Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | El viejo alquimista

En el mundo de El viejo alquimista existen los otros, esos a quienes las autoridades escuchan con gran respeto, que gozan de grandes bienes y privilegios; además de que comen deliciosas viandas; son los llamados alquimistas gordos —son todo un caso—.

En memoria del doctor Ruy Pérez Tamayo, quien hoy 27 de enero, a la edad de 97 años, deja su forma natural de vivir.

Lo encontré allí, entre muchos otros, en una tienda se segunda mano. Lo tomé y no era uno más; en sus páginas se interna una historia fascinante de mundos lejanos, de ambientes ensoñadores, de preguntas fundamentales, de existencias divinas, de incógnitas eternas, de enanos tuertos… y, lo mejor, de un viejo encantador que entre sus muchas virtudes habla con los animales y observa la danza del fuego. El viejo alquimista pertenece a un reino donde el conocimiento, el saber, la verdad, el arte alquímico, la sagrada cábala, la tercera ciencia, la maravillosa piedra filosofal… conforman toda su existencia. Todo contado por un sabio y viejo alquimista.

“Que cuántos años tengo?… La verdad no lo sé exactamente. Apenas ayer, cuando era niño, todavía existían dragones que guardaban celosamente la entrada de las torres donde bellas princesitas esperaban impacientes ser liberadas por jóvenes y apuestos caballeros…”, nadie sabe la edad del anciano, sólo sabemos que vive en una ciudad antigua y lejana, en una casita cercana al Antiguo Colegio Real. El viejo alquimista, como tantos otros sabios de su época, se dedica a la búsqueda de la Piedra Filosofal, esa materia pura y maravillosa que perfecciona todos los cuerpos que toca; pero él, además, recorre las praderas, observa respetuoso la naturaleza, habla con los animales y fuma ensimismado su puro viendo la danza del fuego frente a la chimenea.

En cada reino, en cada ciudad, hay un consejo de sabios; personas notables y dedicadas a la búsqueda de la piedra filosofal, pero el presupuesto dista mucho de una ciudad a otra y la del viejo alquimista pertenece a un reino pobre; goza de pocas ventajas —no tiene ayudantes de laboratorio ni viaja para recoger los adelantos logrados por sus colegas—. En el mundo de El viejo alquimista existen los otros, esos a quienes las autoridades escuchan con gran respeto, que gozan de grandes bienes y privilegios; además de que comen deliciosas viandas; son los llamados alquimistas gordos —son todo un caso—.

Hay un premio anual al que todos los alquimistas —gordos y flacos— aspiran, y quien lo gana pasa a formar parte de un selecto grupo de Infalibles; sobra decir que ese premio siempre lo gana un alquimista gordo. El grupo de selectos Infalibles es el que dicta la dirección del Gran Trabajo; el procedimiento más refinado para obtener la piedra filosofal. Como es de suponerse, nuestro amigo, el viejo alquimista, es desplazado de su cargo de sabio; sucedió el mismo año que el ganador del Premio LeBon dispuso que el conocimiento debía seguir la línea marcada por los grandes gobernantes.

Leía y leía la historia y no dejaba de encontrar similitudes con los tiempos actuales, todo eso que vemos ahora en el ámbito académico y científico. Me dio por pensar que justo la ciencia —tal como lo muestran el concilio de los sabios de la historia escrita por el doctor Ruy Pérez Tamayo, doctor investigador del Hospital General de México, miembro de El Colegio Nacional y otras distinguidas ocupaciones— no dista mucho de lo que sabemos ahora sobre el trabajo científico. Escrito en 1974, El viejo alquimista es un libro de una hermosa prosa que trata el tema del trabajo científico, de los grupos, las alianzas y del verdadero destino que va tomando la ciencia cuando se anteponen intereses que no le son propios. Con una narrativa tan sencilla y fascinante, que fácilmente podríamos entender muchas de las grandes discusiones filosóficas de todos los tiempos.

El gran día llegó y todos los sabios asistieron a la celebración de las Disputaciones —el congreso de notables—. Sultanes, reinas, príncipes, doncellas, trovadores, carrozas, unicornios, joyas, ejércitos, excelentísimos, honorables, súper secretarios…nadie faltó. También llegó el Gran Maestro y el Alquimista Joven, pero lo que hacen los alquimistas gordos es tan ordinario y vulgar que nada tiene que ver con el amor al conocimiento y a la ciencia.

El viejo Alquimista es un libro tan mágico y a la vez tan lleno de lucidez, belleza y sabiduría que no querrás más que descubrir cuál fue el destino de nuestro viejo, culto, noble, amoroso, justo y sensible alquimista —y cuáles sus razonamientos—. Quieres el tuyo, búscalo en El Colegio Nacional http://colnal.mx

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