Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Presencias

De frente, con la mirada sostenida, vi la foto que encontré hurgando en el buró. La sostuve en mis manos y fui feliz como perro, al volver a ver tus ojos. La coloqué en un portarretratos, y sin reclamos, sostuve el inacabado diálogo contigo.

De frente, con la mirada sostenida, sin reclamos de nada, logramos sostener, al fin, un diálogo después de tantas ausencias. El encuentro fue directo, sin preámbulo; así, como un regalo navideño, simplemente se dio. Tal como ocurrió aquel día. Un día más sumado a las inevitables despedidas, esas que empezamos a presenciar desde que nos quedamos solos y asustados frente a la reja de la escuela, hasta la otra de mano agitada cuando el camión gira sus llantas en reversa y vemos que la ventanilla se lo lleva, se va, se pierde.  Así también, aquel día, simplemente pasó. Hace tiempo sé que todas las cosas son transitorias; las personas que pasan por nuestra vida llega el momento en que también, como una pluma al viento, se van. Lo vivimos, lo sabemos, pero también es necesaria o útil o hermosa la ficción de que todo es firme, seguro, inmutable. Seguir. Tener la certeza de que habrá algo que no se marchará, que se quedará con nosotros y nos sostendrá como roble apenas un soplo. No importa el deseo, todo pasa. Y así, como el regalo navideño, como la pluma al viento llegamos a concluir que alguien a quien queremos se va de nuestro lado, sin la intención o la probabilidad de volver. Convencidos o no, despedimos sonrientes o mostramos la espalda en señal de indiferencia: no importa qué, igual se va, se empieza a morir un poco todo eso que fue. Queramos o no, así, a fuerza de despedidas nos vamos acostumbrando a los adioses. Lo más grave, nos vamos adaptando a las partidas. Queriendo o no, vamos levantando el brazo con más soltura y mostramos la sonrisa conformada. Lo grave, lo peligroso es que a fuerza de repetirlo, el acto de decir adiós, de ver que alguien se marcha para siempre, o sin apenas la probabilidad de volver, se transforme es un hábito insensible. Lo terrible es, sería, escuchar a un amigo decir que se va, insisto, sin la probabilidad de volver, como si dijera que hace calor o que está nublado. Saber de la partida del ser que amamos y perder con ello la posibilidad de percatarnos cuánto se va con él, algo irrecuperable se aleja, nos arranca y allí estamos nosotros parados, al borde, en el muelle, el aeropuerto, la terminal, levantando la mano para decir adiós. Un cruce apresurado de miradas: ¡vete pues! El tiempo nos dirá, habríamos de perder la lucidez al saber todo lo que se va con ese adiós.

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“Ya llevaras tres días de camino”, le respondía mi abuelo cuando ella le anunciaba que iría a visitar a su hermana. La abuela entristecida sólo deseaba un: te extrañaré. Él no tenía otra forma de decir que ya lo hacía. 

No te canses, no te enfades, no abandones… quizá soy como ese perro que mueve la cola cuando te ve llegar; quizá sólo soy como ese perro que se derrite de contento cuando escucha tu voz… Esta noche de fin de año, concluyo que me aterra tu partida. No quiero acostumbrarme a tus silencios, a tu ausencia de miradas, a tu falta de ternura, a la alegría a tu sonrisa que ilumina las presencias más opacas. No quiero acostumbrarme a tu partida y razonar tu ausencia como un todo perdido. No quiero carecer de biografía, no quiero perder el trazo, apenas el hermoso rumbo que he vislumbrado contigo.  

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De frente, con la mirada sostenida, vi la foto que encontré hurgando en el buró. La sostuve en mis manos y fui feliz como perro, al volver a ver tus ojos. La coloqué en un portarretratos, y sin reclamos, sostuve el inacabado diálogo contigo.

Querido lector, que este año que inicia las presencias sean tan plenas como las ausencias. ¡Feliz 2022!

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