Reflexiones

María Julia Hidalgo

Otras cuarentenas III

La única que saldría ganando sería yo, pensé. Él, en cambio, parecía que había probado el más dulce buñuelo; hablaba feliz como un niño que sale de la escuela.

Lo más que he compartido con mi colega, en esta cuarentena, son recetas de cocina. Bastó que le enviara la foto de un ceviche de camarón para que relajara su ser. Ignoro qué afectaciones ha vivido al respecto, pero eso es secundario, lo que abrazo es haber roto ese bloque de hielo y haberle provocarle la explosión de emociones que me ha manifestado; aplaudo haber entrado en su mundo gustativo, haber tocado ese universo personal que ahora, en tiempos modernos, queda tan relegado debido a los memes que nada dicen de nosotros. En tiempos de encierro, agradezco recuperar el sosiego con un inofensivo intercambio de sabores.

Admiro tanto a mi colega, que me ha fascinado saber qué deleites lo alimentan y que secretos lo resguardan. En ninguna otra circunstancia me habría atrevido a preguntarle algo tan íntimo. Ahora confirmo que la cocina nos sigue hermanando, abrazando, congregando —aunque menospreciemos ejercerla—. “Yo no estudié para meterme a la cocina”, me dijo una amiga citadina ninguneando tan sacramentada labor. Debe ser que soy de rancho, fue lo único que osé responder. Pero bueno, pese a la abulia de algunos, creo que no ha habido fogón que no sacie hambres de todo tipo; que a un laborioso plato no lo siga la más desenfadada y/o profunda sobremesa; que el deleite no nos remita a históricas vivencias personales, amorosas, familiares; que luego de un arduo día no haya una sopa caliente que nos calme; que tras un colérico arrebato no haya postre de chocolate o aromático café que lo diluya; que no haya titánico negocio que no se cierre en torno a la mesa; que luego de tremendo susto no haya bolillo que lo espante.

Todo empezó con la foto. Él, tan sensible como es, me dijo: “hagamos otra cuarentena”, ¿cuál?, compartirnos “las” recetas, ¿“las”?, sí, esas que no compartirías con nadie más. Mira, me dijo, dicen que los gringos están gordos porque comen mucho y mal, cosa que es cierta, pero no creo que se deba a sus excesivos desayunos. Esa ha sido una crítica voraz de los franceses quienes rompen el ayuno con un ridículo petit dejeuner, tan esnob y ofensivo para los requerimientos del cuerpo. Ante tremendo ímpetu no pude más que aceptar su reto. La única que saldría ganando sería yo, pensé. Él, en cambio, parecía que había probado el más dulce buñuelo; hablaba feliz como un niño que sale de la escuela. Me compartió su primera receta y con ésta un: “nunca refrigeres los tomates, éstos perderán su sabor. Si lo haces, sácalos un día antes de cocinarlos”.

Le conté lo frustrada que se sentía mi amiga al visualizarse cocinando un huevo. Él citó lo siguiente: “El hombre se realiza como homo faber al trabajar con sus manos; el error es que ahora todos queremos ser homo sapiens…que no se exagere el desarrollo cerebral a costa de las manos”, Arreola. Creo que tu amiga envilece los trabajos manuales sin darse cuenta de que así traiciona a su naturaleza; seguro ella estudió en una universidad moderna. No sé donde estudió, se cuelga tantos títulos que ha olvidado que con el maíz se amasan las tortillas. Se asombraría saber de los secretos naturales que descubrió Sor Juana estando guisando. Tales fueron que dijo que si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito, terminó.

Satisfechos y pletóricos, nos sentamos cada semana frente a la pantalla. Brindamos y vamos degustando los respectivos platillos. Mientras él me desvela que la nuez moscada da más sabor a la crema de betabel, yo le comparto que el chipotle le da un sabor indescriptible a la gallina pinta.

Comentarios: [email protected]

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

Reporte Espejo