Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Aquí y allá

“Pues qué te digo, que vivo de milagro. En realidad, ahora ya no necesito tanto, ahora soy un hombre adulto y tengo riqueza, de pensamiento, claro”.

¿Dónde está la cola? Claro, la cola, no tengo por qué decir fila si no soy chilanga. Nosotros decimos cola y yo siempre diré cola… Una cosa es contárselos, pero escuchar lo anterior, en plena tarde otoñal, es un burdo desfiguro.. La joven mujer hablaba puro improperio sinsentido. El micro-monólogo, defensa innecesaria, salía de una boca femenina que se encontraba frente a la barra de un variado y suculento bufé. Obvio decir que, entre la comida, eligió la de su tierra y le hizo el fuchi a todo lo demás. La escena me hizo recordar los debates entre el aquí y el allá; en las eternas defensas, comparaciones y léxicos; en esos personajes que estando aquí siempre estarán mejor allá, pero que estando allá alabarán las maravillas de aquí.

Sólo quería robar miradas, llamar la atención. Remarcaba su acento, gesticulaba, buscaba ojos cómplices, pero ni quien se percatara; en una ciudad tan atribulada esos desplantes a nadie le importan. La fila avanzaba y la fuereña notaba el desaire. Con plato en mano y degustando los antojitos de su tierra, se le hacía agua la boca al ver pasar las enmoladas, el chicharrón verde y los tacos de canasta. Ni como retractarse. Estaba recién llegada y todavía pesaba mucho todo lo de allá. Quizá no todo… Lo vio pasar; apenas disimuló. ¡Qué mirada! Y esos ojos. Quién era él. ¿Será de aquí? Quiso acercarse, preguntarle algo. No hubo tiempo, llegaron sus amigos. Ella, sólo aguzó el oído…

“Lo conocí en las redes, como a todos. Apenas el domingo pasado”. Luego de escuchar un rato, algo no encajaba. Claro, claro, no hablaban de las redes que ella conocía. Él se refería a las físicas, a esas que están en los campos y atrapan goles, y a las otras que atrapan peces. Esas donde ellos toman y saltan; donde se exacerban y se apaciguan. Esas redes en las que ellos se confiesan lo poco a lo nada que se confiesan. Sí, esas físicas que se ven, que se tocan, que te atrapan. Las otras, en las que ella pensaba, en las que ella se movía, estaban lejos de él; de él, el inalcanzable, el naturalista; de él, el extravagante; de él, el que vive sin prisa, sin conciencia del tiempo; de él, que prefiere llegar caminando a un lugar y contemplar el paisaje a su paso. En definitiva, ese no era de allá. ¿Era de aquí?

Él continuaba… “pues qué te digo, que vivo de milagro. En realidad, ahora ya no necesito tanto, ahora soy un hombre adulto y tengo riqueza, de pensamiento, claro. Y tú, qué, ¿vienes de la iglesia? Haces bien, los creyentes siempre se salvan, se salvarán todos. Pobre de nosotros, ni aquí ni allá nos salvaremos”. ¿Quién era este tipo?, tan guapo y tan normal que se ve. Lástima que le falte más de un tornillo. Pensativa, siguió degustando su delicioso taco; aunque en realidad no los hacen como allá. Seguro no le ponen… se distrajo. El tipo abandona la escena y camina hacia la calle. Ella lo sigue con la mirada. No le pierde detalle. Queda estupefacta cuando lo ve subirse a una Harley; sin prisa se perdió en el camino.

Buscó un cesto de basura; tiró su plano desechable. ¿De dónde era él?, ¿de dónde era ella? Se sentó, contrariada, en una banca. Vio a los comensales que gustosos comían de pie. Observó a los amigos del tipo, quería descifrar más de él; no logró deducir nada. Tan sólo notó que sopló el viento y con éste cayeron hojas de los árboles. Hojas ocre, como había visto en otra parte.

Comentarios: [email protected]

Síguenos: @mariajuliahidalgolopez

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo