Teníamos 11 años cuando mi primo Víctor Johbany Marín Meléndrez me dijo, en mi casa, que de grande quería ser policía. Me asusté. No sabría explicar bien por qué, era una niña, pero ya entendía que vivir en esta tierra era peligroso.

Johbany no desapareció siendo policía. Desapareció haciendo algo que, en el fondo, se parecía mucho a la razón por la que aquel niño quería serlo: ayudar. El 8 de julio de 2024, la Revista Espejo publicó la nota de su desaparición. Han pasado dos años. Hay una carpeta de investigación. No hay avances.

4 de julio, la mañana de ausencias

 

La madrugada del 4 de julio de 2024, Johbany recibió una llamada. Le pedían auxiliar a su suegra en una emergencia. Salió de su casa. Nunca llegó al destino y a esta hora no ha regresado a casa.

Ese día era el cumpleaños de mi prima, su hermana. Johbany iba a verla. Nunca llegó a abrazarla. Desde entonces, en mi familia el 4 de julio pasó de ser un cumpleaños. Se convirtió en la fecha de una ausencia. Porque las desapariciones también hacen eso: no sólo se llevan a una persona, también cambian para siempre el significado de los días. Secuestran las fechas. Pasan a pertenecer a la espera.

Lo de mi primo no fue un hecho aislado de esa madrugada. Horas antes, en la noche del 3 de julio, en distintos puntos de Culiacán, otras tres personas también desaparecieron. Cuatro familias empezaron la mañana con ausencias, con preguntas, sin saber que la vida empezaría a partirse en dos o más pedazos. Mientras los días pasaban, el celular de Johbany se prendía y se apagaba, como si alguien más decidiera cuándo podía “existir”. Llegaron mensajes: que estaba en Jalisco, de trabajo, que volvería pronto, que no nos preocupáramos. El día que “dijo” que llegaría, no llegó.

Ante las contradicciones y la ausencia, nos empezamos a movilizar, trayendo consigo un aprendizaje que ninguna familia debería necesitar, pero ante la realidad que vivimos, es importante saber. Aprendimos qué hacer cuando una persona desaparece: acudir a la Comisión de Búsqueda, presentar la denuncia ante la Fiscalía, exigir una ficha de búsqueda, abrir una carpeta de investigación, mientras que al mismo tiempo se recurre a los medios de comunicación, a inundar las redes sociales con su fotografía y presionar para que las autoridades actúen. Dos años después, Johbany sigue sin volver, al igual que más de 7,244 personas también desaparecidas en Sinaloa al 16 de mayo de 2026.

La bolsa de Lorena

 

Lorena es la mamá de Johbany. En abril de este año fue a la Ciudad de México para que el caso se volviera federal. Ya revisaron el expediente pero todavía no le han dado respuesta. Aún no recibe la llamada. Pero ella no espera, No ha esperado desde que recibió un mensaje de Johbany diciendo que volvería pronto y que ya había hablado con su papá. Mi tío murió hace más de treinta años en un accidente de trabajo. Ella quedó viuda con tres hijos de 10, 6 y 2 años. Aquel mensaje sólo confirmó que algo no estaba bien.

Ella no espera sentada, a un lado de la silla vacía de mi primo. Sale a la búsqueda de él con los colectivos de búsqueda, con las rastreadoras. En los últimos meses ha recorrido el noroeste del país: Hermosillo, San Luis Río Colorado, Mexicali, Tijuana, Tecate, Rosarito. Pega fichas de búsqueda. Entra a cárceles, comedores comunitarios, centros de rehabilitación. Pregunta. No se queda estática. Cada lugar que visita es una negativa a rendirse, es una posibilidad de que Johbany vuelva a casa.

El Estado tiene ministerios públicos, policías de investigación, peritos, bases de datos y presupuesto. Mi tía tiene su bolsa y las impresiones de la ficha de búsqueda con el rostro de su hijo. En este país, nos hemos acostumbrado a que sean las madres quienes se mueven, quienes logran avances, quienes elevan las exigencias y logran resultados. Porque cuando un hijo desaparece, el Estado abre un expediente. Pero son las madres quienes hacen retumbar el suelo.

A dos grados de separación de una persona desaparecida

 

Según el informe de Red Lupa del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, Culiacán es el municipio con más casos acumulados de personas desaparecidas y no localizadas de todo Sinaloa: pasó de 2,037 a 2,250 casos entre 2025 y mayo de 2026. En lo que va de 2026, 424 personas desaparecidas en el estado eran menores de edad al momento de desaparecer; de ellas, siete de cada diez son niños. Y del total de casos, sin importar edad, el 58.93% corresponde a personas de entre 20 y 39 años: personas en edad de trabajar, de formar una familia, de tener hijos, amigos, compañeros de escuela y vecinos.

Culiacán tiene alrededor de un millón de habitantes. Con 2,250 casos registrados, uno de cada 454 culichis es, hoy, una persona desaparecida. Pero las desapariciones no se miden únicamente por cuántas personas faltan. También por cuántas vidas alcanzan. ¿Qué tan probable es que alguien en tu red de dos pasos, tus amigos y los amigos de tus amigos, tenga una persona desaparecida?

Con una red de dos grados de 500 personas, la probabilidad de tener al menos un caso conocido es de aproximadamente 67%. Con mil personas, 89%. Con dos mil, 98%. Cualquier culichi adulto con trabajo, hijos en la escuela y familia extendida fácilmente suma varios miles de contactos de segundo grado y, por ende, conocemos de alguien que ha sufrido la desaparición de algún ser querido. No por las noticias o por redes sociales, sino de viva voz.

Cada persona desaparecida deja una madre, un padre, hermanos, hijos, primos, familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos que también cargan con esa ausencia. La desaparición no afecta a una sola persona; rompe una red entera de relaciones.

Esperando el regreso

 

En Culiacán, en Sinaloa, en México, el número de carpetas de personas desaparecidas se incrementa, aunque las autoridades lo nieguen. Y muchas de esas carpetas están sin avances.

Tal vez nunca podamos encontrar todas las respuestas. Pero muchas familias siguen esperando una llamada que podría cambiarlo todo. No hay que esperar.

Cuando una persona desaparece, las primeras horas importan. Hay que denunciar de inmediato ante la Fiscalía, solicitar la ficha de búsqueda, contactar a la Comisión Estatal de Búsqueda y difundir la información. Si alguien conoce un dato que pueda ayudar, por pequeño que parezca, puede reportarlo al 911 en caso de una emergencia en curso o realizar una denuncia anónima al 089. Lo que para alguien puede parecer un detalle sin importancia, para una familia puede ser la diferencia entre seguir buscando o empezar a encontrar.

Hace dos años, mi primo salió de su casa para ayudar a alguien. Hoy somos nosotros, como sociedad, quienes tenemos la responsabilidad de ayudar a quienes siguen buscándolo. Ninguna desaparición debería convertirse en costumbre. Ninguna madre debería recorrer el país con una bolsa llena de fichas para hacer el trabajo que le corresponde al Estado.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO