Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Exageraciones

Señor y padre del niño regordete, su hijo no ganó peso de la noche a la mañana, así como tampoco lo bajará en una extenuante caminata.

Entre los escaladores se encontraba un fatigado regordete al que todos empezamos a ver con admiración por la intrépida hazaña que acababa de emprender. Al parecer, el primer tramo lo avanzó sin dificultad. A los pocos minutos, apenas unos metros cuesta arriba, se empezó a escuchar el sofoque del chamaco. Seguro se regresa, anticipé. Pero una voz nada cordial empezó a vociferar: “ándale, tienes que subir”. Vinieron las respiraciones entrecortadas.  “Por eso estás como estás porque no haces ejercicio y te la pasas tragando”. A las respiraciones sin aliento le siguieron sollozos temerosos. “Papá… ya no puedo”, decía la voz infantil suplicante. “Ahora subes porque subes”. Padre e hijo hacían paradas intermitentes para dejar avanzar a quienes veníamos detrás por el angosto camino, no sin recibir miradas consternadas de los andantes.

“Señor, su hijo ya no puede”, no me contuve. “Y a usted qué le importa”, fue su grosera respuesta.

El resto de mi caminata la hice pensando en el desdichado niño. ¿Hablan de maltrato escolar?, ¿no será que los niños ya llegan a la escuela con bastante desprecio de sus padres? El día terminó y no logré ver que el niño y su padre llegaran a la cima del Tepozteco. No supe cuál fue el desenlace de ese paseo ‘familiar’, pero seguro el niño lo único que quería era borrarse del mapa. A los padres que tienen hijos gorditos, y que les avientan a éstos la responsabilidad de su propio estado, les haría bien recordar cómo los están alimentando. Un doctor me dijo que los bebés que recibieron antibióticos de amplio espectro (aquellos que atacan una gran gama de bacterias), antes de los dos años de edad, tienen mayor probabilidad de desarrollar problemas de sobrepeso. Debe ser que a ese niño, igual que a mi vecinito, su mamá lo atiborraba de antibióticos cada que le escurría la nariz, y para compensarlo lo mandaba a la escuela con su mochila y su mini-mundo: mini-jugos, mini-sabritas, mini-leches de sabores, mini-quesos, mini-galletas, mini-chocolates, mini-bebidas.

Creo que  ambos niños está engrosando las cifras de los obesos del futuro. Como decirle al padre, quien ya me había tachado de metiche, que en lugar de mini-alimentos (que estoy segura le da al chamaco) le de barras de amaranto; alimento prehispánico con alto valor nutricional. Mi amiga la vagan la usa para desintoxicar el organismo y para tener su buen aporte de proteína, que según ella y la FAO, es muy superior al contenido del maíz, arroz y trigo.

Señor y padre del niño regordete, su hijo no ganó peso de la noche a la mañana, así como tampoco lo bajará en una extenuante caminata. Lo que sí puede pasar es que su hijo sienta que tiene a los enemigos más cerca de lo que piensa, y puede ser que sí. Bastante tiene la criatura con los kilos que trae encima como para hacerlo sentir un horrendo ballenato. ¿Son las prisas, la ignorancia o la pobreza los culpables? Quizá todos juntos o quizá ninguno y yo estoy exagerando un poco, producto de la cuesta de enero.

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