Diversidad sexual y violencia no son temas separados que convivan en sectores distintos de la sociedad; son dimensiones entrecruzadas que se reflejan, a veces de forma invisible, en cada aula, cada oficina y cada pasillo de las instituciones. Si queremos educación de calidad, no podemos ignorar que la violencia por motivos de orientación sexual, identidad o expresión de género opera como un obstáculo estructural para el aprendizaje, la participación y la dignidad humana.
Es en este sentido, tendríamos que hablar de las diferentes tipos y modalidades de la violencia que están presente y que golpea con particular dureza a las personas LGBTQ+. Reconocerlas no es una mera cuestión académica: es un imperativo ético y político para construir entornos seguros donde cada persona pueda desarrollarse plenamente.
La idea central es distinguir entre distintas formas de violencia que afectan a las personas LGBTQ+ y cómo se entrelazan con la discriminación estructural:
* La violencia física y la simbólica suelen verse por separado, pero están conectadas. La violencia física es visible, con agresiones, golpes y amenazas, y nace en prácticas que descalifican. La violencia simbólica se expresa en discursos y representaciones que deshumanizan a quienes no cumplen con el molde heterosexual y cisgénero, y puede justificar la violencia física. Entender ambas es clave para desmantelar la violencia estructural.
* La violencia institucional se manifiesta cuando políticas y prácticas organizativas niegan derechos o dificultan el acceso a servicios, educación, empleo y salud. En educación y trabajo, se normaliza como una “broma” o un “malentendido”, ocultando el daño real que genera.
* La violencia económica se refiere a brechas salariales y precariedad laboral que agravan la vulnerabilidad y limitan el acceso a educación, vivienda y salud. Las intersecciones con etnia, discapacidad o migración aumentan el riesgo.
* La violencia sexual abarca ataques ligados a orientación sexual o identidad de género, así como coerción y acoso. Resalta la necesidad de una educación afectivo-sexual integral con enfoque de derechos humanos.
* La violencia digital incluye desinformación, amenazas y difusión de imágenes sin consentimiento, convirtiendo la conectividad en un canal de hostilidad. Se propone fortalecer la alfabetización digital y la educación con perspectiva de género y diversidad.
Ante estas múltiples modalidades, ¿qué respuestas son eficaces?
Primero, es imprescindible mover la conversación de una respuesta concurso-rescate a una estrategia de cambio estructural. Eso implica revisar currículos, prácticas de evaluación, protocolos de convivencia y políticas institucionales para asegurar que no solo se prohíban expresiones violentas, sino que se promueva explícitamente un clima de reconocimiento, cuidado y apoyo.
Segundo, la formación de docentes, profesionales de la salud, responsables de políticas y líderes comunitarios debe incluir herramientas de análisis interseccional: entender que la violencia no opera igual para todas las personas LGBTQ+, y que las intervenciones deben adaptarse a contextos culturales, económicos y sociales específicos.
Tercero, es vital fortalecer redes de apoyo y acceso a servicios seguros: salud mental, asesoría legal, asistencia social y espacios comunitarios que permitan desde una perspectiva de derechos humanos sostener a las personas a lo largo de su trayectoria vital.
Por lo tanto, la diversidad sexual no es un tema periférico, es un índice de la calidad de nuestras instituciones.
Si queremos educación superior verdaderamente libre y transformadora, el esfuerzo debe centrarse en construir espacios donde la diferencia no se penalice, se interprete y, sobre todo, se valore como fuente de riqueza humana. Esto implica políticas claras, acompañamiento institucional, investigación sensible y una pedagogía que convoque a enseñar y aprender desde la justicia.
En última instancia, la lucha contra la violencia por motivos de diversidad sexual se parece a una tarea de cuidado continuo. Requiere vigilancia, pero también ternura; escrutinio crítico, pero también apoyo efectivo; educación, sí, pero acompañada de acción institucional. Solo así las personas pueden avanzar con seguridad hacia una formación universitaria que celebre la diversidad como motor de aprendizaje, investigación y convivencia.
Si esta idea se materializa, las Instituciones de Educación Superior no solo formarán docentes, sino que también contribuirán a la formación de ciudadanía consciente, capaz de reconocer la dignidad del otrx y de contribuir a una sociedad más equitativa. Este es el reto: convertir la diversidad en un ambiente de aprendizaje que no excluya, que no reduzca la identidad a un rasgo superficial, y que, sobre todo, respete la autonomía y el deseo de cada persona de vivir su vida con plenitud. Nos vemos en la próxima…
Textos de apoyo:
https://www.cndh.org.mx/sites/default/files/documentos/2019-05/Libro_diversidad.pdf
https://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/ViolenciaPersonasLGBTI.pdf

Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.