Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | amor multicolor

En nuestra vida diaria, seres reales nos acompañan con su familiaridad y su amistad, ¿tendríamos que rechazarlos y juzgarlos por un aspecto tan personal e íntimo como su sexualidad?

Los ríos de gente me llevaron al corazón de la colorida fiesta en pleno centro capitalino. Tremenda marcha por el orgullo Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual, Transgénero, Travesti e Intersexual (LGBTTTI)… recordaba ese día mientras escuchaba en línea y tiempo real las diatribas por la aprobación del matrimonio igualitario recientemente aprobado de Sinaloa. Hemos normalizado tanto la agresión, el insulto, el odio y la violencia que nos escandaliza más cualquier expresión de amor.

Le pregunté a una señora en la calle ¿Qué es un homosexual?, ¿alguien que elige emocional y afectivamente a una pareja de su mismo sexo?, ¿alguien que se enamora de una persona del mismo sexo, aunque no exista entre ellos ningún contacto sexual?, ¿o aquel que mentalmente no se asume como tal, pero que tiene relaciones sexuales con personas del mismo sexo? “Nunca he considerado una deshonra entregarse en cuerpo y alma a una persona del mismo sexo”, respondió. Le agradecí con una sonrisa y seguí caminando. 

“Una marcha de orgullo porque no hay motivo para estar avergonzado, ni una forma correcta de ser gay”, rezaba un cartel.

Una marcha que por su exhibicionismo dejaba claro que no pretendía ganar simpatías, simplemente hacer visible una forma de vida para la que exigen respeto. Una marcha a la que se unieron los llamados muxes —una comunidad gay de Oaxaca que llama así a sus hombres y ngui’u a sus mujeres, y que ha vivido su sexualidad con naturalidad y sin aspavientos—. Al parecer esta comunidad zapoteca ha admitido un tercer sexo desde tiempos prehispánicos, mucho antes de que el mundo hablara de los derechos homosexuales. Sin aparatosos reflectores, los muxes han vivido abiertamente su preferencia sexual y tienen por tradición ayudar a sus familias y quedarse con ellas si es necesario. Es un orgullo y un alivio que haya un muxe en la familia.

Seguí en línea y escuchaba a una señora que decía que jamás apoyaría a su hijo si éste le confesara que es homosexual. Me habría gustado estar a su lado y leerle una confesión —dentro de un ejercicio literario— que hizo un estudiante de bachillerato. Creo que después de escucharlo no se atrevería jamás a repudiar a su propio hijo; quizá sólo lo abrazaría y caminaría orgullosa a su lado por las calles. 

Dos personas adultas que consienten es la mayor muestra de respeto que podemos asumir ante las personas que deciden y eligen su sexualidad. Tal aceptación contribuiría a evitar, quizá, algunas de las perversiones más reprobables: la pederastia, la zoofilia, la necrofilia y muchas de las filias conocidas. La historia nos ha mostrado grandes personajes homosexuales, sobre todo en el mundo del arte, que nos han regalado su legado, su conocimiento y su belleza. En nuestra vida diaria, seres reales nos acompañan con su familiaridad y su amistad, ¿tendríamos que rechazarlos y juzgarlos por un aspecto tan personal e íntimo como su sexualidad? Una sociedad tolerante será siempre una sociedad más sana y justa.

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