Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Acuérdate bien

Acuérdate bien. Ya no eres una niña, ya debes saber que tu bienestar no se negocia. Que caminas pese a todo y que volaste pese a ella; sí, pese de tu propia madre.

Te lo dije. Bien que te dije que no perdieras el tiempo, que no escucharas. Eso ya es cosa sin vuelta. Quizá tú no lo recuerdes, pero la primera vez que te pasó, eso me dijiste, sentiste ahogarte. No comprendías por qué ese desprecio, por qué la rabia. Qué le habías hecho para que te humillara de esa manera. Llorabas y llorabas, querías aventarlo todo y largarte. Pero recordaste las palabras de tu madre que te había dicho que todos eran iguales, que cuando no tenían una cosa tenían otra; que mientras no te pusiera una mano encima la cosa no era para tanto. ¿Ya lo recuerdas?, esa tarde yo te dije que mi madre me decía lo contrario. Me decía que no aguantara nada, mucho menos un insulto. ¿Te acuerdas? No había cosas que te consolara, estabas lastimada, pero regresabas a la voz de tu madre diciéndote que tenías que aguantar. Que qué te creías, qué la vida era color de rosa. Eso me dejó pensando que a ella no le había ido nada bien. ¿Será que tu papá le había dado mala vida?, tan bueno que se veía él. Más bien yo hubiera pensado que ese pobre hombre, tu padre, era de esos señores que se tragaban todo. Que prefería dar la razón para evitar maldiciones de todo tipo: eres un cobarde, fracasado, irresponsable; quizá ella le decía ese tipo de cosas. ¿Nunca has pensado que ella es de esas señoras que se quedan con ellos pero que se desquitan de la peor manera haciéndolos sentir pequeñitos y bobos? No me respondas, no me digas nada. Aquella vez no te dije nada, cómo te lo habría preguntado si estabas tan desvalida. Necesitabas palabras de aliento. Lo que yo quería era que lo dejaras de una vez y no fueras como ella; sí, como tu madre. Que salieras de tu mundo de apariencia. Que dejaras de mostrar que vivías como una verdadera reina; en el fondo sólo tú sabías, pero las palabras de ella te seguían pesando mucho.

No había manera de hacerte entrar en razón, y una vez más te conté la misma historia. Acuérdate. Te conté la historia de mi abuelo; sí, ese que no conociste, porque de haberlo hecho te habría contagiado de su gentileza y alegría. Era de una humanidad infinita, de una gratitud que jamás pronunció dolencia. La gente sosa lo miraba como alguien sin orgullo, pero a él no le importaba aclararle nada a nadie. Quienes se permitieron tiempo con él ganaron sabiduría. ¿No te acuerdas lo que te conté?, la vez que le aventó la cobija a su mujer porque salió y le gritó cosas a la calle. Ella lo ofendió sin escuchar sus razones —hay personas a quienes les debemos todas las explicaciones del mundo, no te confundas— y lo corrió de su casa. Él se fue y luego ella le reclamó que se llevaba la cobija nueva. Él se detuvo. Sin voltear a verla le aventó la cobija y siguió su camino. Nunca regresó. Él, como tú, nunca leyó nada, pero sí conocía el valor de las palabras. No despreciaba la vida. Parafraseó la palabra dignidad mejor que nadie. Acuérdate bien. Ya no eres una niña, ya debes saber que tu bienestar no se negocia. Que caminas pese a todo y que volaste pese a ella; sí, pese de tu propia madre. Está bien, no se lo digas a nadie, te acabarían, pero sábelo tú. No olvides que hay gente que necesita mentirse a sí misma, no caigas ni recaigas en eso, como bien dice Cortázar. Ya salte. Salta. Callada, hazte a un lado. Qué más, aquí estoy, como siempre.

Recuerda. Acuérdate. Puedo escucharte toda mi vida, siempre lo haría por ti. Por nadie más, sólo por ti. Pero siempre te diré lo mismo; ese lobo, como el monstruo del viejo árbol, seguirá siendo tu pesadilla. Acuérdate bien. Recuérdalo cuando me haya ido, cuando ya no esté contigo.

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