cuenta; el coronavirus muta a pasos agigantados, volviéndose cada vez más peligroso y contagioso. Grupos poblacionales que solían considerarse menos vulnerables, como lo es el de los jóvenes, se han vuelto ahora grupos de alerta ante la enfermedad. Hace un par de meses, escribí sobre la llamada tercera ola, la cual se esperaba que, si permitíamos su llegada, sería devastadora en términos de vidas humanas y economía. Los llamados a ser prudentes y precavidos no faltaron, pidiendo a la población que evitaran actividades no esenciales hasta que la situación estuviera realmente controlada.

Sin embargo, no sorprendentemente, nos encontramos inmersos en una nueva crisis en México en la cual los contagios no han dejado de incrementar y alcanzar niveles alarmantes otra vez. Como hace un año, llegamos a julio con incertidumbre y preocupación, que se ha empeorado después de bajar la guardia ante la ilusión de tranquilidad que nos dio el inicio de las jornadas de vacunación. Por si fuera poco, la pobreza y la precariedad han aumentado a tal grado que regresar al cierre de negocios no esenciales sería un suicidio económico; pues hemos estirado la liga lo más que se ha podido y las cifras no mienten: hay casi 10 millones de nuevos pobres en México, de acuerdo con estimaciones del CONEVAL.

La única herramienta viable con la que contamos, no solo en nuestro país, sino en el planeta, es la vacunación, la cual lleva meses de haber iniciado en docenas de países. Las estrategias han variado: algunos, permitieron la incursión de la iniciativa privada en el proceso con el objetivo de tener un mayor alcance en menor tiempo, mientras que otros controlan el proceso de vacunación y lo van abriendo a bloques de edades en diferentes entidades y municipios.

Independientemente de la estrategia, es sorprendente encontrar, en pleno siglo XXI, personas que teniendo la oportunidad de protegerse a sí mismos y a los que los rodean, se niegan a aplicarse la vacuna con diferentes excusas: desde teorías de conspiración que hablan de vacunas como parte de un complot mundial para esterilizar selectivamente a la población o implantarles un microchip para conocer todos sus movimientos, hasta desinformación y miedo al proceso de vacunarse y los posibles efectos secundarios.

Por supuesto, las vacunas fueron creadas de emergencia y distan de ser perfectas, pero es lo único que tenemos en este momento. Se ha dicho hasta el hartazgo: cualquier vacuna es mejor que ninguna, aunque no ha sido suficiente para convencer a millones de escépticos en el globo. Autoridades alrededor de todo el mundo han advertido, también con éxito limitado, los no vacunados se convierten en tierra fértil para las nuevas variantes del virus, tornando el proceso de controlarlo cada vez más complicado y lento.

A pesar de todo, seguimos observando personas reacias a poner su granito de arena y contribuir a evitar muertes. Es cierto que nos encontramos en una época donde la libertad es una de nuestras más preciadas características. No obstante, parecemos olvidar que esta solo existe acompañada de responsabilidad. La decisión de vacunarse o no debe ser individual, en tanto afecte solamente a la persona en cuestión. En el caso que enfrentamos, tristemente, no es así. Vemos día con día apagarse preciadas vidas humanas por la falta de cuidados de los que los rodean, encontrándonos en un dilema de acción colectiva donde la decisión de uno afecta a docenas. Tomar la vacuna se ha vuelto un acto de amor propio y hacia los demás, ayudando a alcanzar una nueva normalidad que se caracterice por la calma y la recuperación del tejido social en lugar de la incertidumbre y el dolor que se ha vuelto parte del día con día.

Algunas naciones como Francia están recurriendo a medidas desesperadas para obligar a su gente a vacunarse si quieren seguir interactuando en sociedad, medidas que son recibidas con manifestaciones sociales y descontento al tiempo que sus ciudadanos se amparan, una vez más, en su derecho a ser libres de decidir. Ni siquiera tendríamos por qué llegar a eso, ¡nos están ofreciendo una opción para reducir en más del 90% la probabilidad de morir por COVID-19! ¿por qué tendrían que obligarnos?

Creo que, a estas alturas de la pandemia, son contados los que no han perdido a un conocido o ser querido por esta terrible enfermedad, mientras que otros llevan meses intentando recuperarse de los efectos físicos y psicológicos de los casos más agresivos en los que la enfermedad llega al cerebro y puede ocasionar una disminución de sus funciones y detonar casos de ansiedad y depresión crónicos.

Pensemos en todas las muertes futuras que podríamos evitar de aceptar nuestra parte como miembros funcionales de la sociedad, tal vez nuestra vacuna pueda salvar la vida de nuestra persona más amada. No es cuestión de albedrío, sino de responsabilidad… de convertirnos en héroes con algo tan sencillo como cuidar de nosotros mismos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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