Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | El ignorado gatito

¿En qué especie nos hemos convertido para ser capaces de anular la vida de los otros?

“¿A usted qué le importa?, el gato es mío”. Eso respondió mi amable vecino al decirle que el suyo llora día y noche; después de conocer al neurótico señor, ahora sólo pienso en el sufrimiento del minino. ¿Cuánto puede llorar un gato?, no lo sé, —no sé si llora—, pero éste maúlla y yo alucino que me pide auxilio. Con la llegada del gato, ahora ando muy sensible al tema animal. Justo escuché que una chamaca le decía a otra: cástrala, así no tienes que preocuparte cuando salga a la calle. Es tan salvaje que el otro día se encrespó con un chihuahua. ¡Cástrala!, así de simple, la recomendación salió sin empacho.

¿En qué especie nos hemos convertido para ser capaces de anular la vida de los otros?

Allí están perros y gatos con dos amos decidiendo altivos sus miserables vidas. ¿Contrariedades del mundo filantrópico? Animales rescatados de la calle, hacinados y abandonados a la disposición y tiempo de sus nuevos dueños. Perros a quienes les han privado su derecho a reproducirse y a revolcarse en el lodo, a correr y ¡labrar!; lángaros a quienes les propinan tremendo chanclazo cuando labran y gruñen.

Apenas unos indefensos animalitos delata el salvajismo que llevamos dentro. Basta ver cómo se vociferan insultos parejas humanas en un lugar público; cómo un pervertido y vulgar libidinoso asecha a una jovencita que exhibe sus piernas cruzadas en el camión urbano; cómo se arrastra quien quiere conseguir algo; cómo asechamos a quien sentimos indefensos o qué manera tan cínica tienen otros de clavar el diente y luego cerrar el… la boca. Cuántos seres debieran estar enjaulados, y cuanto animalito tendría que andar gozando libre por el mundo.

¿Cuándo nos habrá nacido el gusto de encerrar a los animales?, ¿por dejarlo solito entre cuatro paredes. Una mascota que nos haga compañía ¿y qué hace ésta cuando nosotros no estamos? ―que es casi todo el día― seguro llorar y llorar. Pero por la noche llegará su dueño y le dará su galleta, lo sacará al parque, convivirá con otros dueños y hablarán de lo que más les conviene a sus bebés.

Me acabo de enterar que el gatito que vive en el piso, arriba del mío, se llama Mateo ―igual que el hijo de mi amiga―. La dueña lo tiene encerrado en un cuarto de su departamento porque en el resto del espacio ―50 metros cuadrados― viven cuatro perros que también ladran y ladran, supongo que así hablan entre ellos y se cuentan las peripecias que les hace vivir su dueña. En cambio, el pobre y lindo gatito ―imagino― sigue pidiendo auxilio y se llena de frustración porque no logra entender qué hace en ese lugar. En otro plano, en el mundo humano su dueña no pierde oportunidad para criticar a quienes no tenemos animales; nos tacha de insensibles descorazonados. Si supiera que yo sólo pienso en el encierro de ese “rescatado” gatito.

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