Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | ¡Yo le creo a ella!

¡Yo sí te creo!, porque eres mi hija, mi hermana, mi madre, mi abuela, mi maestra, mi barista, mi pastelera, mi costurera, mi peluquera, mi sirvienta, mi vecina, mi comadre, mi ahijada…

¡Yo sí te creo!, pronunció eufórica la consigna feminista. ¿Y, a mí no me crees?, dijo la otra. Aquí no hay hombre de por medio, la duda está entre las dos mujeres; entre sus dos versiones. Ella me difamó, abusó de mi confianza y mustiamente fue regando su injuria. Dime, ¿a quién le crees cuando dices, Yo sí te creo?, ¿me lo dices a mí, a ella? Te reclama, dice que no necesita probarte nada, dudas. ¿Quiere decir que no crees en la otra, en su palabra? Pero si a ella le dices lo mismo, ¿entonces no crees en la mía?, insiste. Creerás a quien te dijo primero. Eso me hace pensar que no crees en ella, ¿en la otra tampoco? No es un poco aventurado lo que dices. Si le crees a ella, entonces quién me cree a mí. Me trató con la punta del pie, se ensañó conmigo; es mala; déspota, engreída, humillante. La escuchas y no hay duda, la sientes indefensa, es claro, ella es la víctima. Sí, algo habías escuchado, no pueden ser coincidencias. Te basta su palabra; es parte del grupo. Y a la otra ¿dónde la dejas? Ella ya se encargó de destruirla. Todas tomaron la consigna y se la apropiaron a la primera; a la primera que anunció los hechos, sus hechos. Tendrías que saber que existen dos versiones, al menos dos versiones; luego viene la tercera, la tuya; que no la suya no la de ella. Si todos coinciden y todas le creen, esa será la versión real. No las quemaron a todas por la injuria conjunta, porque bastó que una, primero, en este caso, una primera, diera el grito y todos salieran con piedras y palos. Dónde quedó el tiempo, ¿dónde la sana y reflexiva distancia? ¿No estarás segregando con tu propia euforia? ¿Marginando a quien ya le quitaron la voz? ¿No estarás echando abajo la propia?

¡Yo sí te creo!, porque eres mi hija, mi hermana, mi madre, mi abuela, mi maestra, mi barista, mi pastelera, mi costurera, mi peluquera, mi sirvienta, mi vecina, mi comadre, mi ahijada… yo sí te creo porque viniste a mí, porque te vi llorar, porque pasé lo mismo, porque entiendo tu dolor, porque nadie me creyó, porque crecí sufriendo, porque no tuve confianza, porque dije ya no…

¡Yo no te creo!, sí, no te creo porque le creo a ella, preciso, porque no es mi hija, ni mi hermana, ni mi madre, ni mi abuela… le creo porque no necesitó de mí, de mi aprobación, de mi verdad, de mi juicio, de mi consuelo. Yo no te creo, porque le creo a ella, porque quién soy yo para darle salvación, porque quién soy yo para castigarla, para creerte a ti y no a ella, para sacarla del grupo, del equipo, de la familia, de la comunidad. Quién soy yo para sentarla del otro lado y darle mi indiferencia. Ecléctica, indefinida, ascética, demediada, intermedia… despegada; sin apegos, en equilibrio. Apenas construyéndose, apenas una vida, una voz, un concepto.

¡Yo sí te creo! ¿no le creo a la otra, te creo a ti, no le creo a ella?

Se fue por el camino, quedó callada, muda, sola. No quiso pronunciarse más, no fue necesario, nadie le creyó. Ya no importaban los gritos al viento; ni siguiera el de la fuerza de Munch. Ninguna falsa versión la sostuvo, ella se creyó. El día menos pensado cayó la lluvia, corrió el agua, barrió todo. Yo sí me creo, le creo, te creo, lo demás ¿qué importa?

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