Cada vez que el mundo entra en una etapa de tensión política, ocurre algo predecible: las prioridades ser reordenan. No porque cambien las necesidades humanas básicas, sino porque se instala la idea de que estamos ante una situación límite. Crisis, amenaza, colapsos, guerra. El lenguaje varía, pero el mensaje siempre se reduce a “No es momento para exigir derechos, es momento de sobrevivir

Esto se repite cada que el escenario internacional se endurece. Conflictos armados, disputas geopolíticas, ascenso de la ultraderecha y discursos que prometen orden construyen una sensación de emergencia permanente. Bajo esa lógica, todo lo que no se considere “esencial” queda relegado; el problema es que su concepto de “esencial” es muy estrecho.

En las ultimas semanas, el clima global vuelve a tensarse. Venezuela vuelve a ser tema popular en la conversación internacional, Irán sigue siendo punto de conflicto, y los discursos autoritarios ganan terreno en distintos países prometiendo control y seguridad. Estados Unidos retoma un papel protagónico como actor que presiona, sanciona y decide que democracias merecen respaldo.

Nada de eso ocurre lejos de México

Cuando el mundo se reacomoda desde la tensión, países como el nuestro quedan en posiciones clave: somos frontera, territorio de tránsito y espacio de contención. Cada crisis global tiene efectos concretos aquí: mayor presión migratoria, endurecimiento de políticas de seguridad, aumento a la violencia contra las mujeres. Todo se justifica en nombre de la estabilidad.

Es en estos contextos, los derechos de las personas suelen ser los primeros en ceder. No porque desaparezcan de los discursos oficiales, sino porque se vuelven secundarios. Se habla de ellos, pero se subordinan a otros intereses: control territorial, acuerdos internacionales, estabilidad económica y política. Como si los derechos humanos fueran un lujo reservado solo a los tiempos de calma.

El problema no es la preocupación por la vida. El problema es qué vidas se consideran prioritarias

Cuando hablamos de sobrevivir, rara vez se piensa en las mujeres que sobreviven a la violencia, en las personas migrantes que sobreviven al abandono institucional, en las personas trans que sobreviven al odio, en periodistas y defensores que ya sobreviven a las amenazas. La supervivencia que se coloca en el centro suele ser la de un sujeto especifico: nacional, productivo, armado o protegido por el Estado.

Todo lo demás se presenta como sacrificio necesario.

La ultraderecha ha sabido explotar este marco con eficacia. No se necesita eliminar derechos humanos de los discursos oficiales; les basta con ponerlos en pausa. Convencer de que hay una guerra -cultural, política, moral- y que en la guerra no hay espacio para matices. Así, la militarización se vuelve razonable, la exclusión se normaliza y la desigualdad se justifica como costo inevitable.

México no está fuera de esa lógica. Aquí convivimos con un discurso que habla de justicia y bienestar mientras la violencia se mantiene estructural. Se condenan violaciones de derechos humanos en otros países mientras aquí se toleran prácticas que afectan a quienes menos poder tienen. La crisis global no crea esas dinámicas, pero las profundiza y las legitima.

Los derechos humanos no desaparecen de un día para otro. Se erosionan gradualmente. Se relativizan. Se posponen “hasta que pase la crisis”. Spoiler: la crisis no termina, solo cambia de nombre…

Por eso, en tiempos de tensión política, hablar de derechos no es un acto idealista. Es una discusión urgente. Cuando el mundo entra en desorden, las personas más vulnerables siempre son las primeras en pagar el costo: migrantes, mujeres, periodistas, defensores, comunidades empobrecidas.

Una sociedad que acepta sacrificar a algunos en nombre de la seguridad termina perdiendo mucho más que lo que dice estar protegiendo

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