Tenemos que acostumbrarnos mentalmente
a la llegada de una nueva era. La era de preguerra.
Slavoj Zizek
Nos resistimos a tener como normalidad la pérdida de madres con hijos desaparecidos. En menos de cinco meses nos han arrebatado a dos mujeres buscadoras en una sola ciudad de Sinaloa: Mazatlán. El 15 de octubre de 2025 desaparece María de los Ángeles Valenzuela, que indagaba el paradero de su padre y de un hermano. No hemos obtenido ni un solo dato sobre su paradero, como si la tierra se hubiera abierto en el punto exacto de su ubicación y enseguida se cerrara sin dejar huella, a pesar del compromiso y de los esfuerzos por encontrarla de parte de la autoridad. A la pena por la desaparición de sus dos familiares ahora sumamos la de María de los Ángeles. Nos sentimos mal por no haber hecho lo suficiente para protegerla.
El día viernes 27 de febrero, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum iniciaba una gira en Mazatlán, al menos una persona asesinó en su casa a la ciudadana Rubí Patricia Gómez Tagle, quien buscaba a su hijo Edgar López, desaparecido desde hace un año. Rubí Patricia pertenecía al colectivo Corazones Unidos por una Misma Causa. Junto a su organización esta madre estaría ese fin de semana en que fue inmolada en labores de búsqueda en ese doloroso punto que hora ocupa toda nuestra atención: El Verde, Concordia. No pudo hacerlo, el crimen de que fue víctima se lo impidió. Días después se publicó la noticia de que el presunto responsable fue detenido y presentado ante la autoridad competente. Al menos hay el consuelo de que la impunidad no será el perfil de este nuevo caso.
Más allá de las cifras que se presumieron con la presencia de nuestra presidencia, donde nos dicen que la expresión del delito bajó en las últimas fechas, sin ponerlas en duda, no dejamos de pensar en que hay factores que siguen hablando junto a nuestras conciencias sobre la situación crítica: el tiempo, que se prolonga ya por 18 meses es tan dilatado que ha dejado huellas indelebles en nuestra forma y sensibilidad de recibir y percibir todo lo relacionado con la crisis de seguridad que vivimos. Por lo demás, hay daños que no podemos identificar como pasajeros o que nos golpean una sola vez y se van, pues si hay vidas perdidas en circunstancias violentas o personas desaparecidas, esos dolores se convierten en heridas cuya cicatrices no sanarán.
Y la violencia también impone otras pérdidas como el cambio obligado de horarios no sólo a las actividades productivas, sino a los hábitos de vida que la libertad de que se disfrutaba antes de esta coyuntura violenta teníamos. El cierre de restaurantes o las restricciones de sus horarios nocturnos y la propia vida inclinada al desvelo de un numeroso estrato de ciudadanos también ha vivido cambios drásticos. Las ciudades de Culiacán y Navolato “no dormían”. Eso se acabó. Ahora viven en un duermevela permanente y con el Jesús en la boca. La situación no es para menos, aun cuando haya días en que sentimos que las cosas tienden a componerse.
Y estas cosas no deben quedarse para la sociología, deben servir para dar cuerpo a políticas públicas que busquen aliviar la situación difícil que vivimos. Hay otras cosas que también cuentan: niños que no saben leer ni escribir y están a punto de concluir la educación primaria. Nos consta, pues en el trabajo que realizamos de promoción de los derechos humanos por las diferentes escuelas primarias de la identidad nos hemos encontrado con este espinoso asunto.
La prolongada coyuntura violenta que vivimos no es cosa fácil y exige el empeño constante, profundo y sin claudicar como requisito para alcanzar una solución verdadera. Una salida que nos permita remontar la crisis, el mal momento que ahora nos desespera y poder cantar victoria de que el día después ha llegado, contando con un plan que no sólo zurza las heridas en el tejido social, sino que permita caminar con paso firme la nueva normalidad que permitan nuestras fuerzas y el entendimiento acumulado desde la aurora de esta sociedad y lo que hemos aprendido durante la presente crisis. Para emprender con la debida responsabilidad las tareas que la crisis de seguridad nos impone, hay que aceptar los errores y omisiones en que hemos incurrido como autoridad y como sociedad.
Por principio aceptemos que para tratar la crisis y encaminarnos hacia su final no es correcto plantarnos ante las opciones de priorizar el uso de la fuerza pública o la de atender el amplio campo de la cultura o el renglón de la economía. La crisis no sólo es de seguridad, es de múltiples aristas, como ya lo hemos señalado en otras ocasiones, por lo que ninguno de los campos en que debemos y tenemos que actuar deben quedar al margen. Pero la evolución de los presupuestos locales y federal en materia de seguridad y la presencia policial y militar en las calles hablan por sí solos de que la prioridad es eso. Y los resultados nos gritan a voz en cuello que no son los esperados.
Sobrevivimos a la pandemia del Covid-19 que golpeó nuestra salud y nuestra economía y ahora estamos inmersos en otra crisis que toca sensiblemente la economía y también la educación. Las clases virtuales en la pandemia y, ahora también, nos ponen en un predicamento: aún si consideráramos que no hay problemas tecnológicos ni de preparación del personal académico, la cobertura de internet no se tiene al 100 por ciento en todos los rincones y donde lo hay existen familias que si tienen dos o más hijos en edad escolar no cuentan con el número de aparatos receptores para cada uno de ellos. Y como los horarios escolares son similares, hay un problema que rebasa al sistema educativo. Hemos visto a la Secretaria de Educación haciendo todo lo posible por volver a las clases presenciales en Villa Juárez, Navolato. Es lo ideal, sin duda; pero no les falta razón a padres de familia y maestros cuando hablan de riesgos y de miedos. Villa Juárez, como Tepuche y otras comunidades nos invitan a pensar en una alternativa más segura (más compleja, de seguro) que atienda también a esa población escolar que se nos va quedando sin saber leer ni escribir. Son de las deudas que debemos saldar ya, para emprender el último tramo hacia la postcrisis. Vale.
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