Reflexiones

María Julia Hidalgo

La-chica-con-zapatos-de-cabaretera

Todo parece tan al alcance, que basta estirar el brazo y sacarlo del aparador para quedar bien satisfechos

—Ya te dije que no uses esos zapatos, además de deformarte el pie te hacen ver como cabaretera. —Mamá, cómo te explico que es lo único que encuentro en las tiendas, acompáñame un día para que veas. Escuché eso y fui yo la que echó ojo a los aparadores. La joven tenía razón, a donde voltearas la oferta era la misma no sólo en zapatos sino en ropa, accesorios, decoración, comida, bebidas, destinos… todo homogeneizado en su supuesto mundo de libertad y alternativas. Muchos asegures en el  universo de la moda, la oferta y demanda. Para salir de dudas, qué mejor que un taxista, —siempre conocedores—. El hombre al volante, me decía que su trabajo estaba ‘muy flojo’ porque ahora los turistas ya no toman un taxi para visitar el lugar: “todos traen su paquete all inclusive. Hasta los restauranteros han empezado a protestar porque nadie come en sus restaurantes. El hotel les incluye todo”. El hombre tiene razón, el panorama que predomina en el sitio turístico son los camiones ejecutivos desplazando decenas de paseantes a los destinos sugeridos sin tener siquiera que comprar un helado o un coco en el puesto de la esquina. Apenas un poco de atención y los zapatos de la adolescente te llevan a la cuenta de que no sólo los aparadores dictan el estilo o los all inclusive programan la diversión, el menú —¡tremenda comilona! mañana, tarde y noche—, los souvenirs, el fondo de la selfi, sino que también tenemos la tranquilizadora anuencia para enfermarnos, la proliferación de farmacias tienen precio para todos los bolsillos. Con tanta oferta a la mano hay que ser muy necio para no aprovechar y multiplicar nuestro dinero; comprar de todo para prevenir, y rellenar el botiquín para el camino. Reflexionas un poco y deduces que si ahorras tanto a la hora de comprar, habrás multiplicado tu dinero, pero no, ni siquiera hay tiempo de acariciarlo un poquito y decidir qué cosas interesantes podemos hacer con él, algo así como sentarnos en plena banca de concurrido parque, saborear tremenda concha glaseada, ver pasar a los transeúntes —darle  glotona mordida a una concha glaseada— e imaginar la idílica compra que trae en la cabeza la chica-con-zapatos-de-cabaretera, cuál es el origen del turista —darle otra mordida más sosegada a la concha glaseada— y con qué medicamento saldrá la señora que recién entró a la farmacia —quien a buen ver ha salido con sonrisa de recuperada— Apenas un rato, saboreando la exquisita concha, nos damos cuenta del laberinto comercial en el que contentamente nos hemos enfrascado. Sigues observando y descubres que madre e hija terminan en profunda y amigable plática; la segunda admite que en efecto estamos burdamente prostituidos, que ni siquiera puede dar paso con la desequilibrada plataforma; la primera piensa en lo cosificada que están sus vidas. Todo parece tan al alcance, que basta estirar el brazo y sacarlo del aparador para quedar bien satisfechos.

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