En una de las ironías más crueles degradantes que alberga el mundo del espectáculo, está la fascinación de Hollywood por las historias de estrellas en decadencia. Es como si en el precio por la gloria de los reflectores y las fotos en primera plana se incluyeran los boletos en primera fila para ser testigos de la degradación y humillación pública del talento abandonado.
Pero «Luna Azul», la más reciente producción del cineasta estadounidense Richard Linklater junto al guionista Robert Kaplow, busca romper con esta tradición de arrojar tomates al payaso triste para profundizar en qué ocurre con el artista cuando este es ignorado por el sistema que alguna vez lo amó (o al menos pretendía hacerlo).
El solitario bar de un hotel y un puñado de trabajadores del lugar son el escenario de un relato minimalista en el cual, con el ritmo de un monólogo teatral, Ethan Hawke otorga vida a Lorenz Hart, quien fuera un aclamado letrista y figura central del teatro musical estadounidense y quien, al inicio de la cinta, es obvio que ya no recibe las ovaciones del público.
Apoyado en la barra, entre manerismos y sonrisas sardónicas, Hart se aferra a permanecer como el centro del universo, soltando comentarios aparentemente casuales sobre su trabajo, sus conexiones en Broadway y chistes ocasionales para demostrar su buen humor.
Pero es a través de estos diálogos donde poco a poco se presenta la autopsia del ego fuertemente herido de un narcisista. Hart no puede permitirse guardar silencio, porque hacerlo implicaría aceptar un anonimato difícil de reconocer.
La cámara lo acompaña mientras se encuentra al margen de una fiesta en el salón de al lado, donde su antiguo socio artístico disfruta de los elogios reunidos por su más reciente obra. Linklater propone una calma engañosa donde en cualquier momento pudiera ocurrir una explosión de furia y reclamo que nunca llega.
Y es que la interpretación de Hawke deja en claro que su propio personaje está consciente de su propia naturaleza obsoleta para un mundo que avanzó sin él. Sin idealizar el pasado ni lástima por el genio en desgracia. Solo una rutina de alcohol y auto adulación en el eterno discurso de quien se niega a irse con decoro de una fiesta donde ya no es bienvenido.
A modo de contrapunto, «Luna Azul» también presenta entre su elenco a Andrew Scott en el papel de Richard Rogers, el antiguo socio creativo de Hart. Hubo un momento en que ambos definieron toda una era de la cultura yankee: uno con su música, el otro escribiendo las letras. Ahora Rogers ha avanzado a un nuevo episodio de su vida profesional junto a Oscar Hammerstein (Simon Delaney). La velada en que ocurre la cinta coincide con la noche de estreno de «Oklahoma!», considerada actualmente como una de las puestas en escena más importantes del teatro musical estadounidense.
La cinta de Linklater presenta tensión en el porvenir de este nuevo dúo dinámico y refleja el sentimiento de inferioridad en el personaje de Hawke al sobre exagerar su baja estatura con trucos de cámara que pudieran ser no del todo efectivos desde un punto de vista realista, pero que logran reafirmar la intención.
Pero entre defensivas y evasiones emocionales, la cinta también cuenta con una variable inesperada de romanticismo por medio de Elizabeth (magistralmente interpretada por Margaret Qualley).
Joven, universitaria, con un sagaz ojo crítico ante las peripecias de su entorno social, este personaje es un contraste al cinismo desmedido de Hart, quien parece ver en ella un atisbo de escapismo, sin mayor intención que ser espectador de su belleza, obligándose a recordar la obvia diferencia de edades entre ambos.
Si lo que el espectador espera es algún sentido de justicia poética o una restauración a la dignidad de su protagonista, esta es la cinta equivocada. Tal como la vida real, la noche termina, las charlas se disuelven como hielos de cóctel y Lorenz Hart es suspendido en un espacio que ya no le pertenece.
Y es ahí donde el espectador comprende que todos en algún momento nos hemos encontrado en situaciones similares. La vida constantemente nos bombardea con despedidas forzadas sin moralejas ni lecciones aparentes y está en nosotros aprender a navegar entre sus matices y silencios.

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